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En el pequeño pueblo de San Matías, rodeado de montañas y envuelto en un aire de misticismo, había una leyenda. Solo unos pocos ancianos la recordaban. En la víspera del Día de Muertos, un callejón oculto en la parte antigua del pueblo se abría. Esto sucedía al caer la medianoche. Este portal dejaba a los vivos cruzar a una dimensión. En esta dimensión, podían hablar con sus seres queridos fallecidos. Sin embargo, aquellos que se atrevían a entrar lo hacían bajo su propio riesgo. Si rompían las reglas, las consecuencias eran graves.

Jhon era un joven de apenas 20 años. Hace unos meses, había perdido a su abuela. Escuchó esta historia una tarde mientras paseaba por el mercado. Intrigado, se acercó a un anciano que la relataba con voz temblorosa y preguntó más detalles sobre el callejón. Nadie en su familia había mencionado esta historia. Aunque la idea le parecía descabellada, algo en su interior le decía que debía intentarlo. Su abuela había sido una figura muy importante en su vida. La oportunidad de verla una vez más, aunque fuera por un breve instante, le parecía un regalo demasiado valioso. No podía dejarlo pasar.

Al caer la noche, Jhon caminó hacia el punto indicado por el anciano. Era una calle estrecha y abandonada. La calle casi parecía invisible en la penumbra. Los muros de las casas viejas se erguían como sombras amenazantes. El silencio era tan denso que hasta sus propios pasos parecían apagados. Justo al dar el primer paso dentro del callejón, un escalofrío recorrió su espalda. El aire se tornó pesado. Los sonidos del pueblo desaparecieron, como si hubiera cruzado un umbral invisible.

Continuó caminando. Avanzaba con el corazón latiendo a toda prisa. Un resplandor comenzó a dibujarse al final del callejón. Jhon llegó a una plaza en la que nunca había estado antes. Era una pequeña explanada con un altar enorme. Estaba adornado con velas, flores de cempasúchil y calaveras de azúcar. Una fina capa de incienso llenaba el aire de un aroma agridulce. Alrededor del altar, sombras comenzaban a tomar forma, figuras de personas con rostros que él reconocía. Entre ellas, con una sonrisa bondadosa, estaba su abuela.

Sin poder contenerse, Jhon corrió hacia ella. Su abuela lo miraba con cariño. Aunque no emitía ni una sola palabra, parecía transmitir todo lo que él necesitaba escuchar. Jhon sintió lágrimas correr por sus mejillas al verla. El mundo a su alrededor dejó de existir. Le contó cuánto la extrañaba. También le dijo lo solo que se sentía desde que ella partió. Pasaron lo que parecieron ser horas hablando, aunque la sensación del tiempo era difusa, irreal.

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En un momento de emoción desbordada, Jhon comenzó a hablar de su familia viva. Le contó a su abuela cómo estaban sus hermanos. Habló de cómo su madre lloraba en silencio al recordarla. Además, mencionó que su hermano menor, Samuel, siempre preguntaba por ella. Pero al mencionar a Samuel, su abuela lo miró con horror. Las figuras que antes eran familiares se tornaron en sombras distorsionadas. El ambiente se tornó opresivo y oscuro, y un murmullo aterrador comenzó a llenar el aire. En ese instante, Jhon entendió que había cometido un error.

“¡No debes hablar de los vivos aquí!” susurró una voz antigua y quebradiza en su oído. La advertencia llegó demasiado tarde. El callejón comenzó a desvanecerse. Jhon intentó regresar por donde había venido. Sin embargo, descubrió que sus pies estaban pegados al suelo. La fuerza invisible de la oscuridad lo atrapaba. Se dio cuenta, con un terror abrumador, de que no podría regresar al mundo de los vivos.

Lo último que vio fue el rostro de su abuela transformándose en una calavera sonriente, que poco a poco se volvía triste. Después, todo se oscureció.

Al día siguiente, su familia lo buscó por todo el pueblo, sin éxito. Para ellos, simplemente había desaparecido, como si la tierra se lo hubiera tragado. Samuel, su hermano menor, sintió una punzada de dolor en el pecho cada vez que oía mencionar a Jhon. Sabía que algo extraño había ocurrido. Al enterarse de la leyenda del callejón por un anciano del mercado, decidió encontrarlo.

Con valentía y desesperación, Samuel planeó buscar el callejón en la próxima víspera del Día de Muertos. Estaba dispuesto a adentrarse en ese mundo de sombras para encontrar a su hermano perdido. No sabía que el mismo peligro acechaba. Tal vez, estaba destinado a repetir la historia de Jhon.

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