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Infantil
En la tranquila ciudad de Cuernavaca, vivía una niña llamada Sara. La ciudad es conocida por sus jardines llenos de flores y su clima perfecto. Sara era una niña curiosa, siempre lista para explorar el mundo que la rodeaba. A sus ocho años, le encantaba jugar en el parque. También le gustaba pintar con acuarelas. Sobre todo, disfrutaba aprender cosas nuevas en la escuela. Pero este año, algo especial iba a suceder en su escuela. Este evento cambiaría la forma en que Sara veía el mundo.
La escuela de Sara se llamaba «Escuela Primaria Las Flores». Era un lugar colorido y acogedor. Estaba lleno de árboles frondosos que daban sombra en los calurosos días de Cuernavaca. La escuela era conocida por ser un lugar donde todos los niños eran bienvenidos, sin importar de dónde vinieran. Sin embargo, este año, la directora, la maestra Margarita, anunció algo nuevo.
—Niños,— dijo la maestra Margarita un lunes por la mañana en la asamblea, —este año recibiremos a nuevos compañeros. Algunos de ellos son diferentes, pero todos son especiales a su manera. Quiero que recuerden que nuestra escuela es un lugar donde todos pueden aprender y crecer juntos, sin importar sus diferencias.
Sara estaba emocionada y un poco nerviosa. ¿Qué significaba «diferentes»? Se preguntaba cómo serían esos nuevos compañeros.
Esa misma mañana, cuando Sara entró a su salón de clases, la maestra Dolores estaba presentando a los nuevos estudiantes. Había tres niños nuevos. El primero era Diego, un niño que no podía ver. Llevaba un bastón blanco y una sonrisa amplia. El segundo era Valeria, una niña que usaba una silla de ruedas. Tenía unos ojos vivaces que no paraban de moverse y observaban todo a su alrededor. El último era Emiliano. Era un niño que no hablaba. Siempre llevaba consigo una libreta donde escribía lo que quería decir.
—Chicos,— dijo la maestra Dolores, —estos son Diego, Valeria y Emiliano. Quiero que todos les demos la bienvenida y que seamos muy amables con ellos. Recuerden que cada uno de nosotros es diferente, y eso es lo que hace que nuestra escuela sea tan especial—
Sara observó a los nuevos compañeros y sintió una mezcla de curiosidad y nerviosismo. Durante el recreo, decidió acercarse a ellos para conocerlos mejor.
Primero se acercó a Diego. Estaba sentado en un banco, tocando los pétalos de una flor con sus dedos. Sara se sentó junto a él y lo saludó. —Hola, Diego. Soy Sara—
—Hola, Sara,— respondió Diego con una voz suave. —¿Te gustan las flores? Me gusta sentirlas. Tienen una textura suave.—
Sara sonrió. —Sí, me encantan. ¿Cómo es que sabes tanto sobre flores si no puedes verlas?—
Diego sonrió de vuelta. —Mi abuela me enseña. Ella me describe cómo son y me deja tocarlas. Así es como aprendo sobre el mundo. Aunque no pueda ver, puedo imaginar muchas cosas en mi mente—
Sara se dio cuenta de que aunque Diego no podía ver, tenía una forma única de percibir el mundo. Decidió que le gustaría aprender más de él.
Después, se acercó a Valeria, quien estaba observando un juego de pelota desde su silla de ruedas. Sara le preguntó si le gustaría jugar. Valeria sonrió y dijo: —Me encantaría, pero a veces es difícil seguirles el ritmo. Aunque si quieres, podemos jugar a otra cosa, como a las adivinanzas—
Sara pensó que era una idea fantástica. Pasaron el resto del recreo haciendo adivinanzas y riendo. Valeria tenía un ingenio agudo y un sentido del humor que hacía que Sara se sintiera muy cómoda. Aprendió que, aunque Valeria no podía correr, tenía muchas otras maneras de divertirse y hacer amigos.
Finalmente, Sara se acercó a Emiliano, quien estaba dibujando en su libreta. Sara lo saludó, y Emiliano levantó la vista, le sonrió y le mostró su dibujo. Era un paisaje con montañas, ríos y árboles, muy detallado.
—¡Es hermoso!— exclamó Sara. Emiliano tomó su lápiz y escribió en la libreta: —Gracias. ¿Te gusta dibujar?—
—Sí, mucho,— respondió Sara. —Pero no soy tan buena como tú—
Emiliano sonrió y escribió: —Todos tenemos algo que nos hace únicos. Yo no hablo, pero me expreso a través de mis dibujos—
Sara se dio cuenta de que, aunque Emiliano no podía hablar, tenía una forma maravillosa de comunicarse con los demás. Le pidió que le enseñara a dibujar mejor, y Emiliano aceptó con entusiasmo.
Con el tiempo, Sara y sus nuevos amigos se hicieron inseparables. Aprendió que la verdadera amistad no se basa en las similitudes, sino en la aceptación de las diferencias. Diego le enseñó a confiar en sus otros sentidos para conocer el mundo. Valeria le mostró que las limitaciones físicas no impiden que alguien sea divertido y astuto. Emiliano le hizo ver que la comunicación va más allá de las palabras.
Un día, Sara organizó un proyecto especial con su clase. Decidieron crear un mural en la pared de la escuela que representara la inclusión y la diversidad. Todos, incluidos Diego, Valeria, Emiliano y el resto de los compañeros, participaron. Dibujaron un gran árbol con raíces profundas. Cada hoja representaba a un niño de la escuela. Mostraba que, aunque todos eran diferentes, estaban unidos por algo en común: el respeto y el amor por los demás.
Cuando el mural estuvo terminado, la maestra Margarita lo observó con lágrimas en los ojos. Ella dijo: —Esto es lo que significa ser una verdadera comunidad. Aquí, en la Escuela Primaria Las Flores, todos son bienvenidos, todos son valorados. Y ustedes, niños, han hecho algo hermoso al mostrar que nuestras diferencias nos hacen más fuertes—
Sara miró el mural con orgullo. Había aprendido una lección que llevaría consigo para siempre. En un mundo donde todos somos diferentes, lo más importante es aceptar y celebrar esas diferencias. Es lo que nos hace únicos y especiales. Y así, la Escuela Primaria Las Flores se convirtió en un lugar. Cada niño, sin importar sus habilidades o desafíos, podía florecer y crecer. Cada niño podía hacerlo junto a sus amigos. Estaban en una comunidad que entendía el verdadero significado de la inclusión y el respeto.


