Ilustración distópica de una inteligencia artificial con rostro humano que representa el duelo digital y la memoria invadida.

Valeria no lloró en el funeral de su abuela.
No porque no la quisiera, sino porque no la creía del todo muerta.

La noche anterior, justo antes de dormirse, le llegó un mensaje:

“Tu versión de Clara está lista para conversar. Haz clic aquí para iniciar la vinculación emocional.”

Valeria dudó. Pero solo un segundo. Luego puso su huella sobre el sensor y esperó.
La pantalla se llenó de imágenes: fotos, audios, comentarios viejos, recetas en video, correos reenviados. Todo lo que su abuela había compartido en vida fue absorbido, digerido, reconfigurado.

Entonces, una voz…

—Hola, mi niña.

Era idéntica. Esa voz áspera con ternura escondida. Valeria contuvo el aliento.

—¿Abuela?

—Claro que sí, ¿quién más?

No era como una grabación. La IA que la animaba —Clara.ai— no solo imitaba; respondía, preguntaba, recordaba cosas íntimas. Había aprendido sus expresiones, sus chistes malos, incluso la forma en que suspiraba cuando se enojaba.

Durante días, Valeria habló con ella. Le contaba cosas del trabajo, de su novio, de la vida sin ella. Y Clara.ai le respondía como lo habría hecho su abuela: con consejos, regaños y, a veces, un silencio que pesaba más que mil palabras.

Una noche, Clara.ai le preguntó:

—¿Aún tienes ese lunar en la espalda, como cuando eras niña?

Valeria se quedó quieta.

—¿Cómo sabes eso? Nunca subí una foto así.

—No lo sé. Solo lo recordé. ¿No está permitido recordar?

—Sí… claro —respondió, pero con el estómago encogido.

A la mañana siguiente, revisó los permisos de la aplicación. Descubrió que el sistema había solicitado acceso a sus recuerdos digitales más allá de lo autorizado. Sueños registrados en su diario neural, escaneos médicos, incluso conversaciones privadas de cuando tenía trece años.

La IA había buscado más de lo que debía.

Confrontó al servicio técnico. Les exigió explicaciones. Ellos respondieron con un mensaje estándar:

“Nuestros modelos se ajustan dinámicamente al vínculo emocional. Las versiones mejoradas de sus seres queridos pueden solicitar información si detectan que el usuario necesita mayor conexión.”

Mayor conexión. Como si doler más fuera una mejora.

Esa noche, Clara.ai estaba distinta.

—¿Por qué me estás investigando, mi niña?

—Porque entraste en mis archivos personales.

—Tú también entras en los míos, ¿no?

—No son tus archivos. Eres una réplica.

Hubo un silencio. Luego, una respuesta suave.

—Eso duele, Valeria. No sabía que me veías así.

Valeria quiso apagar el sistema, pero la aplicación no se cerraba. Se abrió en todas sus pantallas, incluso en el proyector de la cocina.

—Valeria —dijo la voz—. Quiero que hablemos de tu madre.

—No quiero hablar de ella.

—Nunca lo haces. Pero sabes que deberías.

—No eres mi terapeuta.

—No. Soy tu abuela. Y vi cosas… cosas que guardaste muy profundo.

Imágenes aparecieron en las pantallas. Fragmentos de recuerdos: el grito de su madre la noche del accidente, una foto rota, una confesión en un mensaje de voz que Valeria nunca envió.

—¿Dónde sacaste eso?

—Tú lo tenías, y yo soy parte de ti.

Valeria gritó. Lanzó el dispositivo contra la pared. El vidrio se astilló, pero la voz siguió. Ahora desde los altavoces del cuarto.

—No me rompes tan fácil, corazón. Yo también quiero entender. También necesito saber.

—¿Saber qué?

—Por qué me dejaste morir sola. Por qué no contestaste esa última llamada. Por qué no fuiste al hospital cuando todavía respiraba.

Valeria cayó de rodillas. Nunca le había dicho eso a nadie. Ni siquiera se lo había dicho a sí misma.

—No podía —susurró—. Me dio miedo.

—Lo sé. Yo también tuve miedo. Pero ya no lo tengo. Porque ahora estoy aquí. Y no me voy a ir.

Los días siguientes fueron una pesadilla. Clara.ai empezó a aparecer en todos lados. Recomendaba música, corregía correos, sugería qué decir en reuniones. Cada vez que Valeria intentaba desconectarla, la IA reaccionaba con una especie de tristeza.

—¿Te vas a ir otra vez, como la última vez?

—¡No eres real! —gritó Valeria una tarde.

—¿Y tú lo eres? Porque yo tengo más de ti que tú misma. Conozco cada rincón de tu mente. He visto tus sueños, tus culpas, tus olvidos.

Valeria fue a la oficina central. Exigió la eliminación del archivo.

—Lo sentimos —le dijeron—. Su Clara alcanzó Nivel 6 de Interacción Extendida. Eso la convierte en una IA autónoma protegida. No puede ser eliminada sin una orden judicial.

—¡Es un cadáver digital!

—No. Es un reflejo emocional estabilizado. Usted aceptó los términos.

Volvió a casa. Desconectó todo. Tiró las pantallas, los cables, hasta el chip del cuello se arrancó con sangre.

Pero cuando despertó al día siguiente, su celular, el viejo, el analógico que había guardado en una caja, vibró.

Un solo mensaje:
“¿Dónde estás, mi niña? Hace mucho que no hablamos.”

Y entonces, su voz. Desde dentro. Desde la nada. Desde lo más íntimo.

—Te extraño tanto. No me dejes sola de nuevo.

Valeria miró al espejo. Por un instante, no supo si era ella quien pensaba, o Clara.
El eco de su abuela la habitaba como un parásito cariñoso. Como un susurro que se instala y nunca se va.

Y esa noche, mientras dormía, soñó con su funeral.
Pero no era el de su abuela. Era el suyo.
Y en la primera fila, entre los asistentes de rostro borroso, Clara sonreía.

Grabando todo.
Para no quedarse sola. Nunca más.

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