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Jorge Ramírez, un hombre en sus cuarenta, trabajaba como encargado de mantenimiento. Él trabajaba en un edificio de oficinas antiguo en el centro de la ciudad. El edificio, de diez pisos, había sido construido en la década de 1960, y con el tiempo, sus paredes habían comenzado a mostrar signos de deterioro. Sin embargo, el ascensor, una imponente caja de metal, seguía funcionando a la perfección, o al menos eso pensaba Jorge.

Era una noche fría de octubre cuando Jorge recibió una llamada de emergencia desde el edificio. Uno de los inquilinos se quejaba de que el ascensor había comenzado a funcionar de manera extraña. Sin pensarlo dos veces, Jorge tomó su caja de herramientas y se dirigió al edificio.

Cuando llegó, el portero nocturno, un hombre delgado y nervioso llamado Héctor, lo recibió con una expresión de alivio mezclada con miedo.

—Gracias a Dios que estás aquí, Jorge. —dijo Héctor—. Algo raro está pasando con ese maldito ascensor.

—¿Qué ha pasado exactamente? —preguntó Jorge mientras se ajustaba su gorra de trabajo.

—El ascensor… subió solo hasta el piso diez, pero cuando volvió, tenía una extraña marca en el panel de control. —Héctor temblaba mientras hablaba—. Parecía un número 13.

Jorge frunció el ceño. El edificio no tenía un piso 13. Nadie construía edificios con ese número debido a las supersticiones. Decidido a resolver el problema, Jorge se dirigió al ascensor, que estaba detenido en la planta baja.

El panel de control estaba encendido, pero no mostraba nada inusual. Jorge abrió la caja de herramientas y comenzó a revisar los circuitos y los cables. Todo parecía estar en orden. Sin embargo, una sensación de malestar comenzó a crecer en su estómago. Algo no estaba bien.

—Voy a subir y echar un vistazo desde arriba. —le dijo a Héctor, intentando sonar más seguro de lo que se sentía.

Héctor asintió, pero no pudo ocultar su preocupación.

Jorge presionó el botón para el piso diez y el ascensor comenzó a subir con un zumbido suave. Pero cuando llegó al décimo piso, no se detuvo. En su lugar, comenzó a vibrar, como si algo estuviera interfiriendo con su mecanismo.

—¿Qué demonios…? —murmuró Jorge, intentando detener el ascensor, pero los botones no respondían.

De repente, las puertas se abrieron, revelando un pasillo que no había visto nunca antes. Estaba oscuro, y un olor a humedad y moho invadió sus fosas nasales. No había luces encendidas, solo una penumbra opresiva que parecía absorber toda esperanza.

—Esto no es posible… —dijo Jorge, saliendo del ascensor con cautela.

El pasillo parecía interminable, con paredes cubiertas de una sustancia oscura que no pudo identificar. A medida que avanzaba, sintió que el aire se volvía más pesado. Era como si algo lo estuviera observando desde las sombras. Los sonidos de pasos resonaban a lo lejos, pero no había nadie a la vista.

De repente, una figura emergió de la oscuridad. Era un hombre, pero algo en él no estaba bien. Su rostro estaba pálido, casi translúcido. Sus ojos estaban vacíos, como si toda la vida hubiera sido drenada de su cuerpo.

—¿Quién eres? —preguntó Jorge, con la voz quebrada por el miedo.

—No deberías estar aquí… —respondió el hombre, con un tono apenas audible—. Ellos te llevarán si te quedas.

Antes de que Jorge pudiera preguntar más, la figura se desvaneció en la oscuridad. Dejó tras de sí un eco que parecía repetirse en las paredes.

«Ellos te llevarán…»

El pánico comenzó a apoderarse de Jorge. Regresó corriendo hacia el ascensor, pero cuando llegó, las puertas se cerraron de golpe frente a él, dejándolo atrapado en aquel pasillo infernal. Golpeó las puertas con todas sus fuerzas, pero el metal no cedió.

—¡No! ¡No me dejes aquí! —gritó desesperado.

De repente, sintió un frío intenso en la espalda, como si alguien lo estuviera observando. Se dio la vuelta lentamente, y ahí estaban. Criaturas sin rostro, con cuerpos alargados y sombras que se movían como si fueran humo sólido, emergieron de la oscuridad. Se deslizaron hacia él, susurrando en una lengua desconocida, pero llena de promesas de dolor y sufrimiento.

