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En el pequeño pueblo de San Ángel, la vida escolar en la primaria Benito Juárez transcurría con tranquilidad. Era propio de un lugar donde todos se conocían. Sin embargo, todo cambió el día que Greta llegó al pueblo. Greta, una niña de ocho años con cabello rubio y ojos penetrantes, se mudó con su madre. Esto ocurrió después de que su padre muriera en un accidente automovilístico. Desde el primer día, algo en Greta llamó la atención de sus compañeros, aunque no sabían exactamente qué era.

Greta era reservada. Su manera de mirar y hablar tenía una extraña mezcla de dulzura y frialdad. Esto intrigaba y, al mismo tiempo, inquietaba a los demás niños. Se mantenía al margen durante los recreos, observando a sus compañeros mientras jugaban, pero no tardó en hacer su primer movimiento para integrarse al grupo.

Todo comenzó un día. Greta se acercó a Lucía, una niña popular y querida por todos, con una sonrisa angelical.

—Hola, Lucía —dijo Greta, con su voz suave—. ¿Te gustaría ser mi amiga?

Lucía, siempre amable y dispuesta a hacer nuevos amigos, le sonrió de vuelta.

—¡Claro, Greta! Podemos jugar juntas en el recreo.

Greta asintió, pero su sonrisa tenía un matiz que Lucía no pudo interpretar del todo. Durante los siguientes días, Greta y Lucía se volvieron inseparables. Sin embargo, a medida que su amistad crecía, Lucía comenzó a notar que Greta la empujaba sutilmente a hacer cosas que antes nunca habría considerado.

Una tarde, mientras las dos jugaban en el parque cercano a la escuela, Greta sugirió que subieran a la cima del columpio y se balancearan de pie.

—Vamos, Lucía, será divertido. —dijo Greta, animándola.

Lucía dudó. Sabía que era peligroso. Sin embargo, la forma en que Greta la miraba la hacía sentirse débil por no aceptar el reto.

—Está bien… pero ten cuidado —respondió Lucía, sintiéndose incómoda.

Las dos niñas se subieron a los columpios y comenzaron a balancearse, al principio con cautela, pero Greta pronto comenzó a tomar más impulso. Lucía, intentando no quedarse atrás, hizo lo mismo. De repente, Greta saltó desde la cima del columpio, aterrizando con una destreza impresionante.

—¡Vamos, Lucía, inténtalo! —la animó.

Lucía, sintiéndose presionada, lo intentó, pero en el aire perdió el equilibrio y cayó al suelo, torciéndose el tobillo. El dolor fue instantáneo, pero lo peor fue la mirada de Greta, que no mostraba preocupación, sino una extraña satisfacción.

—Vaya, Lucía, creo que no lo hiciste bien —comentó Greta con una sonrisa torcida mientras ayudaba a Lucía a levantarse.

Lucía intentó ignorar la sensación que se formaba en su estómago. Ella estaba convencida de que era solo un accidente. Esa fue la primera señal de algo más oscuro que se avecinaba.

A medida que pasaban las semanas, Greta comenzó a acercarse a otros niños. Lo hizo uno por uno. Fue construyendo una red de amigos que la seguían sin cuestionar sus ideas. Sin embargo, con cada nuevo amigo, el patrón se repetía. Greta siempre tenía una sugerencia, un juego o un reto que, aunque parecía inofensivo al principio, terminaba en situaciones peligrosas.

Un día, durante el recreo, se acercó a Tomás, un niño conocido por su valentía, y lo desafió a trepar hasta la rama más alta de un viejo roble que estaba en el patio trasero de la escuela.

—¿Por qué no subes hasta arriba, Tomás? Seguro que nadie más se atrevería. —dijo Greta con una sonrisa de complicidad.

