
Todo comenzó como empiezan los retos virales: con un video borroso, un hashtag absurdo y miles de comentarios entre el escepticismo y la histeria. #LaSillaVacia. La dinámica era sencilla: poner una silla frente a la cámara, sentarse en silencio durante un minuto y esperar a que “algo” sucediera. Algunos aseguraban que si lo hacías a medianoche, la silla se ocupaba sola.
La primera vez que Mara lo vio fue en TikTok, mientras hacía scroll en la cama. Un chico con gorra y audífonos se grababa en su cuarto, sentado frente a una silla de madera. La grabación duraba apenas treinta segundos. Nada pasaba, hasta que, al final, la cámara se nublaba y se escuchaba un murmullo: “Ya estoy aquí”. El clip cortaba de golpe, con un silencio que parecía tragarse todo el sonido del celular. Los comentarios estaban divididos:
“Es fake, obvio, edición chafa”
“¿No ven la sombra? Está justo detrás de él”
“Yo lo hice y escuché lo mismo. NO LO INTENTEN.”
Mara sintió un cosquilleo en la piel. Mostró el video a Julián, su novio, que estaba jugando en la computadora.
—¿Has visto esto? —preguntó.
—Sí, es un creepypasta más. La gente se inventa cada cosa para volverse viral.
—Ya tiene cinco millones de vistas.
El algoritmo se encargó de que esa noche no vieran otra cosa. Videos y más videos, todos con el mismo hashtag. Una chica en su comedor: la silla chirría sola a los quince segundos. Un grupo de amigos en una azotea: una sombra cruza detrás de la cámara. Un streamer famoso: a mitad de la transmisión, alguien se sienta frente a él, pero no hay nadie visible.
Al día siguiente, las noticias reventaron Twitter. Un joven en Monterrey, desaparecido tras subir su participación en el reto. Sus amigos aseguraban que después de grabar el video, no volvió a responder mensajes. El clip todavía circulaba: a los cuarenta segundos, una mano translúcida le tocaba el hombro. El video cortaba justo cuando él volteaba.
—Es puro marketing viral —dijo Julián, tomando café—. Ya verás, de aquí a un mes anuncian película en Netflix.
—¿Y si no? —preguntó Mara, con un hilo de voz.
Esa misma noche, el reto apareció en la lista de tendencias globales. No era solo México: Estados Unidos, Japón, España. El mundo entero sentado frente a sillas vacías.
El viernes a las 11:50 p.m., Mara y Julián prepararon la cámara del celular en el comedor. Una silla frente a ellos, vacía. La luz apagada, salvo por la lámpara amarilla sobre la mesa.
—Esto es estúpido —dijo Julián, aunque sus manos temblaban.
—Solo un minuto. Después nos reímos.
A las 11:58 iniciaron transmisión en vivo. El contador de espectadores subió de golpe: cien, trescientos, mil, tres mil. Comentarios en todos los idiomas: “no lo hagan”, “quiero ver la sombra”, “sentadaaaa”.
Se sentaron. El reloj de la pared marcaba 11:59. El silencio en el departamento se volvió denso, como si hubiera más gente respirando. Pasaron veinte segundos. Nada. Treinta. Nada. Alguien en el chat escribió: “miren las cortinas”. La tela se movió, aunque no había aire.
De pronto, la silla vacía chirrió. Un sonido leve, pero suficiente para erizarles la piel. El chat explotó. Miles de emojis de fuego, gritos en mayúsculas. Julián tragó saliva.
El reloj cambió a 12:00. La cámara se desenfocó sola. En la pantalla apareció algo: una figura oscura, difusa, sentada en la silla. No tenía rostro ni contornos claros. Solo una silueta de humo denso que respiraba. El micrófono captó un susurro:
—Ya estoy aquí.
La transmisión se cortó en seco.
Mara soltó el celular. Intentaron reiniciarlo, pero la pantalla estaba bloqueada en una sola frase: “Esperando al próximo.”
Entonces, sonó el timbre. Una vez. Larga. Pura.
Julián se levantó despacio.
—¿Quién?
Nadie contestó. Abrió la puerta. En el pasillo no había nadie, solo otra silla idéntica a la del comedor. Sobre ella, un sobre blanco con una palabra: Aceptado.
Adentro había una hoja con la impresión de su transmisión, con miles de comentarios. Abajo, un mensaje resaltado en negro:
“Próxima sesión: 12:00 a.m. Mañana. Dos sillas.”
El sábado, apagaron el wifi, escondieron el celular, bloquearon todas las notificaciones. Pero a las 12:00 exactas, el teléfono se encendió solo y comenzó a transmitir en vivo.
La pantalla mostraba su propia habitación. Ellos dormidos en la cama. Frente a ellos, dos sillas de madera que no estaban allí antes.
El chat se llenó en segundos. “Despierten”, “ya se sentaron”, “no se muevan”.
Mara abrió los ojos. Giró la cabeza. En la oscuridad, apenas iluminados por la luz azul del celular, había dos siluetas sentadas junto a la cama. Una a cada lado. Inmóviles. Respirando.
El live no se cortó esa vez. Duró hasta las 3:00 a.m. Miles de personas vieron cómo las sombras se inclinaban cada vez más cerca, hasta rozar los cuerpos de Mara y Julián. El chat imploraba que alguien los llamara, que despertaran, que corrieran. Nadie podía hacer nada.
Cuando por fin terminó, el video quedó fijado en su cuenta con un mensaje automático:
“Gracias por participar en el reto #LaSillaVacia. Próximos invitados: en tu casa.”
El domingo, los vecinos tocaron la puerta del departamento. Nadie respondió. El lunes, la administración entró: la casa estaba vacía, como si nunca hubiera sido habitada. No había ropa, no había platos, no había fotos. Solo dos sillas de madera frente a la cama, perfectamente alineadas.
Esa noche, nuevas transmisiones aparecieron en TikTok. Usuarios desconocidos, en distintas partes del mundo, despertaban para descubrir dos sillas junto a su cama. En cada transmisión, se escuchaba la misma frase, dicha al mismo tiempo, como un eco multiplicado:
—Ya estamos aquí.
Los videos de Mara y Julián seguían subiendo solos. Cada medianoche, un nuevo clip aparecía en su cuenta, mostrando distintas casas, distintos cuartos, distintas personas. Siempre dos sillas. Siempre las sombras acercándose.
La última transmisión registrada no fue en una casa. Era un estadio enorme, lleno de sillas vacías, perfectamente alineadas bajo luces apagadas. En la esquina inferior, el contador de espectadores marcaba una cifra imposible: más de mil millones de personas conectadas.
El video duró un minuto exacto. En el segundo final, todas las sillas se movieron al mismo tiempo. Después, la transmisión cambió de ángulo, como si la cámara hubiera girado. No mostraba ya el estadio. Mostraba la habitación del espectador.
Tu habitación.
Tu silla.
Y, apenas perceptible en la esquina de la pantalla, una sombra sentada frente a ti, inclinándose hacia el celular. El chat enloqueció, lleno de miles de usuarios escribiendo lo mismo en todos los idiomas:
“No voltees. No mires la silla.”
La pantalla se volvió negra. Un último susurro atravesó el micrófono, tan cerca que parecía salir de detrás de tu nuca:
—Ya estoy contigo.

