
INFANTIL
Emiliano tenía ocho años y vivía con su abuela Lucha en una casa amarilla con techo de tejas rojas, justo a la vuelta del mercado municipal. Desde que tenía memoria, Emiliano había vivido con ella. Su mamá trabajaba en otra ciudad y le hablaba todos los días por teléfono, pero era su abuela quien le hacía los hotcakes los domingos, quien lo llevaba de la mano a la escuela y quien le leía cuentos antes de dormir.
La abuela Lucha no era como otras abuelas. No tejía, ni cocinaba pasteles, ni usaba vestidos floreados. Siempre vestía con camisas de cuadros, pantalones cómodos, y a veces botas negras que hacían ruido al caminar por la casa. Tenía una voz fuerte, de esas que llenan una habitación, y una risa que se escuchaba desde el jardín. Emiliano la adoraba. Era su compañera de aventuras y la persona que más lo hacía reír en el mundo.
Un viernes por la tarde, después de que Emiliano regresó de la escuela, escuchó a su abuela hablando por teléfono en la cocina. Él no quería espiar, pero escuchó su nombre y se quedó quieto detrás de la puerta, con la mochila aún colgada en los hombros.
—Sí, ya lo he pensado —decía Lucha con tono serio—. Emiliano ya está grande, tiene derecho a saber. No quiero que se entere por otros. Quiero contarle yo.
Esa noche, mientras cenaban sopa de lentejas con plátano frito, Lucha lo miró con cariño, como si buscara el momento adecuado para decir algo importante.
—Emi —dijo, usando su apodo de cariño—, ¿tú sabes qué es ser valiente?
—Sí, abue. Es cuando uno pelea con dragones o se mete a la alberca aunque le dé miedo —respondió con seguridad.
Lucha sonrió.
—Eso también. Pero ser valiente también es decir la verdad aunque te dé miedo. Ser quien uno es, aunque no todos entiendan.
Emiliano frunció el ceño. No entendía muy bien a qué se refería.
—¿Te pasó algo en el mercado? —preguntó.
—No, mi amor. Lo que quiero contarte tiene que ver conmigo. ¿Recuerdas cuando me preguntaste por qué nunca habías visto una foto mía de joven?
Emiliano asintió. Sí lo había preguntado, varias veces.
—Bueno… es porque antes, hace muchos años, cuando yo era joven, me llamaba Lucio. Nací con cuerpo de hombre, pero desde que era muy niño sentía que algo no encajaba. Yo no me sentía como un niño. Me gustaban otras cosas, me sentía diferente por dentro. Pasé muchos años tratando de entenderlo. Fue hasta que fui grande, ya adulto, que me di cuenta: yo era una mujer.
Emiliano dejó la cuchara a medio camino. Sintió como si las palabras flotaran en el aire sin aterrizar.
—¿Entonces… tú eras un hombre antes?
Lucha asintió.
—Sí. Pero siempre me sentí mujer. Siempre supe, aquí —dijo, llevándose una mano al pecho—, que yo era Lucha. Lo que ves ahora no es un disfraz, es lo que siempre fui. Solo que por muchos años tuve que esconderlo porque la gente no entendía. Pero un día decidí que ya no quería esconderme. Fui valiente y empecé a vivir como soy: tu abuela Lucha.
Emiliano bajó la mirada. No estaba enojado, pero sí confundido. ¿Su abuela era su abuelo antes? ¿Entonces qué significaba todo eso?
—¿Y… por qué me lo dices ahora?
—Porque creo que ya puedes entenderlo. Porque te amo, y porque mereces saber toda la verdad. Y porque no quiero que nadie te lo diga de una forma fea. A veces, Emi, la gente no sabe cómo aceptar lo diferente. Pero cuando se ama de verdad, uno aprende.
Pasaron unos segundos de silencio. Emiliano tomó otro sorbo de sopa y preguntó:
—¿Pero tú sigues siendo mi abuela?
—Claro que sí —dijo Lucha, sonriendo—. Sigo siendo la que te carga cuando te duermes en el sofá, la que te prepara el desayuno antes de la escuela, la que se disfraza contigo en Halloween. Solo que ahora sabes un poquito más de mi historia.
—¿Y siempre vas a ser mi abuela?
—Siempre.
Esa noche, Emiliano no pidió cuento. Solo se acostó en la cama mientras pensaba en todo lo que había escuchado. Al principio, su mente se llenaba de dudas. ¿Qué dirían en la escuela si lo supieran? ¿Eso era algo malo? ¿Estaba bien sentirse confundido?
Pero también recordaba las veces que Lucha lo abrazó cuando lloraba, las veces que lo hizo reír cuando tenía miedo, y todas las mañanas en que le preparó su lonche con una notita escrita a mano: «Te amo, Emi. ¡Sé tú!»
Pasaron los días y Emiliano no volvió a mencionar el tema, hasta una tarde en la que su maestro pidió que cada niño hiciera una presentación sobre alguien que admirara. Algunos eligieron a cantantes, otros a futbolistas, pero Emiliano llegó con una cartulina llena de dibujos de flores, botas, y camisas de cuadros.
—Yo admiro a mi abuela Lucha —dijo con voz firme—. Ella me cuida, me enseña cosas, y siempre me dice que sea valiente. Mi abuela me contó que antes se llamaba Lucio, pero siempre supo que en realidad era Lucha. Y aunque la gente no entienda, ella no se esconde. Eso me parece muy valiente.
Hubo un silencio en el salón. Luego la maestra aplaudió, y uno a uno los compañeros lo siguieron. Algunos niños se acercaron en el recreo.
—Tu abuela suena muy chida —dijo Diego, que antes se burlaba de otros niños por cosas mínimas—. ¿Crees que pueda venir un día a contarnos cómo cuida sus plantas?
—¡Sí! Tiene una bugambilia que da flores todo el año —respondió Emiliano con orgullo.
Esa tarde, cuando llegó a casa, Emiliano le llevó la cartulina a su abuela.
—¿Te puedo decir algo, abue?
—Claro, mi amor.
—Gracias por contarme tu historia. Me da gusto que seas tú, así, como quieras. Yo te quiero igual, o más.
Lucha no respondió de inmediato. Solo lo abrazó muy fuerte, tan fuerte que a Emiliano le dolió un poquito la nariz de tan apretado que fue el abrazo. Pero no le importó. Porque en ese abrazo sintió algo más fuerte que cualquier confusión: el amor.
Y así, Emiliano aprendió que las personas pueden cambiar por fuera, pero lo más importante es cómo aman y cómo están presentes. Su abuela no era menos abuela por haber sido alguien más en el pasado. Era, simplemente, su Lucha.
Aprendizaje: Ser uno mismo es un acto de valentía. Las familias crecen cuando se aceptan con amor y sin prejuicios.

