
Sigue mis redes sociales para más contenido y suscríbete con tu correo para recibir las notas en tu mail.
INFANTIL
Toñito tenía seis años, vivía en un barrio colorido de Guadalajara y desde muy pequeño supo que su color favorito era el rosa.
No era un gusto pasajero, como cuando los niños cambian de superhéroe cada semana. No. Toñito amaba el rosa con el corazón. Amaba cómo se veía en su cuaderno, cómo brillaban las flores bugambilias que crecían en las bardas de su calle y cómo las nubes al atardecer a veces se pintaban con ese tono suave que le parecía mágico.
Su mochila era rosa. Rosa con un bordado de mariposas que su mamá, doña Miriam, le había hecho a mano porque en las tiendas no encontraba ninguna que le gustara. También tenía un estuche de colores con glitter y usaba una lonchera que alguna vez fue de su prima mayor, pero que a él le encantaba porque tenía una caricatura de una hada.
El primer día de clases en la primaria, todo parecía ir bien. Toñito se sentó en su pupitre, sacó sus colores con emoción y esperó que la maestra les diera la bienvenida. Pero no pasaron ni diez minutos antes de que algunos niños comenzaran a mirarlo raro.
—¿Es tuya esa mochila? —le preguntó un niño llamado Julián, con tono burlón.
—Sí —respondió Toñito, sin entender qué tenía de raro la pregunta.
—¡Jajajaja! ¡Es rosa! ¡Parece de niña! —gritó otro niño desde el fondo, haciendo que varios soltaran carcajadas.
Toñito sintió un nudo en la garganta, pero no lloró. Bajó la cabeza, guardó su estuche y se quedó callado todo el día. Cuando llegó a casa, su mamá notó que no traía la misma alegría de siempre.
—¿Qué te pasó, mi amor? ¿Cómo te fue en tu primer día? —preguntó mientras le servía su sopa de letras.
—Bien… —dijo Toñito, empujando la sopa con la cuchara, sin ganas.
—Toñito, dime la verdad. Yo te conozco. ¿Alguien te dijo algo? —insistió su mamá, sentándose a su lado.
Él guardó silencio unos segundos. Luego levantó la vista, con los ojos vidriosos.
—Me dijeron que mi mochila es de niña. Que me gusta el rosa porque soy raro… —murmuró.
Doña Miriam lo abrazó con fuerza.
—Escúchame bien, hijo. No hay cosas “de niños” o “de niñas”. El rosa es un color. Nada más. Y si a ti te gusta, es porque eres una persona que sabe lo que quiere. No dejes que nadie te haga sentir menos por eso —le dijo con la voz firme y los ojos llenos de ternura.
Al día siguiente, Toñito volvió a la escuela con su mochila rosa, pero ya no la ponía sobre el pupitre. La dejaba escondida debajo del escritorio. Pasaron los días, y cada vez hablaba menos en clase. La maestra, la señora Verónica, se dio cuenta de inmediato. Toñito solía ser participativo, curioso, siempre levantaba la mano para contestar preguntas. Pero ahora parecía esconderse tras sus cuadernos.
Una tarde, mientras todos hacían dibujos de lo que querían ser de grandes, la maestra se paseó por los pasillos mirando lo que hacían. Al llegar al pupitre de Toñito, vio que había dibujado a una persona frente a una máquina de coser, rodeada de vestidos.
—Qué bonito dibujo, Toñito. ¿Quién es? —preguntó con una sonrisa.
—Soy yo… —dijo bajito—. Quiero ser diseñador de vestidos.
—¡Qué hermoso sueño! —exclamó la maestra—. ¿Sabes que en México hay diseñadores muy famosos? ¡Te voy a traer fotos de algunos para que los conozcas!
Toñito la miró sorprendido. Nadie, hasta ese momento, había tomado en serio su sueño.
Esa misma noche, la maestra Verónica llamó a doña Miriam.
