
Valeria, una niña de 10 años, vivía en un hermoso pueblo rodeado de montañas y ríos en Chiapas. Le encantaba pasar sus tardes jugando en el patio de su casa. Cuando podía, acompañaba a su abuela al bosque cercano. Ese bosque era su lugar favorito. Había árboles inmensos y antiguos. Estaban llenos de misterio y de historias que parecía que solo ellos sabían.
Una noche, después de escuchar un cuento sobre un viejo árbol sabio, Valeria se quedó dormida pensando en cómo sería hablar con uno de esos árboles antiguos. Entonces, algo mágico sucedió…
Cuando Valeria abrió los ojos, se dio cuenta de que estaba en el bosque, pero todo se veía más brillante y especial. Las hojas brillaban con tonos dorados, y el sonido del viento parecía una canción tranquila. Frente a ella se alzaba un ahuehuete majestuoso, con un tronco tan ancho que habría necesitado a muchos niños como ella para rodearlo.
—Bienvenida, Valeria —dijo una voz profunda y amable.
Valeria miró hacia arriba, asombrada, y vio que el enorme árbol tenía una expresión sabia y amigable. Sus ramas parecían brazos extendidos para proteger a quienes estuvieran bajo su sombra.
—¿Quién eres? —preguntó Valeria, sintiendo una mezcla de respeto y curiosidad.
—Soy el Gran Abuelo del Bosque, el protector de todos los niños y niñas que pasan por aquí. He estado aquí desde hace mucho, mucho tiempo, y tengo algunas cosas importantes que compartir contigo.
Valeria se sentó sobre las raíces del Gran Abuelo, que parecían formar un cómodo asiento. Estaba emocionada, pero también sentía una calidez especial que le hacía saber que estaba en un lugar seguro.
—Valeria, el primer mensaje que quiero darte es que tu cuerpo es tuyo, y solo tú decides quién puede acercarse o tocarte —le explicó el Gran Abuelo con voz suave—. Siempre tienes derecho a decir “no” cuando algo te incomoda.
Valeria asintió, entendiendo las palabras del árbol. Había momentos en que algún adulto o incluso otros niños querían abrazarla o tomarle la mano, y a veces no se sentía cómoda, pero no sabía si estaba bien decir algo.
—¿Entonces, si no me siento bien, puedo decir que no? —preguntó Valeria, buscando la confirmación del Gran Abuelo.
—Claro que sí, pequeña —respondió el Gran Abuelo—. Siempre escucha lo que sientes y respétalo. Si algo te hace sentir incómoda, tienes derecho a poner un límite. Es una forma de cuidar de ti misma.
El Gran Abuelo inclinó sus ramas hacia Valeria, como si quisiera acercarse un poco más.
—También quiero que recuerdes que, si alguna vez sientes miedo o confusión, puedes pedir ayuda —continuó el árbol—. Hay personas en tu vida que están ahí para protegerte y ayudarte, como tu familia y tus maestros. Nunca estás sola.
Valeria pensó en su abuela, en su mamá y en su maestro de escuela, el profesor Luis. Sabía que ellos siempre la escuchaban y cuidaban de ella. Saber que podía contar con ellos le daba tranquilidad.
—¿Y si alguien que conozco hace algo que no me gusta? —preguntó Valeria con cierta inquietud.
—No importa quién sea, Valeria —le respondió el Gran Abuelo, con un tono firme y protector—. Si alguien te hace sentir incómoda o te trata sin respeto, puedes y debes hablar con alguien de confianza. Siempre habrá alguien que te escuche y te ayude.
El Gran Abuelo hizo una pausa, y luego una de sus ramas comenzó a señalar los diferentes árboles que lo rodeaban.
—Hay algo importante que quiero que aprendas, Valeria: las personas en quienes puedes confiar te tratan con respeto y cuidado, como lo hacen estos árboles conmigo. Confía en quienes te escuchan, respetan lo que sientes y no te obligan a hacer cosas que no quieres.
Valeria asintió, sintiendo que sus palabras se grababan en su corazón. Recordó a su familia, quienes siempre le preguntaban cómo se sentía y escuchaban su opinión, sin obligarla a hacer nada que no quisiera.
—Entonces, los amigos y las personas de confianza me hacen sentir segura, ¿verdad, Gran Abuelo? —dijo Valeria.
—Así es, pequeña. Esa es una señal importante de que puedes confiar en ellos —afirmó el Gran Abuelo con una sonrisa en su corteza.
Después de hablar con el Gran Abuelo por un rato más, Valeria sintió una paz profunda en su corazón. Sabía que sus palabras serían importantes para ella y para sus amigos. De repente, el bosque comenzó a desvanecerse, y Valeria sintió que regresaba a su cama. Antes de que el sueño terminara, escuchó al Gran Abuelo decir:
—Recuerda, Valeria, eres valiosa y fuerte. Siempre cuida de ti misma y busca ayuda cuando lo necesites.
Al abrir los ojos, Valeria estaba de vuelta en su cuarto, con la luz del amanecer entrando por la ventana. Aunque todo parecía un sueño, sus palabras seguían grabadas en su mente y en su corazón.
Ese lunes, Valeria fue a la escuela decidida a compartir lo que había aprendido en su sueño. Durante el recreo, reunió a sus amigos y les contó sobre el Gran Abuelo del Bosque y las lecciones que le había dado.
—¿Sabían que nuestro cuerpo es nuestro y que tenemos derecho a decir que no? —les dijo emocionada—. Y también, que siempre podemos pedir ayuda si nos sentimos incómodos.
Sus amigos la escuchaban con interés, y algunos le dijeron que no sabían que podían decir “no” si algo no les gustaba.
—También podemos confiar en los adultos que nos cuidan, como nuestros papás, abuelos o maestros. Ellos siempre estarán para protegernos —agregó Valeria.
Los amigos de Valeria sonrieron, agradecidos por las palabras de su amiga. Desde aquel día, todos en su grupo aprendieron a cuidar de sí mismos, y Valeria sintió la satisfacción de haber compartido una gran enseñanza.
Así, Valeria creció con la sabiduría del Gran Abuelo del Bosque en su corazón, sintiéndose fuerte, segura y lista para enfrentar el mundo con confianza y valor.