Tomás, deseoso de impresionar a Greta y demostrar su coraje, aceptó el desafío. Comenzó a trepar el árbol mientras Greta lo observaba desde abajo, sus ojos brillando con una mezcla de expectativa y malicia. Cuando Tomás alcanzó la rama más alta, se dio cuenta de lo inestable que era. Al intentar bajar, la rama crujió. Antes de que pudiera reaccionar, se rompió. Esto hizo que Tomás cayera al suelo con un fuerte golpe.

El grito de dolor de Tomás atrajo a los otros niños y a los maestros, quienes lo llevaron rápidamente a la enfermería. Greta se quedó al margen, observando la escena con una expresión impasible.

Esa noche, en la cena, Lucía no pudo contener su incomodidad. Le comentó a su madre lo que había ocurrido.

—Mamá, ¿crees que Greta sea mala persona? —preguntó Lucía, mientras jugaba con su comida.

Su madre, sorprendida por la pregunta, frunció el ceño.

—¿Por qué dices eso, cariño?

—No lo sé… parece que cada vez que estamos con ella, algo malo pasa.

Su madre le dio una sonrisa tranquilizadora.

—Estoy segura de que Greta no tiene malas intenciones. Tal vez solo necesita amigos y está intentando ser valiente como ustedes.

Lucía asintió, pero no pudo deshacerse de la sensación de que algo estaba terriblemente mal.

El punto de quiebre llegó un mes después, cuando Greta propuso un nuevo juego, esta vez a todo el grupo. Habían escuchado historias sobre la vieja fábrica abandonada en las afueras del pueblo. Según los rumores, estaba maldita, y cualquiera que entrara no salía el mismo.

—Vamos a explorar la fábrica esta noche —dijo Greta con entusiasmo—. Quien se atreva a entrar más profundo será el más valiente.

Al principio, los niños dudaron. La fábrica tenía una reputación espeluznante. Greta, con su habilidad para manipularlos, hizo que se sintieran ridículos por tener miedo.

—¿Acaso no son valientes? —preguntó con una sonrisa, sabiendo que sus palabras los incitarían.

Esa noche, el grupo se reunió en la fábrica. La luna llena iluminaba débilmente la estructura en ruinas, y el viento silbaba a través de las ventanas rotas, produciendo un sonido fantasmal. Los niños, nerviosos pero decididos a no mostrar miedo, siguieron a Greta hacia la oscuridad.

Mientras avanzaban, Greta comenzó a contar historias sobre los fantasmas que supuestamente habitaban el lugar. Ella misma había inventado esas historias. Los demás no podían diferenciar la ficción de la realidad. A medida que profundizaban en la fábrica, el aire se volvía más denso. Los niños sentían cómo el miedo les oprimía el pecho.

Finalmente, llegaron a una gran sala llena de maquinaria oxidada. Greta se detuvo y los miró a todos.

—¿Quién quiere ser el primero en demostrar su valentía? —preguntó con una sonrisa enigmática.

Hubo un silencio incómodo hasta que uno de los niños, un chico llamado Diego, decidió dar un paso adelante. Quería impresionar a Greta, quería que lo viera como el más valiente. Greta lo guió hacia una escalera que llevaba a una plataforma elevada.

—Sube y grita que no tienes miedo —le susurró al oído.

Diego, tratando de controlar su nerviosismo, subió la escalera mientras los demás lo observaban. Cuando llegó a la plataforma, miró hacia abajo y sintió un mareo, pero no quería decepcionar a Greta. Tomó aire y gritó.

—¡No tengo miedo!

Pero en ese momento, algo se movió en la oscuridad, un sonido metálico seguido de un crujido. Antes de que Diego pudiera reaccionar, la plataforma se vino abajo, llevándose a Diego con ella. El sonido de su caída y el grito desgarrador que lo siguió resonaron en la fábrica.

Los demás niños gritaron y corrieron hacia la salida. Greta se quedó quieta. Observaba el caos con una extraña satisfacción. Cuando los adultos llegaron al lugar, encontraron a los niños llorando, demasiado aterrorizados para hablar de lo que había pasado. Diego había fallecido.

