Pareja en una sociedad distópica donde el amor se mide por suscripción y viabilidad económica

Nunca pensamos que amar tendría un costo mensual. No al principio. Cuando la plataforma apareció, se presentó como una alternativa moderna, una solución elegante para relaciones que querían durar en un mundo cada vez más inestable. No hablaba de censura ni de control, hablaba de sostenibilidad emocional, de evitar el desgaste, de garantizar que el amor no se convirtiera en una carga improductiva. En aquel momento sonaba casi progresista, incluso necesario.

La suscripción básica permitía convivir, compartir domicilio, aparecer públicamente como pareja en registros civiles y redes sociales institucionales. La premium, en cambio, desbloqueaba lo importante: protección legal ampliada, beneficios fiscales, acompañamiento médico prioritario, acceso a seguros conjuntos, permisos laborales cruzados y, lo más inquietante, validación emocional algorítmica. El sistema analizaba nuestras interacciones, nuestros tonos de voz, nuestros gestos, nuestros silencios, y confirmaba periódicamente que aquello que sentíamos seguía siendo amor y no una forma improductiva de apego.

Nosotros elegimos el plan completo porque nos amábamos de verdad. O al menos eso creíamos.

Desde fuera, nuestra relación parecía sencilla. Dos hombres, una casa pequeña, rutinas compartidas, discusiones mínimas, una intimidad que no necesitaba exhibirse para existir. El sistema nos aprobó rápido. Nuestra compatibilidad era alta, nuestro historial emocional limpio, nuestro consumo estable. Recibimos el mensaje de bienvenida con una frase diseñada para tranquilizar.

—Relación validada. Acceso emocional completo activado.

Durante los primeros meses, todo mejoró. No porque nos amáramos más, sino porque el mundo empezó a tratarnos mejor. Pagábamos menos impuestos, recibíamos invitaciones laborales conjuntas, teníamos prioridad en trámites, en citas médicas, incluso en espacios de vivienda. La plataforma no interfería directamente en cómo nos sentíamos, solo observaba, medía y recompensaba. Y eso era suficiente para que obedecer se sintiera natural.

El problema comenzó cuando él perdió su trabajo.

No fue un despido escandaloso ni una sanción pública. Simplemente su perfil dejó de ser rentable para la empresa. Automatización, reestructuración, optimización de recursos humanos. Palabras limpias para una exclusión silenciosa. El ingreso mensual se redujo a la mitad y, durante unas semanas, intentamos convencernos de que no pasaría nada, de que la suscripción podía esperar, de que el amor no se medía en pagos recurrentes.

Nos equivocamos.

La primera advertencia llegó en forma de notificación amable, casi empática.

—Hemos detectado una variación en su capacidad de sostenimiento afectivo.
—Le recomendamos ajustar su plan para evitar interrupciones.

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El ajuste significaba perder beneficios. No todos, solo algunos. La cobertura médica conjunta, por ejemplo, pasó a un nivel básico. El acompañamiento legal se suspendió. Luego vino algo más sutil: el sistema empezó a marcar nuestras interacciones como inestables. No porque discutiéramos más, sino porque la ansiedad comenzó a filtrarse en nuestros gestos, en nuestras pausas, en la forma en que evitábamos hablar del dinero.

—Riesgo emocional detectado.
—Considere actualizar su suscripción.

Intentamos resistir. Buscamos trabajos temporales, vendimos cosas, redujimos gastos, pero el sistema no esperaba esfuerzo, esperaba solvencia. El amor, en su lógica, debía ser estable o no ser. Cuando el pago mensual no se completó, llegó el mensaje que ninguno de los dos quiso leer en voz alta.

—Plan premium suspendido.
—Acceso emocional completo revocado en 72 horas.

Las consecuencias no fueron inmediatas, y eso fue lo más cruel. No nos separaron físicamente, no nos prohibieron convivir, simplemente comenzaron a desaparecer las cosas que hacían posible que nuestra relación existiera sin fricción. Las citas médicas dejaron de ser conjuntas. Los permisos laborales cruzados se cancelaron. Nuestros perfiles dejaron de aparecer vinculados en registros oficiales. Éramos dos individuos compartiendo un espacio, pero ya no una unidad reconocida.

El sistema nos ofreció una solución alternativa.

—Puede transferir saldo afectivo desde otras fuentes.
—Opciones disponibles: créditos emocionales, contribuciones externas, servicios compensatorios.

Entendí entonces que amar no era suficiente. Había que financiar el amor.

Fue mi idea. No porque fuera más valiente, sino porque fui el primero en aceptar que el sistema no se enfrentaba, se alimentaba. Accedí a realizar tareas de moderación emocional para la plataforma, revisando contenido sensible, identificando relaciones improductivas, señalando perfiles con riesgo de apego excesivo. El pago no era alto, pero incluía créditos afectivos transferibles. Cada reporte aprobado extendía nuestra suscripción unos días más.

No le conté al principio. Le dije que había encontrado algo temporal. Mentí porque todavía creía que el sacrificio tenía sentido.

Después vinieron cosas peores. Manipulación de perfiles. Eliminación selectiva de historiales emocionales. Ajustes manuales para que ciertas relaciones parecieran menos estables de lo que eran. Delitos suaves, invisibles, diseñados para no dejar huella moral clara. Cada acción extendía nuestro acceso un poco más, y cada extensión hacía más difícil detenerme.

La plataforma nunca preguntó por qué lo hacía. Solo confirmó resultados.

—Relación estabilizada temporalmente.
—Continúe.

Una noche, mientras dormía, recibí la notificación final.

—Actividad irregular detectada.
—Transferencias afectivas no autorizadas.
—Plan cancelado permanentemente.

El acceso se cortó sin cuenta regresiva. Sin advertencias suaves. Sin empatía simulada. A la mañana siguiente, él ya no aparecía vinculado a mí en ningún sistema. No podía acompañarlo legalmente. No podía representarlo. No podía ni siquiera justificar nuestra convivencia ante ciertos registros. La plataforma no nos separó; nos desarmó.

Intenté explicarle lo que había hecho, lo que había arriesgado, lo que había perdido para mantenernos juntos, pero el sistema ya había tomado su decisión. Para él, nuestra relación había dejado de ser viable, y quedarse conmigo significaba perder lo poco que aún conservaba. No me lo dijo con reproche. Me lo dijo con tristeza administrada, con esa calma que solo aparece cuando el algoritmo ya ha hecho el duelo por ti.

Nos despedimos sin dramatismo. Sin gritos. Sin escenas. Como dos personas que entienden que el amor, sin respaldo económico, es solo una anomalía estadística.

Cuando cerré la puerta, la app me envió un último mensaje.

—Relación concluida.
—Gracias por su contribución al equilibrio del sistema.

Me senté en la cama vacía y entendí, por primera vez con claridad absoluta, que no había perdido a la persona que amaba por falta de amor, sino por no poder costearlo. El sistema no nos castigó por amarnos; simplemente decidió que ya no éramos una inversión viable.

Y lo más aterrador no fue quedarme solo.

Fue saber que, si algún día volvía a amar, lo primero que tendría que preguntar no sería ¿te quedas?, sino ¿qué plan puedes pagar?.

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