
El sol aún no salía por completo sobre el horizonte cuando Toño se levantó de su cama hecha de viejas tablas y cobijas remendadas. El frío de la mañana de diciembre se colaba por los huecos de la casa, pero él estaba acostumbrado. Mientras se ponía sus sandalias gastadas, miró por un momento a su madre, Doña Elena, que dormía profundamente tras haber trabajado hasta tarde lavando ropa ajena.
—Hoy será un buen día, mamá —susurró Toño, tomando una gorra descolorida antes de salir en silencio.
El camino hacia el mercado de San Jacinto era corto, pero para Toño parecía eterno. A sus diez años, su cuerpo menudo apenas podía soportar las largas jornadas de trabajo cargando cajas y atendiendo a los clientes de Don Julián, el frutero más conocido del mercado. Aunque le dolían los brazos y las piernas, nunca se quejaba. Sabía que ese trabajo era necesario para ayudar a su madre a cubrir los gastos de la casa.
Cuando llegó al mercado, los puestos comenzaban a cobrar vida. Doña Carmen, la dueña de la papelería, estaba abriendo su pequeño local, mientras Don Chepe acomodaba verduras en su carretilla.
—¡Buenos días, Toño! —lo saludó Doña Carmen con una sonrisa cálida.
—Buenos días, Doña Carmen —respondió él, apresurándose hacia el puesto de Don Julián, donde ya lo esperaba una montaña de cajas de mangos, manzanas y guayabas.
—¡Por fin llegas, chamaco! —gruñó Don Julián—. Ponte a trabajar. Hay que acomodar todo antes de que lleguen los clientes.
—Sí, Don Julián —respondió Toño sin levantar la mirada, mientras comenzaba a mover las cajas.
Aunque era un niño trabajador, Toño tenía un sueño que nunca compartía con nadie: quería volver a la escuela. Antes de dejarla, había sido el mejor de su clase. Le encantaban las matemáticas y los cuentos que la maestra Lupita les leía. Pero cuando su padre los dejó, él tuvo que abandonar los estudios para ayudar en casa. A pesar de todo, nunca dejó de imaginar cómo sería su vida si pudiera regresar a las aulas.
Esa mañana, mientras acomodaba una caja de guayabas, vio pasar a su amigo Luisito. Llevaba su mochila cargada de libros y un uniforme perfectamente planchado.
—¡Toño! —gritó Luisito desde la otra acera, corriendo hacia él—. ¿Por qué no has vuelto a la escuela? La maestra Lupita siempre pregunta por ti.
Toño sonrió, pero con tristeza.
—No puedo, Luisito. Tengo que ayudar a mi mamá. Además, Don Julián dice que el trabajo es más importante que los libros.
Luisito lo miró con una mezcla de sorpresa y molestia.
—Eso no es cierto. Mi papá siempre dice que estudiar es la única forma de salir adelante. Tú eras el mejor en matemáticas. ¿Recuerdas cuando todos te pedíamos ayuda con las tablas?
Toño bajó la mirada, incómodo.
—Eso fue hace mucho, Luisito. Ahora solo sé contar los kilos de fruta.
Antes de que Luisito pudiera insistir, Don Julián apareció con el ceño fruncido.
—¡Deja de distraer a Toño! —le gritó—. ¡Y tú, chamaco, ponte a trabajar!
Luisito se despidió rápidamente, y Toño volvió a su labor. Sin embargo, las palabras de su amigo se quedaron con él el resto del día.
Al terminar su jornada, Toño pasó por la papelería de Doña Carmen.
—¿Qué necesitas, Toñito? —preguntó ella amablemente.
—Un cuaderno, por favor. Uno barato.
Doña Carmen le entregó un cuaderno viejo, pero limpio.
—Aquí tienes. Y toma este lápiz y esta goma, van por mi cuenta.
Toño abrió los ojos sorprendido.
—¿De verdad, Doña Carmen?
—Claro que sí, hijo. Nunca es tarde para aprender.
Esa noche, después de cenar un sencillo plato de frijoles, Toño se sentó a la mesa y comenzó a practicar matemáticas. Escribió números, sumas y restas, recordando lo que había aprendido en la escuela. Doña Elena lo miraba desde la esquina, preocupada.
—Toñito, trabajas todo el día. ¿Por qué no descansas?
—Mamá, quiero aprender. Algún día quiero ser maestro o ingeniero, y ya no quiero que trabajes tanto.
Doña Elena sintió que las lágrimas le llenaban los ojos, pero no quería desanimarlo.
—Entonces sigue, hijo. Si ese es tu sueño, no lo abandones.
Al día siguiente, en el mercado, los comerciantes comenzaron a notar algo diferente en Toño.
—¿Sabías que ese niño estudia por las noches? —comentó Doña Carmen a Don Chepe—. Tiene muchas ganas de aprender, pero no debería estar aquí trabajando.
Don Chepe asintió con gravedad.
—Es cierto. Los niños deberían estar en la escuela, no cargando cajas.
Esa tarde, Doña Carmen reunió a varios comerciantes para hablar sobre Toño.
—Miren, entiendo que todos necesitamos ayuda en nuestros puestos, pero los niños tienen derecho a estudiar. ¿Qué les parece si hacemos algo para ayudar a Toño y a otros niños como él?
—¿Y qué sugieres? —preguntó Don Julián con escepticismo.
—Podríamos reunir algo de dinero entre todos para pagar su inscripción. Y quizá la maestra Lupita pueda darle clases después del mercado.
Al principio, algunos dudaron, pero la idea comenzó a ganar fuerza. Incluso Don Julián, aunque de mala gana, aceptó aportar algo.
Cuando le contaron la noticia a Toño, él no podía creerlo.
—¿De verdad voy a poder volver a la escuela?
—Sí, Toño —dijo Doña Carmen con una sonrisa—. Pero recuerda que también tendrás que trabajar duro para aprovechar esta oportunidad.
Toño asintió con entusiasmo.
Con el tiempo, el fondo que crearon los comerciantes ayudó no solo a Toño, sino a otros niños del mercado. La maestra Lupita ofreció clases gratuitas, y poco a poco, el mercado de San Jacinto se convirtió en un lugar donde los sueños de los niños podían hacerse realidad.
Años después, Toño regresó al pueblo como maestro. Abrió una pequeña escuela en el mercado y les enseñó a los hijos de los comerciantes, recordándoles siempre que la educación es el camino hacia la verdadera libertad.