Greta se quedó en silencio durante los interrogatorios, su rostro no mostraba emoción alguna. Cuando le preguntaron qué había pasado, solo dijo:

—Él quiso hacerlo. Yo no lo obligué.

Con el tiempo, la gente del pueblo comenzó a notar que las cosas extrañas siempre parecían rodear a Greta. Los padres prohibieron a sus hijos jugar con ella, pero el daño ya estaba hecho. Los niños que habían estado cerca de ella se volvieron retraídos. Estaban asustados por las sombras y por la posibilidad de que Greta volviera a buscarlos para otro de sus «juegos».

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Un día, Greta desapareció sin dejar rastro. Su madre, desesperada, buscó por todo el pueblo, pero nadie sabía dónde estaba. La última vez que la vieron, estaba caminando hacia la fábrica abandonada. Su rostro estaba iluminado por una sonrisa que nadie había visto antes.

La fábrica fue sellada poco después, pero la leyenda de Greta y sus peligrosos juegos persistió en el pueblo. Los niños que habían sobrevivido a sus manipulaciones crecieron, pero nunca olvidaron el miedo que les había infundido. Y aunque el pueblo intentó olvidar, la sombra de Greta seguía acechando en los rincones oscuros de sus recuerdos.

Nunca encontraron su cuerpo. A veces, en las noches más oscuras, los niños del pueblo aseguraban ver una figura pequeña y delgada. Decían que la figura rondaba cerca de la vieja fábrica. Nadie se atrevía a acercarse. Los pocos que lo intentaron regresaban aterrorizados. Murmuraban incoherencias sobre una niña que los invitaba a jugar.

Lucía, quien había sido la más cercana a Greta, creció con el peso de esos recuerdos. Nunca pudo escapar de la sensación de que Greta seguía observándola. Greta acechaba en la oscuridad, esperando el momento perfecto para reaparecer. Ella quería continuar con sus juegos macabros. Se había convertido en una joven reservada. Siempre estaba alerta. Era como si en cualquier momento pudiera aparecer un susurro en su oído o una mano fría sobre su hombro.

Una noche, muchos años después de la desaparición de Greta, Lucía tuvo un sueño inquietante. Se encontraba de nuevo en la vieja fábrica, ahora completamente desmoronada y cubierta de maleza. A su alrededor, las sombras se movían con vida propia, y en el centro de la gran sala, donde Diego había caído, estaba Greta, de pie, con la misma sonrisa enigmática de siempre.

—Hola, Lucía —susurró Greta, su voz resonando en la oscuridad—. Te he estado esperando.

Lucía sintió el miedo trepar por su columna vertebral, pero también una inexplicable curiosidad. Intentó retroceder, pero sus pies estaban clavados al suelo, incapaces de moverse.

—¿Qué quieres, Greta? —preguntó Lucía, su voz temblando.

Greta dio un paso hacia ella. Su figura aún era infantil. Sin embargo, tenía un aire siniestro que no correspondía a su edad.

—Quiero jugar, Lucía. Nunca terminamos nuestro juego. —La voz de Greta tenía un tono melódico, hipnótico.

Lucía cerró los ojos, tratando de despertar, pero el sueño la mantenía atrapada en esa pesadilla. Cuando los abrió de nuevo, Greta estaba justo frente a ella. Sus ojos cafes brillaban con una intensidad que Lucía nunca había visto antes.

—Esta vez, será diferente —dijo Greta—. Esta vez, no podrás escapar.

De repente, Lucía sintió un frío intenso en su pecho, como si algo la estuviera arrastrando hacia el suelo. Miró hacia abajo y vio cómo las sombras se enroscaban alrededor de sus piernas, subiendo por su cuerpo. Intentó gritar, pero ningún sonido salió de su boca.

—Te lo dije, Lucía —Greta sonrió, una sonrisa cruel—. Yo siempre gano.

