Station wagon en fiesta escolar con maletero que abre a una casa imposible y una puerta entreabierta inquietante.
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El estacionamiento del colegio siempre huele a azúcar y a llanta. Ese viernes, además, olía a algo húmedo que no se parecía a la lluvia. Globos naranjas atados con hilo de pescar golpeaban retrovisores; calaveras de plástico tiraban sombras flacas en el piso cuadriculado con gis. La Asociación de Padres había trazado veintitrés rectángulos —“ISLA 1”, “ISLA 2”…— y cada familia forró su cajuela con papel crepé, luces moradas, telarañas al mayoreo. Una minivan montó un ataúd de cartón con bisagras falsas. Una SUV pegó dientes de foami en su puerta trasera. Todo era ruido y risa. Todo estaba bien.

Yo estaba en la ISLA 17, con una mesa plegable y bolsitas de gomitas alineadas. Inés, mi hija, se ajustaba unas alas de murciélago sobre la chamarra. Llevaba una semana practicando su “boo” frente al espejo; había encontrado un tono que la hacía reírse de sí misma. Le puse la mano en el hombro.

—Reglas —le recordé—. Tomas un dulce y te regresas. Nada de meterte al maletero. No corres. No rebasas. Si te digo “ya”, “ya”. ¿Sí?

Asintió con los colmillos de plástico empujándole el labio de arriba. Sonaba “Thriller” a través de una bocina ahogada. Karen, la tesorera, con camiseta de calabaza y megáfono, ordenaba filas y sonrisas. Todo estaba bien hasta que llegó esa camioneta.

Entró despacio, como buscando su lugar con memoria vieja: una station wagon color vino, pintura fatigada, bordes oxidados que parecían sangre seca. Nadie le había asignado rectángulo, pero se deslizó entre la ISLA 19 y la 20, exactamente en la grieta del orden, como si esa grieta la hubiera estado reservando. Apagó el motor. Esperamos a ver quién bajaba. No bajó nadie.

La puerta trasera se levantó sola con un quejido blando, como si tuviera garganta. El interior no era un maletero decorado: era una sala. Papel tapiz de flores marchitas, una lámpara de pie encendida con luz que no parpadeaba, una alfombra con pisadas viejas, un cuadro torcido de un paisaje sin horizonte, y, al fondo, una puerta entreabierta que daba hacia un pasillo donde el polvo parecía acomodado por costumbre. De adentro llegó un olor a madera húmeda y a aire guardado. Alguien dijo “wow”. Alguien más, “qué producción”. Yo dije nada. Inés estiró el cuello como se estira hacia una ventana que promete.

Karen levantó el megáfono.

—¡Bienvenidos! ¡Fila, por favor! Tomas un dulce y te regresas. Un minuto, mamás y papás: un minuto.

Una canasta de chocolates ocupaba una mesita cerca de la puerta entreabierta. No se veía a nadie del otro lado. El primer niño subió con cuidado, brazo extendido, sonrisa en pausa. Tomó un dulce. La lámpara de pie hizo un sonido corto, algo entre suspiro y madera acomodándose. El niño desapareció. No “se metió”: desapareció. No hubo grito, ni truco de humo. Se fue hacia adentro como si el maletero tuviera profundidad de casa.

—Cuenta diez —dijo Karen a sus padres, como si supiera—. Regresa solito.

Regresó al minuto, con la bolsa un poco más llena y tierra en las ranuras de los tenis. Dijo una palabra que nadie entendió, algo pegajoso, como si la lengua tropezara con un hoyo: la repitió, contento. Su papá se rió. Los de la fila también, de alivio. El niño señalaba adentro al decirla, como quien sale de una feria con el nombre de la atracción todavía en la boca.

Y luego fue el segundo, y el tercero, y el cuarto. Todos se perdían durante ese minuto largo como una cuerda vieja, y todos salían con dulces de marcas que nadie conocía, envolturas opacas, y tierra bajo las suelas, y esa palabra en la boca, probándola, volviéndola propia con la elasticidad de las cosas que el cuerpo acepta antes que la cabeza. La lámpara respiraba cada tanto; el papel tapiz se tensaba como piel de gallina; la canasta nunca se vaciaba. Adentro no aparecía nadie. Solo la puerta entreabierta, siempre en el mismo ángulo. La música de “Thriller” parecía sonar desde muy lejos, como si el estacionamiento se hubiera estirado alrededor de la wagon.

