Anuncios

El pequeño pueblo de San Gregorio, enclavado en las montañas de México, había sido un lugar tranquilo durante generaciones. Sin embargo, los últimos meses habían sido testigos de una serie de eventos inquietantes. Todo comenzó cuando el antiguo reloj de torre, que había adornado la plaza central desde tiempos inmemoriales, empezó a comportarse de manera extraña.

Cada noche, sin falta, el reloj se detenía exactamente a las 11:11. Al principio, los habitantes del pueblo lo tomaron como una simple avería. Sin embargo, pronto quedó claro que había algo mucho más siniestro en juego.

Una noche fría de octubre, un grupo de amigos decidió reunirse en la plaza para intentar desentrañar el misterio del reloj. La curiosidad se mezclaba con el miedo, pero ninguno de ellos estaba dispuesto a admitirlo.

—Porque necesitamos respuestas —respondió su amigo Javier, un chico robusto de cabello rizado—. Algo extraño está pasando en San Gregorio, y todo comenzó con ese maldito reloj.

Mariana, la más sensata del grupo, miró a sus amigos con preocupación.

—¿Y si simplemente dejamos esto a las autoridades? —sugirió—. No somos investigadores ni nada parecido.

—Las autoridades no van a hacer nada —intervino Carla, una joven de ojos oscuros y decididos—. Todos en el pueblo están demasiado asustados para actuar. Si nosotros no lo hacemos, nadie lo hará.

La conversación fue interrumpida por el sonido de las campanas de la torre, marcando las once de la noche. El grupo se quedó en silencio, observando cómo las manecillas del reloj avanzaban lentamente hacia el fatídico momento.

—Quedan once minutos —murmuró Javier, mirando su propio reloj—. ¿Están seguros de que quieren quedarse?

—Sí —respondió Carla, sin dudar—. Si esto es lo que necesitamos para entender lo que está pasando, entonces lo haré.

Cuando las manecillas del reloj se alinearon a las 11:11, el mecanismo se detuvo con un chirrido metálico. El sonido resonó en toda la plaza, y el aire pareció volverse más frío de inmediato.

—Ahí está —susurró Mariana, temblando—. Siempre se detiene a las 11:11.

Los cuatro amigos sintieron una presencia que parecía surgir de la misma oscuridad. Un viento helado sopló a través de la plaza, llevando consigo un susurro bajo y malévolo.

—¿Lo escuchan? —preguntó Antonio, su voz temblorosa—. Es como… como si algo estuviera hablando.

De repente, un grito desgarrador rompió el silencio de la noche. Provenía de una casa cercana a la plaza. Sin pensarlo dos veces, los cuatro amigos corrieron hacia el origen del sonido.

Al llegar, encontraron la puerta principal abierta de par en par. Dentro de la casa, una mujer sollozaba histéricamente, mientras un hombre yacía en el suelo, cubierto de sangre.

—¡Ayúdenme! —gritó la mujer al verlos—. ¡Algo le pasó a mi esposo!

Antonio se acercó al cuerpo, notando de inmediato las marcas profundas y sangrientas en el pecho del hombre. Parecían haber sido hechas por un animal salvaje, pero algo en ellas era… diferente.

—¿Qué sucedió? —preguntó Mariana, tratando de mantener la calma.

—No lo sé —sollozó la mujer—. Estábamos en la sala, cuando de repente comenzó a actuar de manera extraña. Sus ojos… sus ojos cambiaron. Y luego empezó a atacarme, como si no fuera él mismo. Logré escapar a la cocina, pero cuando volví… ya estaba así.

—Tiene que ser el reloj —murmuró Javier—. Cada vez que se detiene, algo horrible ocurre.

—Esto no es normal —dijo—. Algo está tomando el control de las personas, haciéndolas hacer cosas terribles.

Unos días después, el reloj volvió a detenerse. En ese momento, un grupo de hombres estaba reunido en la cantina local, compartiendo historias y bebidas. Entre ellos estaba Jorge, el herrero del pueblo, conocido por su carácter afable y su fuerza física.

—Dicen que el reloj está maldito —comentó uno de los hombres, vaciando su vaso de mezcal—. Desde que comenzó a detenerse a las 11:11, todo ha ido mal.

—Puras supersticiones —respondió Jorge, riendo—. Ese reloj es viejo, nada más. No tiene ningún poder.

Pero cuando el reloj marcó las 11:11, Jorge cambió. Sus ojos se volvieron vidriosos. Su rostro se contrajo en una mueca de furia. Sin previo aviso, se abalanzó sobre los otros hombres, usando sus propias manos como armas. Los golpes eran brutales y inhumanos. En cuestión de minutos, la cantina se convirtió en un escenario de sangre y caos.

