cuento infantil sobre una abuela de 70 años que aprendió a leer y escribir para salir adelante
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CUENTO INFANTIL

En un pequeño pueblo al sur de Jalisco, donde el aire huele a tierra mojada y las campanas de la iglesia aún marcan el ritmo de los días, vivía María, una abuela de setenta años con el cabello canoso recogido siempre en un chongo bajo y una sonrisa tímida pero luminosa.

María tenía dos nietos que adoraba: Camila, de nueve años, y Sebastián, de siete. Cada tarde, después de la escuela, los esperaba en su humilde casa con tortillas recién hechas y agua de jamaica. Se sentaban los tres en la mesa de madera del patio, y entre mordidas y risas, los niños le contaban lo que habían aprendido ese día: las multiplicaciones, los planetas del sistema solar, o cómo escribir en cursiva.

A María le encantaba escucharlos. Pero había algo que le dolía en silencio: ella no sabía leer ni escribir.

Cuando era niña, a María no la dejaron ir a la escuela. Su papá decía que “para qué querían letras las mujeres, si ellas nacían para cocinar y criar hijos”. Así que mientras sus hermanos estudiaban, ella lavaba ropa en el río, ayudaba a su madre en la cocina y cuidaba a los más pequeños. Aprendió a contar con frijoles y a firmar con su dedo pulgar.

—¡Un día voy a aprender a leer! —decía de joven, con ilusión.

Pero la vida se fue llenando de otras cosas: matrimonio, hijos, trabajo, enfermedad, muerte. Siempre había una urgencia que venía antes del deseo.

Ahora, a sus setenta años, ese sueño seguía allí, como una flor que se niega a marchitarse.

Una tarde de octubre, mientras ayudaba a Camila a repasar su tarea de español, la niña le preguntó algo que cambió todo:

—¿Y tú cómo aprendiste a escribir tu nombre, abue?

María tragó saliva. Dudó un instante.

—No sé escribir mi nombre, mi niña. No me enseñaron.

Camila abrió los ojos como platos.

—¿Cómo? ¿Nada? ¿Ni las letras?

—No, hija. Nunca fui a la escuela.

—¿Y no te da miedo?

—Claro que sí —respondió, con una sonrisa triste—. Me da miedo no entender, no poder. Pero más miedo me da quedarme así para siempre.

Esa noche, cuando sus nietos ya dormían, María se sentó sola en la mesa del patio con una libreta nueva que le había regalado Camila por su cumpleaños. Tenía la portada de una mariposa y hojas rayadas que aún olían a papel limpio.

Tomó un lápiz con manos temblorosas y, muy despacio, trazó una línea. Luego otra. Luego intentó hacer una “M”. No sabía si lo había logrado, pero en su pecho algo latía con fuerza.

A la mañana siguiente, les dijo a sus hijos:

—Quiero aprender a leer. ¿Dónde puedo estudiar?

—¿A los setenta? —preguntó su hijo mayor, sorprendido.

—¿No es muy tarde, ama? —dijo su nuera.

María los miró con firmeza. Por primera vez, no con timidez ni duda, sino con la determinación de quien ha decidido que ya no quiere postergar sus propios sueños.

—No es tarde. Es ahora o nunca.

Una semana después, María se inscribió en el programa de alfabetización para adultos mayores del DIF municipal. El salón estaba en una pequeña biblioteca, con mesitas de colores y una maestra dulce llamada Leticia, que recibía a todos con abrazos.

Allí conoció a Don Hilario, que quería leer los letreros del camión; a Doña Socorro, que quería escribir cartas a su hija en Estados Unidos; y a Lupita, que solo quería leerle cuentos a su nieto.

Los primeros días fueron difíciles. Las letras se mezclaban, la vista le fallaba, la mano se le cansaba pronto. Pero María no faltaba un solo día.

Por las tardes, sus nietos la ayudaban con las tareas.

—¡Así no va la “E”, abue! —decía Sebastián con voz de maestro.

—¡Te falta la colita en la “Q”! —le corregía Camila, riendo.

Y María, entre sonrojos y carcajadas, volvía a intentarlo.

Un día, la maestra Leticia anunció algo especial:

—Vamos a hacer un concurso de cuentos. El que gane, leerá su historia en el festival del pueblo. Y no importa si aún no escriben bien. Lo importante es intentar contar algo que venga del corazón.

María se quedó pensativa. Esa noche, sacó su libreta de mariposa y escribió con letra temblorosa:

“Había una vez una niña que no sabía leer porque tenía que ayudar en la casa. Soñaba con las letras, las veía en el humo del comal, en las nubes del cielo, en los caminos de tierra…”

Tardó tres semanas en escribir tres páginas. Le costó lágrimas, risas, errores. Sus nietos le ayudaron a corregir palabras, su maestra le dictó frases, y ella siguió adelante sin rendirse.

El cuento se tituló: “La niña del río”.

Un mes después, durante la Feria Cultural del pueblo, la plaza se llenó de luces, flores y familias. Los niños bailaban danzón, los jóvenes vendían tamales, y en el kiosco principal, se anunciaron los ganadores del concurso.

—El primer lugar es para… ¡Doña María González, con La niña del río! —anunció el presidente municipal con voz emocionada.

Los aplausos estallaron. María se quedó congelada. Camila la empujó suavemente.

—¡Abue, ganaste!

Subió al kiosco temblando. Tomó el micrófono con ambas manos. Y, por primera vez en su vida, leyó en voz alta, frente a un pueblo entero, su cuento. Con pausas. Con emoción. Con lágrimas. Cada palabra le salía como si la acariciara. Como si curara algo que había esperado toda la vida para sanar.

Desde ese día, todos en el pueblo conocieron a María como “la abuela escritora”. La invitaron a las escuelas, a las radios locales, y hasta salió en una nota del periódico estatal.

Pero lo que más le gustaba era sentarse en su mesa de siempre, en su patio, junto a sus nietos, con una libreta en blanco entre las manos, sabiendo que nunca es tarde para aprender.

Porque hay letras que curan. Hay historias que liberan. Y hay mujeres como María, que no aceptan que el tiempo les dicte lo que ya no pueden hacer.

Aprendizaje:

El conocimiento no tiene edad. Aprender es un derecho, no un lujo ni una ocurrencia. Y nunca, jamás, es tarde para empezar de nuevo.

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