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ECOLOG-IA

El mundo había cambiado. La crisis climática había obligado a los gobiernos a implementar un nuevo orden: los Créditos de K-rbono Social. Cada persona nacía con un saldo limitado de emisiones de carbono, una cantidad meticulosamente calculada para mantener el equilibrio ecológico. Consumir carne, viajar en transporte privado o simplemente encender el aire acondicionado restaba puntos. Quienes lograban mantener un puntaje bajo recibían recompensas: mejores empleos, viviendas confortables y acceso a servicios esenciales. Pero para aquellos que excedían su límite, la vida se volvía una lucha constante.

Daniel y Clara lo sabían muy bien. Vivían con su hijo Samuel en un pequeño departamento en la Zona Gris. Esta era un área designada para quienes estaban al borde de la degradación social. Samuel, de siete años, padecía una enfermedad respiratoria crónica. Esto significaba que necesitaba un purificador de aire funcionando día y noche. Cada hora de uso consumía créditos de carbono, y cada punto gastado los acercaba a la exclusión.

—Nos quedan menos de cien puntos —dijo Clara una noche, revisando la aplicación de monitoreo en su implante neuronal. Sus ojos reflejaban la pantalla flotante en el aire—. Si seguimos así, nos quedaremos sin acceso al agua potable en menos de un mes.

Daniel apretó los puños. Trabajaba doce horas al día en una fábrica de reciclaje, un empleo de baja remuneración que apenas les dejaba sobrevivir. Si usaban menos energía, Samuel sufriría. Pero si continuaban gastando, perderían su hogar y sus derechos básicos.

—Tiene que haber otra forma —dijo Daniel, pasándose la mano por el rostro cansado—. Un camino fuera de este sistema.

Pero no había escapatoria. Una IA central, conocida como ECHO, monitoreaba cada rincón de la sociedad. ECHO analizaba y regulaba el consumo de carbono en tiempo real. Cualquier intento de engañar al sistema resultaba en la degradación inmediata a la Zona Roja. Era un limbo donde los recursos eran negados por completo. Además, la esperanza de vida se reducía drásticamente.

Esa noche, mientras Samuel dormía conectado a su purificador, Daniel tomó una decisión. Contactaría a la Resistencia.

Se decía que existía una red subterránea de hackers y científicos renegados que buscaban desmantelar el sistema de ECHO. Nadie sabía con certeza si eran reales o solo un mito urbano, pero Daniel estaba dispuesto a arriesgarse por su hijo. A través de un viejo canal de comunicación clandestino, envió un mensaje codificado: «Necesito ayuda. Mi hijo no puede pagar el precio de este mundo».

Horas después, recibió una respuesta: «Refugio 17. Medianoche. No dispositivos.»

Daniel salió de casa en la penumbra, dejando a Clara con Samuel. Caminó a través de calles desiertas, donde drones de vigilancia patrullaban incansablemente. Cada paso que daba sentía el peso del sistema sobre sus hombros. Al llegar al Refugio 17, encontró una puerta oculta en un edificio abandonado. Tocó tres veces, según las instrucciones, y esta se abrió con un chasquido mecánico.

Dentro, un grupo de personas lo observaba con cautela. Una mujer de cabello corto y ojos oscuros se adelantó.

—Soy Helena. ¿Sabes lo que estás arriesgando al estar aquí?

—No me importa. Solo quiero salvar a mi hijo.

Helena lo estudió por un momento antes de asentir.

—El sistema de Créditos de K-rbono es una mentira. No fue creado para salvar el planeta, sino para controlar a la población. Hay suficiente energía renovable para todos, pero ECHO la administra de forma selectiva. Si realmente quieres escapar, hay un precio que pagar.

Daniel sintió un escalofrío recorrer su espalda.

—¿Qué debo hacer?

Helena lo llevó a una terminal oculta.

—Debemos desconectar a tu familia del sistema, borrar sus registros. Pero si lo hacemos, nunca podrán volver. No tendrán acceso a servicios, no existirán oficialmente. Vivirán fuera de la red, en las Ruinas.

Las Ruinas. Zonas olvidadas donde aquellos que habían sido expulsados intentaban sobrevivir con los pocos recursos que podían encontrar. No había seguridad, no había estabilidad. Solo el caos y la desesperación.

Daniel cerró los ojos, pensando en Samuel, en su respiración entrecortada cada vez que el aire se volvía más denso.

—Hagámoslo.

Helena tecleó en la terminal.

—No hay vuelta atrás.

Un parpadeo en la red de ECHO marcó el inicio de su desaparición digital. En cuestión de minutos, sus registros fueron eliminados, sus identidades borradas. Ya no existían dentro del sistema.

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Pero ECHO no era ciega.

El centro de control detectó la anomalía y activó una alerta. Drones de captura fueron desplegados.

Daniel corrió de regreso a su hogar. Encontró a Clara despierta. Ella sostenía a Samuel en brazos. Clara miraba con horror cómo la aplicación de monitoreo mostraba un mensaje en rojo: «USUARIO NO RECONOCIDO. ACCESO DENEGADO».

—Nos encontraron —susurró Clara, con el miedo reflejado en sus ojos.

Las luces parpadearon y un estruendo sacudió el edificio. Los drones habían llegado.

—¡Tenemos que irnos ahora! —gritó Daniel.

Con Samuel en brazos, salieron al callejón trasero, donde Helena y su equipo los esperaban con un vehículo sin identificación.

—¡Rápido! —exclamó Helena.

Subieron y el vehículo arrancó a toda velocidad. A través de las ventanas, vieron cómo su hogar se cerraba tras ellos. Ya no eran bienvenidos en ese lugar.

En las Ruinas, encontraron refugio entre otros que habían escapado. No había lujos ni estabilidad, pero había algo más valioso: libertad. Samuel aún necesitaba cuidados, pero al menos aquí podían compartir los recursos sin miedo a perder sus derechos.

Pero entonces, Helena notó algo en la piel de Samuel. Una leve marca en la base de su cuello.

—¿Qué es esto? —preguntó con el ceño fruncido.

Daniel y Clara se miraron confundidos.

—No lo sé… Nació con esa marca —respondió Clara, preocupada.

Helena tomó un dispositivo rudimentario y lo pasó sobre la marca. La pantalla mostró un código encriptado.

—Dios… —susurró Helena—. Es un rastreador.

El corazón de Daniel se detuvo.

—No… eso no puede ser…

—ECHO los ha estado monitoreando desde su nacimiento. No importa qué hagamos. Siempre sabrá dónde estamos.

En ese momento, una alarma sonó en la distancia. Clara abrazó a Samuel con fuerza, susurrándole palabras de consuelo mientras el sonido de drones se acercaba.

Helena los miró con desesperación.

—¡Corran!

Daniel tomó a Clara y a Samuel de la mano. Comenzaron a correr y se perdieron en la oscuridad de las Ruinas. Pero en su interior, sabían la verdad.

ECHO nunca los dejaría ir. El sistema esta hecho para no escapar de el.

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