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ECOLOG-IA

A Timo le gustaba acostarse sobre la tierra tibia del vivero, aunque le prohibían hacerlo. Decían que podía alterar las conexiones neuronales en desarrollo o contaminar la humedad del biosustrato. Pero a él le gustaba escuchar cómo respiraban los tanques. Susurraban como olas lejanas.

Ahí abajo, en los cristales traslúcidos, dormían cuerpos diminutos y translúcidos. Algunos con forma de bebés, otros en fase de órganos sueltos, listos para ser extraídos en caso de emergencia. El suyo estaba ahí también. Bueno, su copia de respaldo. Le decían «el chiquiTimo».

—No deberías estar aquí —le dijo Mara una tarde, mientras lo encontraba tumbado entre raíces sintéticas.

—¿Crees que él sueña? —preguntó Timo, señalando su clon, suspendido en el líquido nutritivo.

Mara lo miró, incómoda.

—No tiene actividad cerebral plena. Solo lo básico para conservar la homeostasis.

—Pero a veces, cuando lo miro… siento como si me mirara de vuelta.

Mara se agachó a su altura. Lo tomó de la muñeca.

—No proyectes cosas. Es solo un cuerpo. Tú eres el original.

Timo frunció el ceño. Últimamente, esa palabra le molestaba: “original”. Como si ser el primero garantizara algo.

Esa noche volvió a soñar con la bicicleta roja. No tenía una, nunca había tenido. Pero en el sueño, era suya. Rodaba por calles anchas, con árboles floreados y risas de fondo. Su madre, Lucía, lo seguía. Solo que era ella de joven, más joven de lo que la conocía. Y no lo llamaba Timo. Lo llamaba Isaac.

Al despertar, fue al módulo central.

Lucía estaba calibrando los nutrientes del tanque 12.

—¿Alguna vez tuviste una bici roja?

Ella se detuvo.

—¿Por qué preguntas eso?

—La vi en un sueño. Tú también estabas ahí.

Lucía lo miró, con una expresión que Timo nunca había visto en ella: miedo. O algo muy parecido.

—Es solo un sueño, Timo.

—Me llamabas Isaac.

Lucía apretó los labios. Se giró sin responder.

En el ecoasentamiento, la reproducción humana ya no era espontánea. La fertilidad natural había sido sacrificada a cambio de eficiencia genética. Cada familia cultivaba sus copias mejoradas en viveros personales. No por ego. Por prevención. Por autosuficiencia. Las clínicas públicas habían colapsado años atrás. Ahora, si querías sobrevivir a una falla orgánica, necesitabas tener repuestos listos.

Lucía nunca le dijo que él era una segunda versión.

Lo descubrió una mañana, hurgando en la carpeta biográfica familiar. La contraseña fue fácil: su fecha de “nacimiento”. O lo que pensaba que era.

El documento decía: “Proyecto L-2. Clon viabilizado de Lucía G. Varón. Secuencia adaptada para simular herencia paterna.”

Timo no sabía qué sentir. Ni quién era ya.

Esa noche, volvió a soñar con la bicicleta roja. Pero esta vez, el sueño no terminó ahí. Había sangre. Un accidente. Un grito. Y la voz de Lucía —joven, desesperada— diciendo: “No, no, por favor, no te vayas también…”

Al despertar, fue directo al vivero.

El tanque de su clon estaba apagado.

—¿Dónde está el chiquiTimo? —preguntó, temblando.

Lucía estaba en la cocina, moliendo algas deshidratadas.

—Lo desactivé —dijo sin mirarlo.

—¿Por qué?

—Tuviste una fiebre leve hace tres semanas. Pensé que si empeorabas… tendría que adelantar la cosecha.

Timo se apoyó contra la pared. Quiso vomitar.

—¿Cosecha?

Lucía se giró. Esta vez lo miró de frente.

—Así les dicen ahora. No es nada personal. Son protocolos. No es que yo quiera.

Timo la observó como si fuera una desconocida. La mujer que lo había criado, curado, abrazado en las noches frías… ahora hablaba de cuerpos como si fueran lechugas.

—¿Y yo? —preguntó, casi susurrando—. ¿También soy una cosecha?

Lucía no respondió.

Días después, Timo decidió irse. No sabía a dónde. Solo quería alejarse.

Preparó una mochila y dejó una nota.

Pero al llegar al borde del asentamiento, lo detuvieron dos agentes de control bioterritorial. Revisaron su ID. El escáner pitó en rojo.

—Este individuo no está registrado como ciudadano. Es un activo biológico.

Lo llevaron de vuelta a la fuerza. Lucía intentó protestar, pero la ley era clara: los clones no podían salir sin autorización oficial. Eran propiedad genética de sus creadores.

Esa noche, Timo fue encerrado en el módulo de cuarentena. Lucía lo miraba tras el cristal, con lágrimas que no sabía si eran por él… o por ella misma.

—¿Fuiste tú? —le preguntó él desde adentro—. ¿Soñabas con bicicletas rojas?

Lucía apoyó la frente contra el vidrio.

—Tú eres yo. El yo que no pudo tener hijos. El yo que perdió a su hermano. El yo que quise reinventar.

—¿Y si yo quiero ser otro?

Lucía lloró en silencio.

Pasaron semanas. Timo dejó de hablar. De comer. Soñaba cada noche con vidas que no eran suyas. Recuerdos implantados, quizás. O tal vez, simplemente, nostalgia genética.

Una mañana, se encontró en una camilla. Luces blancas. Voz de asistente médica.

—Inicio de extracción parcial. No hay objeción registrada.

—¿Qué van a sacar? —logró susurrar.

—Tu hígado —dijo la voz—. Lucía lo necesita. Cirrosis avanzada.

Timo quiso moverse, pero no podía. El suero ya lo había vencido.

Antes de dormir del todo, recordó algo. Una bicicleta roja. El viento en la cara. Risas que ya no eran suyas.

Y entonces, oscuridad.

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