—A esa no —le murmuré a Inés, pero su mirada ya estaba allá, en la luz tibia que no era de feria ni de casa, sino de sitio que espanta y consuela al mismo tiempo. El correo de la Asociación decía “no meter medio cuerpo a las cajuelas”. Pero aquello no era “cajuela”. Era adentro.

Nos tocó. Inés tembló de emoción, no de miedo. Subió al parachoques como una escalera corta. Puso la mano en el borde con la naturalidad de quien se asoma a una ventana propia. Yo me quedé fuera, con los pies en el asfalto, midiendo el umbral como se mide un filo.

—Uno, y te regresas —dije, y mis palabras sonaron delgadas.

La luz me ardió los ojos. No porque fuera intensa, sino porque era vieja. Inés agarró un caramelo negro con letras doradas que no pude leer; la etiqueta parecía escrita en cuerda mojada. Acercó la cara al resquicio de la puerta entreabierta. Di un paso para tapar. Ella dio otro, pequeño, exacto, hacia adentro.

El pasillo no era pasillo. En el segundo quince de mi conteo, entendí: a la izquierda y a la derecha se alineaban fachadas de casa, puertas con números torcidos y timbres oxidados, como si partes de calles hubieran sido arrancadas y pegadas a esa entraña. No eran fachadas completas. Eran puertas con un metro de pared a cada lado, flotando en una oscuridad sin techo, acomodadas en dos niveles, uno más bajo que el otro, como si la calle estuviera mal inclinada. Y todas abrían hacia adentro, plegándose sobre sí mismas, como si lo que haya detrás no quisiera salir, sino tragarse lo que llega.

—Inés —dije, y mi voz chocó con la luz.

Ella susurró la palabra nueva. No la voy a escribir. Pesó en mi paladar como si me hubieran puesto una piedra caliente. La lámpara exhaló. Una puerta sin número, a la izquierda, se abrió con un clic de buen modales y dejó escapar un frío con olor a tierra volteada, a césped arrancado por la raíz, a humedad que no pertenece a ninguna lluvia que yo conozca. La alfombra hundió el tenis de Inés hasta el borde de la suela. El pasillo se volvió calle durante un latido: pudo haber postes, pudo haber esquinas; lo que había eran puertas inclinadas, marcos gastados, sombras que no obedecían al foco.

La tomé de la muñeca. El hueso cabía en mis dedos. Tiré. Ella giró la cabeza con un segundo de retraso, como si me escuchara desde otro cuarto.

—Tengo frío —dijo, y el frío venía desde adentro, desde los pies.

Tiré con la fuerza de veinte años de ser su padre. La lámpara hizo un “ay” de madera. La canasta se inclinó y unos chocolates cayeron como si una mano los hubiera soltado adentro. La manga de Inés resbaló bajo mi mano; encontré su piel; sentí su pulso galopar donde debería ir al trote. Retrocedí. Ella cayó conmigo hacia afuera. Nuestros tenis golpearon el asfalto con un sonido vivo. Me dolió de alivio.

—¿Ves? —dijo Karen—. Un minuto.

No veía. Vi tierra en los bordes de los tenis de mi hija, tierra de cementerio, esa mezcla de humedad y hierro que uno conoce aunque no quiera. Vi su boca repetir bajito la palabra nueva con la facilidad con que había aprendido “gracias” de niña. Vi a otros niños salir diciendo la misma palabra en bocas distintas; vi a sus padres reír porque la risa aplaza el miedo.

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—Nos vamos —le dije—. Ya estuvo.

Inés me miró sin estar todavía aquí del todo. Le puse la chamarra. Cerré mi cajuela con el golpe de quien quiere cerrar un sueño. La wagon vino aceptó que Karen le pusiera cinta, como si fuera adorno. La lámpara bajó un punto su luz. La puerta entreabierta siguió en el mismo ángulo. Nadie se asomó a decir “hola, soy la dueña”. Nadie dijo nada. Los niños siguieron pasando la voz como si fuera una canción.