Los gritos de los hombres atrajeron a los vecinos, que llegaron solo para encontrar a Jorge cubierto de sangre, con los cuerpos de sus amigos esparcidos a su alrededor. Al ser reducido y atado, Jorge solo murmuraba una y otra vez, «11:11… 11:11…»

Anuncios

Una semana más tarde, a las 11:11, algo aún más aterrador sucedió. En la pequeña clínica del pueblo, una enfermera llamada Isabel estaba de guardia. Ella cuidaba a un niño que se recuperaba de una fiebre alta. Isabel siempre había sido una mujer cariñosa y dedicada, conocida por su paciencia y bondad.

—¿Cómo te sientes, Miguelito? —preguntó Isabel, acariciando la frente del niño.

—Mejor, señorita Isabel —respondió el niño, con una débil sonrisa.

De repente, el reloj de la pared de la clínica marcó las 11:11, y en ese preciso instante, Isabel se detuvo. Sus ojos se volvieron completamente negros, y su rostro se desfiguró en una expresión de maldad pura. Sin decir una palabra, tomó una jeringa y la llenó con aire.

Miguelito, demasiado débil para entender lo que estaba sucediendo, solo observó en silencio. Isabel insertaba la jeringa en su vena y empujaba el émbolo. Ella inyectaba el aire mortal en su torrente sanguíneo. El niño convulsionó y murió en cuestión de segundos, mientras Isabel se quedaba observando, completamente inmóvil.

Cuando los médicos encontraron el cuerpo de Miguelito a la mañana siguiente, Isabel estaba sentada en un rincón. Balbuceaba incoherencias sobre el tiempo y el reloj.

—11:11… 11:11… no pude detenerlo —repetía una y otra vez, sin conciencia de lo que había hecho.

Días más tarde, justo antes de las 11:11, el grupo se reunió en la plaza con antorchas y bidones de gasolina. Javier, con la mandíbula apretada por la determinación, fue el primero en rociar la base de la torre con el líquido inflamable. El grupo entero se sumó, con un fervor desesperado.

—Esto tiene que funcionar —dijo Carla, con la voz tensa.

—No tenemos otra opción —respondió Javier—. Vamos.

Cuando el reloj se detuvo a las 11:11, las campanas resonaron en toda la plaza. Con un movimiento rápido, Javier encendió una cerilla y la lanzó sobre la gasolina. Las llamas subieron rápidamente, envolviendo la base de la torre.

Sin embargo, en lugar de sentir alivio, los jóvenes sintieron una presión en el aire, como si la misma atmósfera se volviera pesada y opresiva. Un viento frío barrió la plaza, y desde la torre en llamas surgió un rugido bajo, profundo, que parecía venir de las profundidades de la tierra.

—¡¿Qué es eso?! —gritó Mariana, retrocediendo.

Las llamas comenzaron a cambiar de color, de un rojo normal a un azul intenso, casi sobrenatural. De entre las llamas, una figura oscura emergió, creciendo en tamaño hasta sobrepasar la torre misma. Era una entidad demoníaca, una masa retorcida de sombras con ojos brillantes y rojos que parecían arder con malicia pura.

—¡Corran! —gritó Antonio, pero sus piernas se negaron a moverse.

La entidad se desplazó hacia ellos con una velocidad antinatural. Javier, en un intento desesperado por proteger a sus amigos, agarró un trozo de madera en llamas y lo levantó como si pudiera hacerle frente a la criatura. La entidad lo atrapó en el aire, aplastándolo con una fuerza descomunal. El cuerpo de Javier cayó al suelo, sin vida, mientras la criatura avanzaba hacia los demás.

Carla y Mariana intentaron huir, pero la entidad se movió con una rapidez imposible, atrapándolas en un abrir y cerrar de ojos. Los gritos de ambas resonaron en la plaza, solo para ser ahogados por la risa gutural del demonio que las devoró en la oscuridad.

Antonio, que había sido el último en moverse, corrió desesperado hacia su casa. Cerró todas las puertas y ventanas, creyendo que podría escapar. Pero al mirar el reloj en la pared de su sala, vio que las manecillas se detenían a las 11:11. El demonio estaba ya dentro.

Esa noche, el pueblo de San Gregorio cayó en manos de una maldición irreversible. Aquellos que intentaron huir fueron alcanzados por la entidad, poseídos por su maldad y obligados a cometer atrocidades antes de acabar con sus propias vidas.

Los pocos sobrevivientes se escondieron en sus casas. Rezaban por sus vidas mientras escuchaban los gritos de sus vecinos. También escuchaban el rugido incesante de la entidad que se cernía sobre ellos. Nadie podía escapar.

Cuando el amanecer llegó, la plaza estaba desierta. El reloj había desaparecido, dejando solo un cráter en el suelo. Parecía como si hubiera sido tragado por la tierra misma. Los cuerpos de Javier, Carla, Mariana y Antonio nunca fueron encontrados. El pueblo entero quedó marcado por el terror y la desesperación.

+ LENTEJA DE MIEDO

+ BLOGLENTEJA


Anuncios

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde BlogLenteja

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo