Infantil
En el encantador y apacible pueblo de Tequila, Jalisco, conocido por sus campos de agave que se extendían hasta donde alcanzaba la vista, vivía una niña llamada Itzel. Tenía diez años y era conocida por su cabello largo y oscuro, y por su amor por los animales. Su risa era contagiosa y su corazón, generoso. Sin embargo, a pesar de su sonrisa brillante y su personalidad amigable, Itzel guardaba un secreto que no compartía con muchos: su familia era un poco diferente de las demás.
Itzel no vivía con su mamá y su papá como la mayoría de sus amigos. Desde que era muy pequeña, vivía con su tía María y su primo Rodrigo. A Itzel le encantaba vivir con su tía y su primo; eran como una verdadera familia para ella. Sin embargo, a veces, cuando escuchaba a sus compañeros de escuela hablar sobre sus padres, sentía una punzada de tristeza, como si algo le faltara.
Era la semana del 16 de septiembre, y el pueblo de Tequila estaba decorado con banderas y luces. Se preparaban para la gran celebración de la Independencia de México, y las calles estaban llenas de vida y entusiasmo. La escuela de Itzel estaba organizando una obra teatral para conmemorar el evento, y todos los estudiantes estaban emocionados preparando sus disfraces y actuaciones con mucho esmero. La maestra, la señora Patricia, les pidió a los niños que trajeran a sus padres o familiares para ver la obra el día del evento.
Itzel sintió un nudo en el estómago al escuchar la petición. Sabía que su tía María y su primo Rodrigo estarían allí para apoyarla, pero temía que sus compañeros notaran que no tenía papás como los demás. No quería que le hicieran preguntas o que la miraran con lástima.
Esa tarde, durante el recreo, Itzel estaba sentada sola en un rincón del patio, cuando se le acercó su mejor amiga, Ximena.
—¿Qué te pasa, Itzel? —preguntó Ximena con preocupación, notando que Itzel estaba más callada de lo habitual.
Itzel dudó por un momento, pero luego decidió confiar en su amiga.
—Es solo que… estoy un poco nerviosa por mañana. Todos van a traer a sus papás, y yo solo tengo a mi tía María y a Rodrigo. No quiero que los demás piensen que soy rara porque no tengo una familia como la suya —dijo Itzel, bajando la vista y jugueteando con su peinado.
Ximena se sentó a su lado y le tomó la mano con empatía.
—Pero Itzel, tu tía y Rodrigo son tu familia. Ellos te quieren y siempre están contigo. Eso es lo que importa, no quiénes son tus padres. Una familia no es solo quienes te dieron la vida; es quienes están a tu lado, cuidándote y amándote.
Itzel levantó la vista y vio la sinceridad en los ojos de Ximena. Sin embargo, la preocupación aún nublaba sus pensamientos.
—¿Pero no crees que los demás se darán cuenta? —preguntó Itzel, su voz temblando un poco—. A veces siento que soy diferente, y no quiero que piensen que soy rara o que no encajo.
Ximena le dio un apretón de manos y sonrió con confianza.
—No tienes que encajar en ningún molde. Lo que importa es el amor que hay entre tú, tu tía y Rodrigo. Y si alguien se da cuenta, solo recuerda que la familia no se mide por la estructura, sino por el cariño y el apoyo que se dan mutuamente.
Las palabras de Ximena hicieron que Itzel se sintiera un poco mejor, pero aún tenía dudas en su corazón. Esa noche, mientras estaba en casa con su tía y su primo, no pudo evitar expresar lo que sentía.
—Tía María —dijo Itzel mientras cenaban, con una voz un poco temblorosa—, ¿alguna vez te has sentido diferente porque nuestra familia no es como las demás?
La tía María, una mujer sabia y cariñosa, la miró con ternura.
—Itzel, sé que puede ser difícil cuando sentimos que no encajamos en lo que los demás consideran ‘normal’. Pero déjame decirte algo: la familia es mucho más que mamá, papá y los hijos. Una familia es amor, apoyo y compromiso. Y eso es lo que tenemos aquí, entre nosotros.
Rodrigo, que estaba sentado a su lado, asintió con entusiasmo y agregó:
—¡Exacto! Tú eres mi hermana, Itzel. Siempre hemos estado juntos, y eso no va a cambiar nunca. Además, nuestras familias no tienen que ser iguales para ser especiales.
Itzel sonrió, sintiendo un calor reconfortante en su pecho.
—Gracias, tía. Gracias, Rodrigo. Tienen razón. Ustedes son mi familia, y estoy orgullosa de ello.
El día de la obra llegó, y Tequila estaba llena de energía festiva. Los niños estaban vestidos con trajes tradicionales, y la escuela se había transformado en un vibrante escenario de color y emoción. Itzel se preparaba detrás del telón, con los nervios y la excitación a flor de piel.
Cuando llegó el turno de Itzel de recitar su parte en la obra, se paró en el escenario con voz firme y clara. Mientras hablaba, miró a su tía y a su primo. Ellos estaban sentados en la primera fila. Entonces sintió una ola de confianza y seguridad. Ellos estaban allí, sonriéndole y aplaudiéndola, y eso le dio la fortaleza que necesitaba.
Después de la obra, algunos compañeros de Itzel se acercaron a saludar a su tía. Mientras tanto, los padres y familiares felicitaban a los niños. Otros compañeros se acercaron a Rodrigo. Ximena, siempre directa, se acercó a Itzel y le dijo:
—Itzel, tu familia es genial. Se nota que te quieren mucho. No entiendo por qué te preocupabas.
Itzel se sintió llena de orgullo y alegría. Miró a su tía y a su primo, quienes estaban hablando animadamente con otros padres y se sintió afortunada.
—Sí, lo son. Y yo los quiero mucho también —dijo Itzel, abrazando a Ximena.
La noche continuó con música y baile, y todos disfrutaron de la celebración. Mientras los fuegos artificiales iluminaban el cielo, Itzel se dio cuenta de que su familia era especial a su manera. No necesitaba encajar en el molde tradicional para tener una vida llena de amor y alegría.
A medida que el evento se acercaba a su fin, Itzel y su familia se despidieron de sus amigos y compañeros. En el camino de regreso a casa, Itzel caminaba tomada de la mano de su tía María y de Rodrigo, sintiendo que la noche había sido mágica y reveladora.
—¿Sabes qué? —dijo Itzel mientras miraba las luces del pueblo—, hoy me di cuenta de algo importante.
Su tía María y Rodrigo se volvieron hacia ella con curiosidad.
—¿Qué es, cariño? —preguntó la tía María.
—Que la familia no siempre tiene que ser como la gente espera. La mía es diferente, pero es perfecta para mí. Y eso es lo que realmente importa.
Rodrigo sonrió y le dio un pequeño empujón cariñoso.
—¡Así es! Nosotros somos tu familia, y siempre estaremos aquí para ti, sin importar lo que digan los demás.
Itzel sonrió, sintiendo un profundo sentido de paz y felicidad.
Esa noche, mientras se preparaba para dormir, Itzel reflexionó sobre lo que había aprendido. La familia no siempre es lo que la sociedad dice que debe ser. No importa si está compuesta por mamá, papá y hermanos, o por una tía y un primo. Lo importante es el amor, el respeto y el apoyo mutuo.
Desde ese día, Itzel nunca más se sintió avergonzada por su familia. Entendió que, aunque no era “tradicional,” era perfecta para ella. Con el tiempo, se dio cuenta de que muchas de sus amigas también tenían familias diferentes. Algunas vivían solo con su mamá. Otras con sus abuelos. Y algunas con sus hermanos mayores. Itzel aprendió que la verdadera familia es la que elegimos. Es la que está ahí en los buenos y malos momentos. Es la que nos apoya sin importar qué. Y con esa lección en su corazón, supo que su vida estaba llena de amor y que eso era lo que realmente importaba. La celebración del 16 de septiembre en Tequila no solo fue una conmemoración de la independencia. También fue un recordatorio de que la familia, en sus muchas formas, es un lugar de amor. Es un lugar de apoyo incondicional. Y en el corazón de Itzel, esa lección se convirtió en un faro que iluminaba su vida. Le mostró que lo más importante no es encajar en moldes predefinidos. Es encontrar el amor y la aceptación en el lugar que elijas llamar hogar.