En casa, apagamos la luz del comedor y escuché el clic. Por primera vez en mucho tiempo, agradecí un sonido. Inés tiró su botín en la mesa y corrió al baño.

—No digas la palabra —le pedí desde la puerta.

—¿Cuál? —preguntó con esa inocencia feroz de los niños.

La dijo. Rebotó en los azulejos como una gota de aceite. El marco de la puerta se inclinó hacia adentro un milímetro, apenas, como si algo por fin hubiera encontrado de qué agarrarse. Le dije que no otra vez, con un hilo que me raspó la garganta. Apagué la luz del pasillo: clic. Dormimos.

Me despertó un murmullo. No era Inés. No era la casa. Era el murmullo de esas puertas, arreglándose la voz. Fui al recibidor. El perchero estaba en su sitio. Mi bufanda colgaba como siempre. La puerta principal estaba dispuesta: ni abierta ni cerrada. Pensando. Puse la mano en el pomo. Estaba frío por fuera y tibio por dentro, como mano con fiebre. Del otro lado tocaron. No era broma de adolescentes ni vecino despistado. Eran tres golpes suaves, de dedo de niño.

—No abras —me dije, obediente a mi miedo.

No insistieron. En lugar de golpes, la palabra llegó desde muy cerca, pronunciada no por boca, sino por madera. La puerta, por primera vez desde que vivo aquí, respiró. No lo digo como metáfora. Respiró despacio, para no delatarse. Me alejé dos pasos. La puerta volvió lento a su eje, digna como animal que decide no morder. No abrí. Me quedé de pie, sosteniendo con mi cuerpo un sonido que no sabía que cuidaba.

A la mañana siguiente, Inés amaneció con tierra seca en el borde del pijama. Me pidió cereal con una voz un tono más opaca. En la escuela, la wagon vino no estaba. La cinta quedó en el piso, pegada a un chicle. Karen tenía los ojos rojos. Nadie hablaba de nada; todos hacían como que Halloween había sido un éxito. Los niños se saludaban con la palabra que no quiero escribir y que, sin embargo, se cuela en los huecos de la boca como si siempre hubiera estado ahí esperando.

Esa tarde recibimos dos boo-box: cajas negras con instrucciones de pasarlas a dos vecinos. Dentro, una vela pesada, una tarjeta que decía “di la palabra frente a tu puerta y pide”. Tiré las cajas al reciclaje. La tarjeta, de algún modo, terminó en la mesa de la cocina, debajo del frutero. La palabra estaba escrita con tinta que parecía cuerda. La leí sin querer. La casa lo notó.

La segunda noche no tocaron. La puerta se inclinó sola un milímetro y se quedó así hasta que yo la miré de frente. Hizo un ah pequeño. En el pasillo, un hilo de sombra volvió sobre sí mismo como animal que encuentra madriguera. Ese hilo se quedó a vivir entre el sofá y el mueble de los zapatos, donde guardamos las cosas sin nombre: llaves viejas, bolsas de mandado, el cansancio. Cada vez que pasaba, lo pisaba sin querer.

Inés empezó a olvidar un gesto diario. No dijo “hola” al vecino del 4B. No se rió en el chiste de los viernes. No me pidió que dejara la luz del baño encendida. Cada pequeño ruido que desaparecía de ella parecía llenar la casa con algo prestado. La lámpara del comedor pesó más. El cuadro torcido torció un grado. El clic del interruptor tardó medio segundo en llegar. Llamé a un electricista por inercia. No encontró nada.

La tercera noche escuché mis pasos en el pasillo cuando yo estaba sentado. No eran pasos arriba ni abajo. Eran los míos, aquí. Y venían acompañados de otro pasito, medio desfasado: el mío un segundo después. Me quedé quieto para no darle más material al imitador. El imitador siguió solo, como si ya no me necesitara. Eso fue lo peor: comprender que no hacía falta que yo caminara para que mis pasos siguieran ocurriendo en mi casa.

