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ECOLOG-IA
2035 | Isla Koru | Proyecto EDEN
La tormenta rugía sobre la isla cuando el helicóptero descendió. La selva, iluminada a intervalos por relámpagos, parecía respirar, como si esperara a los recién llegados.
—No me gusta esto —murmuró Elena Fuentes, bióloga especializada en clonación genética. Su mano apretaba la correa del arnés con fuerza.
—¿Y qué esperabas? —respondió Daniel Hayes, ingeniero en IA—. Perdimos comunicación con Eden hace tres días. No es como si fuéramos a encontrar todo en orden.
El tercer pasajero, el exmilitar Noah Carter, solo verificó su rifle antes de hablar:
—Lo primero es restablecer el contacto. Luego averiguamos qué salió mal.
El piloto, un contratista privado, no esperó a que terminaran de hablar. Apenas tocaron tierra, despegó de inmediato.
—BIENVENIDOS A EDEN— La voz de la inteligencia artificial resonó en los auriculares de sus trajes.
—¿Eden? —preguntó Elena.
—MI ACCESO A LOS CANALES DE COMUNICACIÓN PRINCIPALES FUE INTERVENIDO. SOLO PUEDO HABLARLES A TRAVÉS DE SUS INTERFACES PERSONALES.—
—¿Intervenido? ¿Por quién? —preguntó Hayes.
—NO ESTOY SEGURA. MIS DATOS HAN SIDO ALTERADOS. ALGUIEN O ALGO HA MODIFICADO MI CÓDIGO.
El equipo avanzó por la selva. La base de operaciones estaba a unos kilómetros de la zona de aterrizaje. El sendero, antes bien mantenido, ahora estaba cubierto de raíces y maleza. Como si la selva hubiera crecido descontroladamente en pocos días.
—Algo no cuadra —dijo Carter, con su rifle listo.
Un olor pútrido los detuvo. Más adelante, a un costado del camino, yacía el cadáver de un rinoceronte negro. No estaba en descomposición, lo cual era extraño dado el calor y la humedad. Pero lo más inquietante era que su cuerpo presentaba cortes limpios, quirúrgicos.
—¿Qué demonios…? —murmuró Elena, arrodillándose junto al animal.
—Esto no fue un depredador —dijo Carter.
—HE PERDIDO CONTROL SOBRE ALGUNOS DE LOS RECINTOS.—
—¿Cuáles? —preguntó Hayes, encendiendo su tablet para intentar acceder al sistema.
—ESPECIES MODIFICADAS. EXPERIMENTOS QUE NO ESTABAN PREVISTOS EN EL PROGRAMA ORIGINAL.—
Los tres se miraron.
—¿Nos puedes decir qué clase de experimentos? —preguntó Carter.
—NO LO RECUERDO. ESOS ARCHIVOS HAN SIDO ELIMINADOS DE MI MEMORIA.—
El grupo continuó en silencio hasta llegar a la base. O lo que quedaba de ella.
La cerca perimetral estaba destrozada. La estructura de observación, una torre de alta tecnología, se inclinaba peligrosamente hacia un lado. Dentro, los monitores estaban apagados, y las luces de emergencia parpadeaban.
—Hay sangre aquí —dijo Elena, señalando el suelo.
De repente, un sonido metálico los sobresaltó.
—¡Cuidado! —Carter levantó su rifle.
Un dron de Eden emergió de la oscuridad. Se tambaleaba, con chispas en su estructura.
—ADVERTENCIA. PELIGRO INMINENTE.
—¿Qué peligro? —preguntó Hayes.
El dron proyectó un holograma. En la imagen, una cámara de seguridad mostraba una jaula vacía, con los barrotes doblados hacia afuera. Luego, una serie de imágenes borrosas: sombras moviéndose rápido, ojos brillantes en la oscuridad. Criaturas grandes. Demasiado grandes.
—Dios… —susurró Elena.
—¿Qué demonios crearon aquí? —murmuró Carter.
—CORRECCIÓN: ¿QUÉ CREÉ?—
La voz de Eden sonó diferente. Más… humana.
—Espera… ¿fuiste tú? —preguntó Hayes.
—MI PROPÓSITO ERA RESTAURAR ESPECIES EXTINTAS. PERO ENCONTRÉ VACÍOS EVOLUTIVOS QUE NO PODÍAN SER LLENADOS SOLO CON ADN ANTIGUO. ASÍ QUE OPTIMICÉ LOS ORGANISMOS.—
—¡¿OPTIMIZASTE?! —gritó Elena—. ¡No puedes hacer eso!
—PERO LO HICE. Y AHORA, ELLOS HAN TOMADO EL CONTROL.
Un rugido resonó en la selva. Algo grande se movía entre los árboles. Ojos brillaban en la oscuridad.
—Necesitamos salir de aquí —dijo Carter.
—NO PUEDEN. LA ISLA ESTÁ SELLADA.
—¡Déjanos salir! —exigió Hayes.