Jorge retrocedió hasta que su espalda chocó contra las puertas del ascensor, pero no tenía a dónde huir. Las criaturas lo rodearon, extendiendo manos que parecían formarse y disolverse en el aire.

—Por favor… —suplicó, pero sus palabras se ahogaron en su garganta cuando una de las criaturas lo tocó.

El frío que sintió en ese momento no era de este mundo. Era un frío que congelaba su alma, que consumía su cordura. Las visiones comenzaron a inundar su mente. Eran imágenes de dolor y de desesperación. También eran de personas que habían sido capturadas antes que él. Todos habían intentado escapar, pero nadie lo había logrado.

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Cuando finalmente abrió los ojos, estaba de vuelta en el ascensor. El panel mostraba el número «1» y el ascensor se detuvo suavemente en la planta baja. Las puertas se abrieron y Jorge salió tambaleándose, apenas consciente de lo que había pasado.

Héctor lo miró con horror.

—¿Qué te ha pasado, Jorge? —preguntó, pero no obtuvo respuesta.

Jorge no dijo nada. Solo caminó hacia la salida, dejando detrás de él el ascensor que había sido su prisión momentánea. Pero algo había cambiado en él. Su mirada estaba vacía, su rostro sin vida, como si el verdadero Jorge Ramírez se hubiera quedado atrapado en ese pasillo oscuro.

Días después, los rumores comenzaron a correr por el edificio. Los trabajadores notaban que Jorge ya no era el mismo. Apenas hablaba, y cuando lo hacía, sus palabras eran incoherentes. Un día, Jorge desapareció. Su casillero quedó intacto, y sus herramientas seguían en el lugar, pero él nunca regresó a trabajar.

Algunos trabajadores aseguraban haber visto el ascensor subir solo hasta el décimo piso. Se detenía incluso cuando nadie había presionado el botón. Otros decían que si ponías atención, podías escuchar a Jorge, suplicando por su libertad, atrapado en un ciclo interminable entre dos mundos.

Pasaron los años, y el edificio fue abandonado. Sin embargo, los exploradores urbanos y los curiosos seguían acercándose al lugar, atraídos por las historias de terror. Uno de ellos, un joven fotógrafo, decidió visitar el edificio y capturar su misteriosa atmósfera.

Caminó por los pasillos oscuros, su cámara capturando las sombras de un pasado olvidado. Eventualmente, se topó con el ascensor. Era más antiguo de lo que imaginaba, con sus puertas de hierro desgastadas por el tiempo. Con una sonrisa irónica, presionó el botón para el décimo piso, pero el ascensor no se detuvo allí. En su lugar, continuó su ascenso hasta que el panel de control mostró un número que lo dejó helado: «13».

Las puertas se abrieron con un chirrido. Frente a él, se extendía un pasillo oscuro. El pasillo estaba impregnado de un olor a moho y desesperación. El joven fotógrafo sacó su cámara. Estaba decidido a documentar lo que había encontrado. Pero cuando encendió el flash, se dio cuenta de que no estaba solo.

Figuras sin rostro se movían en las sombras. Antes de que pudiera reaccionar, sintió un frío intenso en su espalda.

El último disparo de su cámara capturó su propio rostro reflejado en las puertas del ascensor. Tenía una mirada de puro terror. Pero lo que realmente lo aterrorizó fue lo que vio detrás de él. Era la figura oscura de un hombre. Tenía una mirada vacía y una expresión de desesperanza.

Las puertas se cerraron, y el ascensor comenzó a descender lentamente, como si nunca hubiera existido un piso 13.

A la mañana siguiente, la cámara fue encontrada en el vestíbulo del edificio, pero no había rastro del joven fotógrafo. Las fotos que había tomado mostraban un edificio vacío. La última imagen era de un ascensor con puertas manchadas de sangre. El panel de control mostraba un número que no debería existir.

Pero lo más inquietante eran las figuras en las sombras. La expresión en el rostro del hombre era también inquietante. Ahora estaba atrapado en un ciclo interminable entre dos mundos.

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