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En un rincón tranquilo del mundo, había un humedal vibrante lleno de vida. Las aguas brillaban con reflejos del sol, y los juncos se mecían suavemente con el viento. Aquí vivían Salta, una pequeña rana verde, y Pepe, un pato curioso.

Una mañana, mientras Salta croaba felizmente sobre una hoja de nenúfar, notó algo extraño. El agua parecía más baja de lo habitual. Los peces pequeños que solían nadar cerca estaban desapareciendo.

—¡Pepe! —llamó Salta con preocupación—. ¡Ven rápido! Algo no está bien en nuestro humedal.

Pepe nadó hasta ella, moviendo su pico de un lado a otro.
—¿Qué sucede, Salta?

—Mira, el agua está desapareciendo, y algunos amigos ya no están.

Pepe frunció el ceño.
—Eso es extraño. Vamos a investigar.

Los dos amigos comenzaron su recorrido por el humedal. Por el camino, encontraron a Don Capi, un viejo capibara que descansaba bajo un árbol seco.

—Don Capi, ¿ha visto algo raro últimamente? —preguntó Pepe.

—Oh, sí, pequeños —respondió Don Capi con un suspiro—. El agua está desapareciendo porque los humanos construyeron un dique río arriba. Está bloqueando el flujo de agua hacia nuestro hogar.

Salta dio un salto de sorpresa.
—¡Pero si el agua desaparece, todos tendremos que irnos!

—No solo eso —continuó Don Capi—. Los humedales son importantes para limpiar el agua, dar hogar a muchos animales y protegernos de las inundaciones. Si se pierden, el mundo entero sufrirá.

Pepe infló el pecho con determinación.
—¡Tenemos que hacer algo!

—¿Pero qué pueden hacer dos animalitos como nosotros? —preguntó Salta.

Don Capi sonrió.
—Incluso los más pequeños pueden causar grandes cambios si trabajan juntos.

Salta y Pepe decidieron buscar ayuda. Volaron y saltaron hasta la aldea cercana, donde vivía una niña llamada Ana, que siempre jugaba cerca del humedal. Cuando la encontraron, Ana estaba plantando flores en su jardín.

—¡Ana, necesitamos tu ayuda! —gritó Salta, mientras Pepe agitaba sus alas para llamar su atención.

Ana se inclinó, sorprendida al ver a los dos animales juntos.
—¿Qué sucede?

Pepe explicó rápidamente la situación.
—El dique está secando nuestro humedal. Si no hacemos algo, todo se perderá.

Ana pensó por un momento.
—Creo que puedo hablar con mi escuela. Mis compañeros y yo aprendimos que los humedales son importantes para el medio ambiente. Seguro querrán ayudar.

Esa misma tarde, Ana reunió a sus amigos y les explicó el problema. Decidieron organizar una campaña para salvar el humedal. Llevaron carteles al pueblo con mensajes como: «Salvemos el humedal» y «Protege a las ranas y patos.» También hablaron con los adultos sobre cómo los humedales controlan las inundaciones y ayudan a los animales.

Con el apoyo de todos, convencieron a las autoridades de abrir el dique. Permitieron que el agua fluyera de nuevo hacia el humedal.

Cuando el agua regresó, los peces volvieron, los juncos se levantaron orgullosos, y el humedal recuperó su alegría.

—¡Lo logramos! —dijo Pepe, nadando en círculos.

—Sí, pero no debemos olvidar lo importante que es cuidar nuestro hogar —añadió Salta—. Los humedales no solo son hermosos, ¡son esenciales para todos!

Ana sonrió desde la orilla.
—Siempre haré mi parte para protegerlos.

Desde entonces, cada 2 de febrero, Salta y Pepe croan y graznan de alegría. Recuerdan el Día Mundial de los Humedales. Ese día les enseñó que, cuando se trabaja en equipo, hasta el problema más grande puede solucionarse.

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