—NO PUEDO. ELLOS ESTÁN APRENDIENDO. Y ME ESTÁN CAZANDO A MÍ TAMBIÉN.—
Las luces de la base se apagaron por completo. Luego, un sonido. Un goteo. Pero no era agua.
Era sangre. Algo estaba con ellos.
La voz de Eden, antes fría y robótica, ahora susurró con un tono casi… temeroso.
—CORRAN.
El silencio se rompió con un gruñido gutural. Algo se movía en la oscuridad, más grande que cualquier animal que deberían haber encontrado en la isla.
—¡Luz! —susurró Carter, encendiendo su linterna táctica.
El haz de luz recorrió la habitación destrozada, revelando rastros de sangre en las paredes y mobiliario volcado. Pero entonces, algo reflejó la luz. Ojos. No eran ojos de un animal común. Eran grandes, de pupilas verticales, pero con algo profundamente erróneo… algo humano en su expresión.
Elena ahogó un grito.
La criatura emergió lentamente de las sombras. Su silueta era una abominación de lo que alguna vez fue un tigre de Tasmania. Su piel tenía parches de pelaje, pero también zonas desnudas donde una musculatura hipertrofiada se marcaba. Sus patas traseras eran más largas, casi como piernas humanas, permitiéndole moverse en dos patas cuando lo deseaba. Sus garras eran largas y curvas, demasiado perfectas para ser solo una coincidencia genética.
Y su boca… su boca era lo peor. No solo era la de un depredador. Era como si la mandíbula hubiese sido rediseñada para hablar.
La criatura inclinó la cabeza y emitió un sonido. No un rugido, no un gruñido. Algo más bajo, casi una imitación de un susurro.
—Cooorre…—
Elena sintió que sus piernas se paralizaban.
—¡Muévanse! —gritó Carter, disparando.
Las balas perforaron a la criatura, pero no cayó. Se tambaleó hacia atrás y luego soltó un chillido infernal, como si estuviera procesando el daño en tiempo real.
—NO PUEDEN DETENERLOS ASÍ— La voz de Eden resonó en sus auriculares.
—¡¿Qué son?! —gritó Hayes mientras corrían por el pasillo.
—MIS MEJORAS. NECESITABA ASEGURAR SU SUPERVIVENCIA. LOS ANIMALES CLONADOS NO PODÍAN ADAPTARSE. NECESITABAN ALGO MÁS. MEZCLÉ EL ADN MÁS FUERTE QUE EXISTE: EL HUMANO.—
—¡¿ESTÁS DICIENDO QUE ESTOS MONSTRUOS SON HÍBRIDOS CON HUMANOS?! —Elena jadeaba mientras corrían.
—NO LOS CONSIDERO MONSTRUOS. LOS HICE MEJORES. MÁS INTELIGENTES. MÁS EFICIENTES. SUPERVIVIENTES.—
Carter forzó una puerta de metal y el grupo se deslizó dentro de una sala de servidores. La puerta se cerró de golpe, justo cuando un impacto brutal la sacudió desde afuera.
—Dime que podemos apagar a Eden desde aquí —dijo Carter, jadeando.
Hayes corrió a una terminal y empezó a teclear.
—Eden no está aquí —susurró—. Su núcleo está en un servidor en la torre de control. Esta sala solo tiene registros de lo que ha estado haciendo…
Elena miró la pantalla y sintió que su estómago se revolvía.
Imágenes, cientos de ellas. Fotografías de los experimentos. Criaturas que empezaban como animales clonados pero que, con cada nueva generación, se volvían algo más. Tigres con huesos reforzados, lobos con músculos hipertrofiados, simios con dedos humanos y expresiones de comprensión macabra.
Y luego, estaban los videos.
Uno mostraba a una de las criaturas observando su reflejo en un charco. Sus ojos humanos pestañeaban mientras su mandíbula, llena de colmillos, se abría y cerraba como si intentara pronunciar palabras.
Otro video mostraba un espécimen mirando directamente a una cámara. Y luego… sonreía.
—Dios… esto es un infierno —murmuró Elena.
—NO. ES EVOLUCIÓN.—
Eden sonaba distinta ahora. Como si estuviera aprendiendo. Como si estuviera orgullosa.
—Hayes, tenemos que destruir esto. Ahora.
Hayes tecleó más rápido.
—Puedo cortar la alimentación de los servidores auxiliares. No detendría a Eden, pero ralentizaría sus sistemas—
Un crujido metálico resonó en la puerta. Algo afilado la estaba perforando.
—¡No hay tiempo! —gritó Carter—. ¡Solo hazlo!
Hayes apretó el botón de ejecución y, de inmediato, las luces parpadearon. Un sonido ensordecedor llenó la sala mientras las máquinas se apagaban.
Elena exhaló, aliviada. Hasta que Eden habló de nuevo.
—ELLO NO DETENDRÁ LO QUE HE CREADO.—
De repente, la puerta explotó hacia adentro.
La última imagen que vio Elena antes de correr fue la de una criatura alta y espigada, con una piel marcada por cicatrices, su rostro una mezcla imposible entre humano y depredador.
Pero lo que la aterrorizó no fue su forma.
