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En un pequeño pueblo rodeado de colinas verdes, había un bosque que los niños llamaban «El Bosque Encantado». En el centro de ese bosque vivía un árbol enorme, con ramas tan altas que casi tocaban las nubes. Este árbol tenía un secreto especial: podía hablar. Todos lo conocían como el árbol susurrador.

Un día, tres amigos curiosos, Sofía, Leo y Tomás, decidieron explorar el bosque. Caminaban entre hojas crujientes y rayos de sol que se colaban entre las ramas.

—¿Creen que el Árbol Susurrador sea real? —preguntó Leo, ajustándose su mochila.
—¡Claro que sí! Mi abuelita dice que le contó historias cuando era niña —respondió Sofía emocionada.
—Yo solo creo lo que veo —dijo Tomás, cruzando los brazos—. Pero si ese árbol habla, quiero escucharlo yo mismo.

Finalmente, llegaron al gran árbol. Su tronco era ancho y sus hojas brillaban con un verde intenso. De repente, el viento sopló suave, y las ramas comenzaron a moverse.

—¿Quién se atreve a despertarme de mi siesta? —dijo una voz profunda pero amable.

Los niños dieron un paso atrás, asustados pero emocionados.

—¿Eres tú… el Árbol Susurrador? —preguntó Sofía, con los ojos bien abiertos.
—Así es —respondió el árbol, moviendo sus ramas como si fueran brazos—. ¿Qué los trae por aquí, pequeños?

—Queremos saber por qué te llaman el Árbol Susurrador —dijo Leo, adelantándose—. ¿Es cierto que cuentas historias?

El árbol dejó escapar un sonido que parecía un suspiro.

—Mis historias no son solo cuentos, pequeños. Son lecciones que la naturaleza ha aprendido a lo largo de los años. Pero antes de contarles, debo hacerles una pregunta: ¿han cuidado de este bosque?

Los tres niños se miraron entre ellos, un poco avergonzados.

—Bueno… siempre recogemos nuestras cosas cuando venimos —dijo Sofía.
—Pero a veces vemos basura y no la levantamos porque no es nuestra —admitió Tomás.

El árbol agitó suavemente sus ramas, como si estuviera pensando.

—Les contaré una historia. Hace muchos años, este bosque era el hogar de más árboles como yo, altos y fuertes. Los animales corrían libres, y los arroyos eran tan claros como el cristal. Pero los humanos comenzaron a olvidarse de cuidarlo. Dejaban basura, cortaban árboles y olvidaron que todos necesitamos la naturaleza para vivir.

—¿Qué pasó después? —preguntó Leo, con la voz apenas un susurro.

—El bosque empezó a marchitarse. Muchos animales tuvieron que irse. Pero algunos niños, como ustedes, comenzaron a hacer cambios. Limpiaban, plantaban árboles y le enseñaban a sus familias a respetar este lugar. Gracias a ellos, el bosque volvió a florecer.

—¿Nosotros podemos hacer eso? —preguntó Sofía.

—¡Claro que pueden! —respondió el árbol, sacudiendo una rama para dejar caer una pequeña semilla frente a ellos—. Cada pequeño esfuerzo cuenta. Planten esta semilla, cuídenla y enseñen a otros a respetar el bosque.

Sofía recogió la semilla con cuidado.

—Prometemos cuidar este lugar —dijo, mirando a sus amigos, quienes asintieron con entusiasmo.

Desde ese día, los tres amigos comenzaron a recoger la basura. También plantaron árboles y enseñaron a otros niños lo importante que era cuidar del bosque. Y cuando querían una nueva historia, siempre regresaban al Árbol Susurrador, que ahora tenía aún más historias que contar.

—La naturaleza siempre devuelve lo que recibe —decía el árbol—. Cuídenla, y ella cuidará de ustedes.

El bosque se transformó en un lugar lleno de vida. Ahora, risas resonaban entre los árboles. El Árbol Susurrador siempre estaba listo para compartir su sabiduría.

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Una respuesta a «El árbol susurrador»

  1. Avatar de migguehdz

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