Lucía despertó sobresaltada, con el corazón latiendo con fuerza en su pecho. Sabía que había sido solo un sueño, pero la sensación era demasiado real para ignorarla. Miró a su alrededor, asegurándose de que estaba sola en su habitación. La fábrica, Greta, todo había sido una pesadilla… ¿o no?

Se levantó y caminó hacia la ventana. Miró hacia el horizonte donde la fábrica se alzaba en la distancia. Apenas era visible bajo la luz tenue de la luna. Algo en su interior le decía que ese sueño no era solo producto de su mente. Era un llamado, una advertencia.

Durante los días siguientes, la inquietud no la abandonó. Sentía la presencia de Greta a su alrededor, como si estuviera siendo vigilada constantemente. Los susurros en la oscuridad se hicieron más frecuentes, y las sombras en su habitación parecían moverse cuando ella no miraba directamente.

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Una noche, incapaz de soportar más la presión, Lucía decidió enfrentarse a sus miedos. Se dirigió a la fábrica abandonada. El viento soplaba con fuerza, y las ramas de los árboles se mecían de manera amenazante mientras caminaba hacia la entrada.

El edificio estaba más deteriorado que en sus recuerdos. Pero el miedo latente seguía allí. Estaba en cada esquina y en cada sombra que se proyectaba en las paredes.

Lucía entró, su linterna temblando en su mano. Caminó por los pasillos oscuros, su corazón latiendo con fuerza en sus oídos. Finalmente, llegó a la gran sala, la misma en la que Diego había muerto. El lugar estaba cubierto de escombros, y el techo había colapsado parcialmente, dejando entrar la luz de la luna. En el centro de la sala, la figura de una niña se destacaba entre las sombras.

—Te estaba esperando, Lucía —la voz de Greta resonó en la oscuridad.

Lucía sintió un escalofrío recorrer su cuerpo, pero se mantuvo firme.

—No tienes poder sobre mí, Greta. No más —dijo, tratando de sonar más segura de lo que se sentía.

Greta se rió, una risa que resonó en las paredes de la sala como un eco aterrador.

—¿Estás segura de eso? —preguntó Greta, dando un paso hacia adelante—. Siempre fuiste mi favorita, Lucía. Siempre supiste que había algo más… algo oscuro en mí. Pero nunca quisiste verlo. Ahora, no tienes otra opción.

Las sombras a su alrededor comenzaron a moverse, acercándose a Lucía, envolviéndola en un frío gélido que la hizo estremecerse. Intentó retroceder, pero sus pies parecían atados al suelo, tal como en su sueño.

—Ven, Lucía —susurró Greta—. Juguemos una última vez.

Lucía sintió cómo el pánico se apoderaba de ella, pero también una extraña resolución. Sabía que no podía escapar, pero no iba a permitir que Greta ganara sin luchar. Cerró los ojos tratando de pensar la manera de salvarse.

Pero fue en vano. Las sombras la envolvieron completamente. La risa de Greta fue lo último que escuchó antes de que todo se desvaneciera.

Cuando los vecinos encontraron la fábrica a la mañana siguiente, no había rastro de Lucía. Solo una linterna abandonada que estaba en medio de la sala, todavía encendida. A partir de ese día, el pueblo volvió a susurrar sobre Greta y sus juegos peligrosos. Pero ahora, con una advertencia adicional: nadie debía acercarse a la fábrica. Podría no regresar nunca.

La linterna nunca se apago, cualquiera que pasaba cerca o por la noche podía ver su pequeña luz por medio de las ventanas.

Y así, la historia de Greta, la niña que jugaba con el miedo de sus amigos, se convirtió en una leyenda más en el pueblo. Pero aquellos que conocían la verdad sabían que no era solo una historia. Greta seguía ahí, en la fábrica, esperando a su próximo jugador, su próxima víctima. Y, en la oscuridad, su risa aún resonaba, un eco del terror que había sembrado y que nunca dejaría de crecer.

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