
Era una soleada mañana de marzo en el pueblo de Agua Clara, donde vivían Emilia, Mateo y Sofi. Los tres amigos estaban emocionados porque el Día Mundial del Agua estaba cerca. Su escuela organizaba una feria con actividades para aprender a cuidar este recurso vital. Sin embargo, algo extraño sucedió: al visitar el río que cruzaba el pueblo, encontraron su cauce seco.
—¡El río está vacío! —exclamó Emilia, mirando las piedras desnudas.
—¿Cómo es posible? Si llovió hace apenas unos días —dijo Mateo mientras tocaba el suelo agrietado.
—Tenemos que averiguar qué pasó —agregó Sofi, ajustándose su mochila.
Los tres amigos decidieron investigar el misterio del río que había desaparecido.
Primero, visitaron a don Ramón, el encargado de los canales de agua del pueblo.
—Esto nunca había pasado antes —les dijo don Ramón, preocupado—. Puede ser que algo esté bloqueando el curso del agua o que alguien la esté usando sin control.
Con esta pista, los niños decidieron seguir el cauce seco río arriba. No tardaron en encontrar algo extraño: una enorme pila de basura estaba bloqueando el flujo del agua. Había botellas de plástico, bolsas, restos de comida y hasta una llanta vieja.
—¡Esto debe ser parte del problema! —dijo Mateo mientras observaba el desastre.
—Tenemos que quitarla, pero necesitamos ayuda —sugirió Sofi.
Los amigos corrieron de vuelta al pueblo. Hablaron con su maestra. Ella los ayudó a organizar una limpieza del río. Convencieron a sus vecinos y compañeros de clase de unirse a la causa. Pronto, decenas de personas llegaron al río con guantes, bolsas y herramientas para remover la basura.
Trabajaron todo el día bajo el sol, y poco a poco, el cauce del río comenzó a despejarse. Sin embargo, aunque el agua empezó a fluir un poco, aún no era suficiente para llenar el río como antes.
—Debe haber otro problema —dijo Emilia, mientras miraba las colinas cercanas.
Los niños siguieron explorando río arriba hasta llegar a una finca. Allí encontraron una enorme manguera que desviaba el agua hacia un estanque privado.
—¡Esto no está bien! —exclamó Mateo.
Los amigos hablaron con el dueño de la finca. Le explicaron que el río estaba seco. Además, le dijeron que su acción afectaba a todo el pueblo. Después de escuchar a los niños, el hombre entendió que estaba utilizando más agua de la que necesitaba. Prometió buscar otras formas de regar sus cultivos y devolver el agua al río.
Con el cauce despejado, el agua siguió su camino. El río volvió a fluir con fuerza al día siguiente. Los peces regresaron, las aves se posaron en sus orillas, y el pueblo celebró con alegría. Durante la feria del Día Mundial del Agua, Emilia, Mateo y Sofi dieron una pequeña charla sobre lo que aprendieron.
—El agua es un recurso valioso, y todos somos responsables de cuidarla —dijo Emilia.
—No debemos desperdiciarla ni contaminarla, porque el agua nos da vida a todos —añadió Mateo.
—Si cuidamos el agua, cuidamos nuestro futuro —concluyó Sofi con una sonrisa.
Desde ese día, el pueblo de Agua Clara aprendió a valorar cada gota de agua. Los niños no solo resolvieron el misterio del río que desapareció. También demostraron que incluso los más pequeños pueden hacer grandes cambios cuando se trata de cuidar el planeta.
Moraleja: El agua es un regalo precioso que debemos proteger con acciones conscientes. Cada gota cuenta para mantener la vida en la Tierra.

