
Infantil
En el barrio de Las Flores, donde los árboles de jacaranda tiñen las calles de morado cada primavera y las tardes huelen a tortillas recién hechas, vivían Emiliano y su hermana Lupita. Él tenía once años y le encantaba construir cosas con palitos, taparroscas y ligas. Lupita, de ocho, era risueña y curiosa, siempre con su cuaderno de dibujos bajo el brazo.
Su casa quedaba al fondo de una calle empedrada, justo frente al parque. En ese parque jugaban fútbol, vendían raspados de tamarindo y, al atardecer, los viejitos del barrio se sentaban a platicar bajo la sombra de los árboles.
Una tarde calurosa de abril, mientras Emiliano intentaba volar un papalote hecho con papel periódico y varitas de bambú, notó algo extraño.
—¡Auch! —exclamó, rascándose el brazo—. Otro piquete más. ¿Qué les pasa a estos mosquitos?
—Yo también tengo uno aquí, y aquí… y acá —dijo Lupita, mostrando las ronchitas en sus piernas.
—Ya ni parecen mosquitos normales. Están más grandes, y zumban como si trajeran motor.
En la noche, mientras cenaban pozole con su abuela Carmela, le contaron lo ocurrido.
—¡No anden jugando en el pasto a esa hora! —les dijo la abuela—. Los moscos salen cuando el sol se va y hay mucha humedad.
—Pero no son como antes, abue. Son más molestos —dijo Lupita.
La abuela dejó su cuchara y los miró seria.
—Tengan cuidado, hijos. El dengue anda cerca.
—¿Dengue? ¿Eso es como gripe?
—No, mijito. Es una enfermedad que da fiebre muy alta, dolor en los huesos, en los ojos. A veces es muy grave. Se transmite con los piquetes de un mosquito que crece en agua estancada.
—¿Como los charcos?
—Como los botes sin tapa, los floreros, las llantas viejas… todo lugar donde se junte agua sin moverse.
Esa noche, Emiliano no pudo dormir bien. El zumbido lo seguía como un susurro. Al día siguiente, su amigo Beto no fue a la escuela. Y luego tampoco Valeria. Decían que estaban en cama, con fiebre.
En el recreo, Emiliano se acercó a su maestra, la señorita Teresa.
—Maestra, ¿es cierto que hay dengue en el barrio?
Ella asintió con preocupación.
—Sí, Emi. Por eso es importante que ustedes no tengan recipientes con agua en casa. Ya avisamos al centro de salud y vendrán a fumigar, pero también necesitamos ayudar desde nuestras casas.
Emiliano caminó de regreso a casa pensativo. En la banqueta vio una cubeta con agua y una llanta llena de hojas podridas. En una esquina, un garrafón sin tapa.
—Esto no está bien —dijo.
Al llegar, fue directo con Lupita.
—Tenemos que hacer algo.
—¿Qué?
—Limpiar. Revisar. Avisar.
—¿Nosotros?
—¿Y quién más?
Lupita se emocionó.
—¡Podemos hacer un equipo!
Esa tarde, en la cancha del parque, reunieron a varios niños del barrio: Paco, Renata, los gemelos Julián y Julia, y hasta Miguel, que siempre decía que no le gustaba jugar con niñas pero que en secreto admiraba a Lupita.
—Necesitamos revisar nuestras casas, nuestros patios, y luego ir con los vecinos —dijo Emiliano, usando una cubeta como megáfono—. Vamos a buscar agua estancada. Y si la encontramos, la vaciamos. Si hay algo peligroso, avisamos a un adulto.
Lupita mostró un cartel que había dibujado:
“MOSCO VISTO, AGUA LIMPIA. PATIO LIMPIO, NIÑOS SANOS.”
Así nació la Patrulla Antimosco.
Cada niño traía algo: Lupita llevaba una libreta donde anotaba lo que encontraban; Paco tenía guantes; Renata llevaba bolsas para basura; los gemelos, botellas con cloro y tapaderas viejas; y Emiliano, su pala de plástico.
—¡A limpiar el barrio! —gritaron al unísono.
Revisaron patios, techos, jardines. Encontraron todo tipo de trampas de mosquitos: cubetas olvidadas, macetas con platos llenos de agua, botellas rotas en los solares vacíos, juguetes que habían quedado bajo la lluvia.
—Aquí hay larvas —dijo Paco, mirando una llanta con agua turbia.
—¿Qué son larvas? —preguntó Julia.
—Son los bebés del mosquito. Si los dejamos, se vuelven zumbadores —explicó Emiliano.
—¡Guácala!
Después de limpiar, fueron casa por casa. Al principio, algunos vecinos se molestaban.
—¿Y ustedes qué? ¿Ahora resulta que nos vienen a enseñar?
Pero cuando veían a los niños tan serios, tan decididos, cambiaban de tono.
—Tienen razón, chamacos. A veces uno no se da cuenta.
Doña Mari, que vivía sola y tenía mal la pierna, se emocionó tanto que les preparó agua de horchata y pan de nata.
—Ustedes son un sol, de veras. ¡Así da gusto tener vecinos!
Los días pasaron. El centro de salud vino a fumigar. Las calles lucían más limpias. Los zumbidos ya no eran constantes. Y lo mejor: Beto y Valeria regresaron a clases, sonrientes aunque un poco flaquitos todavía.
En la escuela, la maestra Teresa organizó una asamblea y les dio a todos un reconocimiento: “Guardianes de la salud del barrio”.
El presidente municipal los invitó a dar una plática en la plaza. Lupita llevó su cartel, ahora laminado, y Emiliano habló por el micrófono:
—La salud es tarea de todos. El dengue no se va solo. Pero si todos cuidamos el agua, el patio y al vecino, podemos ganarle.
Hubo aplausos. Fotos. Una banda de viento tocó “El Son de la Negra” mientras los niños bailaban en la explanada.
Esa noche, Emiliano y Lupita estaban acostados en la hamaca del patio, mirando el cielo estrellado.
—¿Crees que Lucha, la perrita de Beto, también puede tener dengue? —preguntó Lupita.
—No, los perros no —respondió Emiliano, bostezando—. Pero seguro nos ayudaría a espantar moscos si pudiera.
Lupita se rió.
—Mañana revisamos el parque otra vez, ¿va?
—Va.
Y entre el croar de las ranas, el canto de los grillos y la paz del silencio limpio, no se escuchó ni un solo zumbido.
Enseñanza:
La salud comienza en casa y en comunidad. Cuando los niños y niñas se organizan, pueden proteger a todos con acciones pequeñas pero poderosas. El dengue se combate con conocimiento, limpieza y trabajo en equipo. Un barrio informado es un barrio fuerte.