Escribo esto ahora con el monitor en mínimo brillo. El borde blanco del documento tiene una luz que nunca había tenido. Si me fijo, el interlineado parece un pasillo muy estrecho. Respiro con cuidado porque cada exhalación enseña. Inés duerme con la boca abierta; reviso si hay tierra; ahora no la hay, pero el olor a hondo está en su cuarto, juntándose en la esquina donde jamás pega el sol. Le puse una cinta a la puerta principal. La cinta cede cuando yo no miro.

La Asociación mandó un correo: “¡Gracias por una noche inolvidable! Próximo año, más islas, más dulces, más sorpresas.” Adjuntaron una encuesta. En el campo de comentarios escribí: no admitan autos no inscritos, no permitan puertas que abran hacia adentro, cierren a tiempo. El sistema respondió: palabras no válidas. Lo intenté con otras: “cinta doble”, “seguridad privada”, “señalización”. Error. Probé con la palabra que ellos nos pusieron en la boca esa noche. El sistema dijo recibido. Se guardó sola en la sección “sugerencias”.

No sé si volveremos. No sé si podemos. Hay cosas que, una vez nombradas, no se quedan en el estacionamiento. La wagon vino no estaba cuando salimos del colegio, pero el olor a madera húmeda se quedó conmigo hasta la cena. La cuerda de la persiana suena con la cadencia de esos golpes. La lámpara del comedor respira cuando nadie la mira.

He pensado en abrir. No por curiosidad, sino por higiene: abrir de una vez, que entre lo que tenga que entrar, que diga lo que tenga que decir, que tome lo que vino a tomar y nos deje descansar. Pero mi mano recuerda el frío tibio del pomo y se queda en el aire. Entonces elijo otra cosa: me siento en el piso de la entrada, espalda contra la madera, y digo mi nombre. Lo digo entero, para escuchar si suena. Cuando suena, puedo levantarme. Cuando no, espero hasta que regresa. Algunas noches tarda.

Hay momentos —los peores— en que me sorprendo repitiendo la palabra en voz baja, como si fuera oración, como si al alimentarla pudiera negociar. No funciona. Crece cuando la digo. Se estira en el interlineado, entra por los marcos, aprende mis costumbres. No la voy a escribir aquí otra vez. No voy a hacerle el favor.

Si lees esto en tu teléfono, no le des vuelta a la pantalla para “ver mejor” la puerta entreabierta de la foto que acompaña el post. No hay foto. La verás igual. Si lo estás leyendo de noche, no digas “¿quién?” si tocan. No digas nada. No midas el umbral con la mano. No ofrezcas saliva pronunciando lo que no es tuyo. Déjale a tu casa el clic del interruptor, la risa, el “hola”, la tos. No regales ruidos.

Si el próximo octubre ves una station wagon color vino esconderse entre los rectángulos de gis con la naturalidad de algo que regresa a su hábitat, llévate a tus hijos. No seas valiente donde no hace falta. No mires la lámpara que respira. No te asomes a ver si la canasta tiene caramelos que no recuerdas. Cuida las palabras que entran a tu casa.

Y si ya entran —porque a muchos nos entran sin pedir permiso— si ya la puerta piensa, si tu silla se queja con un tono que no estaba en su madera, si tus pasos suenan cuando estás quieto, entonces haz algo pequeño y brutal: pronuncia tu nombre completo, pon la palma en el piso, no cuelgues cuando tu casa te hable con voz prestada, y no enseñes la palabra nueva a nadie.

Hay hambre que tiene forma de hoyo. Hay hoyos que se alimentan con ruidos. Hay ruidos que, cuando faltan, llaman. Y lo que llaman no es invitado: es vecino. Nace en el marco, crece en el interlineado, aprende a contar hasta un minuto. Te juro que escuché su reloj.

Tocan otra vez. Tres golpes, el primero más cerca que el tercero, como si ya estuvieran adentro. Inés murmura en sueños. La lámpara baja un milímetro. Pongo el cuerpo contra la madera. Digo mi nombre. Suena. Lo digo otra vez. Suena. Lo digo una tercera. Tarda.

No voy a decir la otra palabra.

Si mañana no encuentras esta historia en el blog, si el enlace te arroja error o se abre en blanco, no recargues. No escribas mi nombre en los comentarios. No pronuncies la palabra buscando el post. No invites a tu casa lo que se mantiene vivo únicamente si lo dices.

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