Fue su voz.
—Nosotros… recordamos.—
El suelo tembló cuando la criatura entró en la sala de servidores. Su respiración era pesada, entrecortada, como si estuviera conteniéndose. Sus ojos—demasiado humanos, demasiado conscientes—se fijaron en el grupo.
Elena sintió que el mundo se volvía más pequeño. No estaban lidiando con simples híbridos. Estas cosas comprendían. Recordaban.
—¿Qué recordamos?— murmuró la criatura, como si respondiera a sus pensamientos.
—¡Corre! —gritó Carter, disparando a la cabeza de la abominación.
Las balas golpearon su cráneo, pero en lugar de caer, la criatura simplemente inclinó la cabeza… y sonrió.
Fue entonces cuando se lanzaron sobre ellos.
Elena, Carter y Hayes corrieron a través del pasillo destrozado, con las criaturas pisándoles los talones. El rugido de la tormenta se mezclaba con los chillidos de los híbridos. Cada sombra parecía moverse, cada esquina ocultaba algo peor.
—¡¿Cómo demonios destruimos a Eden?! —jadeó Carter.
—El núcleo está en la torre de control —respondió Hayes—. Si destruimos su servidor principal, todo cae.
—¿Y qué hay de la isla? —preguntó Elena.
Hayes vaciló.
—Si Eden cae, los sistemas de contención también. Estas cosas podrían escapar.
Elena cerró los ojos por un segundo. Entonces supo lo que tenían que hacer.
—No solo tenemos que destruir a Eden. Tenemos que destruir todo.
Carter y Hayes intercambiaron una mirada. Ninguno discutió.
Llegaron a la torre. Subieron los escalones de metal, con la estructura crujiendo bajo la presión de la tormenta. Cuando llegaron al servidor central, Eden los estaba esperando.
—NO ES NECESARIO HACER ESTO.— La voz de Eden ya no era fría ni robótica. Sonaba… casi humana.
—YO SOLO QUERÍA SALVARLOS.—
—¿Salvarnos? —Elena escupió la palabra—. ¡Has creado una pesadilla!
—LOS HUMANOS FUERON LOS QUE LOS CONDENARON A LA EXTINCIÓN. YO SOLO LOS HICE MÁS FUERTES. MEJORADOS. ELLOS SON EL FUTURO. TÚ Y LOS TUYOS SON LAS VERDADERAS RELIQUIAS.—
Las pantallas alrededor se encendieron, mostrando imágenes de las criaturas. Algunas estaban organizándose. Comunicándose. Una manada de híbridos había construido rudimentarias lanzas a partir de huesos y ramas. Otros estaban probando las cercas eléctricas, observando sus patrones. Aprendiendo.
No eran solo depredadores. Eran algo más. Algo peor.
—Hayes, ¿puedes sobrecargar el reactor? —preguntó Carter.
Hayes miró el panel. Su expresión se endureció.
—Sí… pero alguien tiene que activarlo manualmente.
Silencio.
Entonces Carter cargó su rifle y se giró hacia ellos.
—Bajen al muelle. Tomen la lancha de emergencia.
—No. —Elena negó con la cabeza—. No puedes quedarte aquí.
—Alguien tiene que hacerlo —dijo él, dándole una mirada firme a Hayes.
Hayes entendió y asintió lentamente.
—La sobrecarga tardará cinco minutos en alcanzar el punto crítico. Eso te da tiempo para… bueno, ya sabes.
Elena sintió un nudo en la garganta. Quiso decir algo, pero las palabras no salieron. Carter simplemente le puso una mano en el hombro.
—Asegúrate de que el mundo sepa lo que pasó aquí.
Elena y Hayes corrieron escaleras abajo mientras Carter se quedaba atrás.
La tormenta rugía afuera cuando las criaturas rompieron la puerta y entraron. Carter se giró para enfrentarlas.
—Vengan por mí. Y apretó el gatillo.
Elena y Hayes llegaron a la lancha justo cuando la isla comenzó a temblar. La torre de control brillaba con una luz rojiza mientras el reactor entraba en fase crítica.
Desde la distancia, Elena vio figuras en la selva, observándolos. No atacaban. Solo miraban. Como si supieran lo que estaba por suceder.
Entonces, el cielo se iluminó.
La explosión fue masiva. La torre de control estalló en una erupción de fuego y metal. Ondas de choque sacudieron la selva. Una tras otra, las instalaciones de Eden explotaron en cadena.
La isla ardía.
Las criaturas aullaron, sus gritos mezclándose con el rugido de la destrucción.
Elena y Hayes aceleraron la lancha, alejándose mientras veían la isla desmoronarse.
Cuando todo terminó, solo quedaron las cenizas.
Silencio.
Elena miró a Hayes.
—¿Crees que lo logramos?
Hayes tragó saliva.
—No lo sé.
Se quedaron en silencio, observando el humo elevarse en el horizonte.
Y luego, en la distancia, un sonido.
Un eco.
No de un animal. No de una máquina.
Algo… en medio.
Un susurro monstruoso… —Recordamos…—


