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CUENTO INFANTIL

Beto tenía siete años y una imaginación tan grande que no le cabía en los bolsillos de su pantalón. Vivía con su mamá, su abuela y su hermanita recién nacida, en una casa modesta al sur de Guadalajara, donde el sol entraba por la ventana de la cocina cada mañana como una promesa nueva.

Desde muy pequeño, a Beto le encantaban las muñecas. No por casualidad, sino porque las veía como compañeras de historias. Las sentaba una a una, les ponía nombre, les contaba cuentos inventados, les tejía tramas de familias valientes, planetas perdidos, cocinas mágicas y viajes en bicicleta por el universo. Cada muñeca tenía una voz distinta y un carácter único. Para él, jugar con muñecas era como ser director de una película donde todos podían ser héroes, aunque tuvieran trenzas y vestidos.

—¿Por qué te gustan tanto las muñecas? —le preguntó un día su mamá, sin juzgar, mientras doblaba la ropa limpia.

—Porque me escuchan y me dejan cuidarlas… Y también porque no gritan como los luchadores ni hacen tanto ruido como los carritos.

Su mamá le sonrió y acarició su cabello.

—Está bien, mi amor. Juega con lo que te haga feliz.

Todo era tranquilo en casa. Pero un fin de semana, su tío Ramón fue a visitarlos. Era hermano mayor de su mamá, mecánico de oficio, de manos duras y voz fuerte. Traía consigo la idea firme de cómo debía comportarse un “niño de verdad”.

Esa tarde, al entrar a la sala, vio a Beto sentado en el tapete, peinando a su muñeca favorita, una que él mismo había llamado “Luna”, vestida con un overall azul de tela vieja que antes fue de él mismo cuando era bebé.

Ramón soltó una carcajada ruidosa.

—¿¡Y eso qué es!? ¿Un niño jugando con muñecas? ¡Eso es de niñas, Beto! ¡No seas maricón!

La palabra cayó como piedra en el pecho de Beto. Su rostro cambió de expresión. Luna resbaló de sus manos. Su mamá se levantó rápido de la cocina, cruzó el cuarto y se paró entre los dos.

—¡Ramón! Aquí no vas a usar ese lenguaje, y mucho menos frente a mis hijos.

—Solo le estoy enseñando cómo es la vida. ¿O vas a dejar que crezca débil, confundido?

—Prefiero que crezca libre y feliz a que viva con miedo por hacer lo que le gusta —dijo ella con voz firme.

Ramón bufó, tomó su gorra y salió de la casa, murmurando cosas ininteligibles.

Beto no dijo nada. Pero esa noche guardó a todas sus muñecas en una caja y la metió debajo de su cama. Ya no quería que nadie lo viera jugando con ellas. Algo dentro de él se encogió.

Los días siguientes, Beto estuvo callado. Jugaba solo, sin muchas ganas. Su mamá lo notó de inmediato. No insistió. Esperó el momento.

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Fue hasta el jueves que Beto, en la escuela, se quedó en el recreo sentado sin comer su sándwich. La maestra Brenda, que también era psicóloga del plantel, se le acercó.

—¿Qué pasa, Beto? Te noto triste.

Él bajó la mirada y no respondió. Pero después de unos minutos de silencio, murmuró:

—¿Está mal que me gusten las muñecas?

Brenda se agachó a su altura.

—¿Quién te dijo que está mal?

—Mi tío. Dijo que eso es “de niñas”… y que yo no debo jugar así.

La maestra se sentó junto a él. Le habló con paciencia, sin prisa, como si las palabras fueran semillas que necesitaban tierra suave para crecer.

—Beto, los juguetes no tienen género. Solo son objetos con los que imaginamos cosas, con los que aprendemos, con los que nos expresamos. Si una niña juega con carritos, nadie dice nada. ¿Por qué tú no podrías jugar con muñecas?

—Porque dicen que me voy a volver… raro.

—Raro es quien lastima a otros por no entender lo que es diferente. Tú eres un niño sensible, curioso, creativo. Eso es algo hermoso, no algo que deba esconderse.

—Pero me da pena…

—¿Sabes qué? Yo también jugaba con muñecas cuando era niña. Y con dinosaurios. Y con herramientas de plástico. Mi mamá decía que mientras uno se divierta, todo está bien.

Beto la miró con sorpresa. Por primera vez en días, sonrió un poco.

Esa tarde, la maestra Brenda habló con su mamá. Le propuso hacer una actividad escolar sobre la libertad de jugar, y su madre estuvo de acuerdo. Así, la semana siguiente, todos los niños del grupo llevaron su juguete favorito al salón, sin importar si eran carritos, muñecas, espadas, peluches, cocinitas o robots.

—Hoy vamos a hablar de lo que sentimos cuando jugamos —explicó Brenda—. Porque el juego no es cosa seria, pero sí muy importante.

Cuando llegó el turno de Beto, él dudó. Pero luego sacó a Luna, su muñeca, del fondo de su mochila.

—Ella es Luna. Me gusta cuidarla, inventarle aventuras y hacerle ropa con calcetines viejos —dijo, en voz bajita, pero firme.

Hubo unos segundos de silencio. Luego Mariana, una compañera suya, dijo:

—¡Qué bonita está!

Y otro niño, César, preguntó:

—¿Tú le haces la ropa? ¿Me enseñas?

Esa noche, Beto volvió a sacar la caja de debajo de su cama. Sacó cada muñeca, les quitó el polvo, les habló uno por uno, como si les pidiera perdón por haberlas escondido.

Su mamá entró al cuarto y le llevó una hoja doblada en cuatro.

—Es de la maestra Brenda —dijo.

Beto la abrió. Era un dibujo: una muñeca con alas y una corona, sentada junto a un niño que sonreía. Abajo, una frase:

“No hay juego más fuerte que aquel que se juega sin miedo.”

Aprendizaje:

Jugar es parte de crecer y explorar. Ningún juguete es exclusivo de un solo género. Jugar libremente es también crecer con dignidad.

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