—Quería hablar con usted. He notado que Toñito está muy retraído últimamente. Hoy me contó que quiere ser diseñador de vestidos. Yo creo que es maravilloso, pero me dijo que algunos compañeros se han estado burlando de él.
—Sí… —respondió Miriam con un suspiro—. Me lo contó. Y me rompe el corazón que esté dejando de ser él mismo por miedo.
—¿Qué le parecería si organizamos algo juntos? Algo que le recuerde que puede brillar con su propia luz.
Así fue como nació la idea del “Desfile de la Imaginación”, un evento donde los alumnos podrían diseñar y presentar atuendos hechos con materiales reciclados, telas viejas o lo que tuvieran a la mano. Cada quien sería libre de crear y vestir lo que quisiera.
La directora de la escuela aprobó la idea con entusiasmo. “Es una manera de enseñar creatividad y respeto”, dijo. Se programó para dentro de tres semanas y todos los grados participarían. La noticia se corrió rápido, y los niños comenzaron a emocionarse.
Toñito no lo podía creer.
—¿De verdad, maestra? ¿Puedo diseñar vestidos para mis compañeros? —preguntó con los ojos abiertos como platos.
—Claro que sí. Incluso podrías modelar uno tú si quieres —respondió la maestra Verónica.
Toñito corrió a casa esa tarde y no dejó de hablar durante toda la cena.
—¡Mamá, mamá! Vamos a hacer un desfile en la escuela. Y puedo hacer vestidos. ¡Y voy a usar uno yo también!
Doña Miriam sonrió y le sacó del armario una caja vieja llena de retazos de tela que había guardado por años.
—Entonces manos a la obra, diseñador —le dijo.
Durante las siguientes semanas, Toñito y su mamá trabajaron todas las tardes. Diseñaron, cosieron, pegaron lentejuelas y buscaron formas de reutilizar ropa vieja. La maestra Verónica incluso consiguió que una costurera del barrio, doña Lupita, les diera tips para mejorar los acabados.
El día del desfile, el patio de la escuela estaba lleno de sillas y una pasarela improvisada con cartón y papel aluminio. Padres, madres y maestros estaban sentados bajo el sol con sombrillas de colores. Todos esperaban con emoción.
Uno a uno, los niños fueron desfilando. Algunos llevaban capas hechas con bolsas, otros trajes de astronauta hechos con cajas. Y de pronto, salió Toñito.
Vestía una camisa de tul con botones brillantes, un pantalón pintado a mano con flores y una capa rosa claro que ondeaba con el viento. Caminaba con paso firme, mirando al frente, mientras los aplausos llenaban el aire.
En la última vuelta, otros niños comenzaron a salir con prendas que Toñito les había ayudado a hacer. Había vestidos con estrellas, sombreros de cartón, incluso uno que llevaba una falda de papel crepé azul. Entre el público, varios padres se limpiaban los ojos discretamente. Doña Miriam no disimulaba: lloraba a moco tendido con una sonrisa de oreja a oreja.
Cuando el desfile terminó, la directora subió al escenario.
—Hoy no solo celebramos la creatividad, sino el respeto y la valentía. Un aplauso especial para Toñito, quien nos recordó que todos merecemos ser quienes somos, con orgullo y sin miedo.
El patio estalló en aplausos. Toñito bajó del escenario con la cara iluminada. Julián, el mismo que antes se burlaba, se le acercó con la cabeza agachada.
—Oye, Toñito… tu capa estuvo muy chida. ¿Crees que puedas enseñarme a hacer una así?
Toñito lo miró un segundo, luego sonrió.
—Claro. Mañana traigo el diseño.
Ese día, Toñito volvió a casa con su mochila rosa en alto, sin esconderla. Sabía que todavía habría personas que no entenderían sus gustos, pero también sabía que había muchas más que sí. Y eso le bastaba.
Aprendizaje final: No existen colores “de niños” o “de niñas”. Todos merecen expresar sus gustos sin miedo ni burlas. Cuando dejamos ser a los demás, el mundo se llena de más color, más respeto y más amor.

