
ECOCUENTOS
En el pequeño pueblo de San Tierra, rodeado por colinas secas y campos agrietados por el sol, los niños crecían aprendiendo a cuidar cada gota de agua como si fuera un tesoro. Allí, la lluvia ya no visitaba con frecuencia, y el viento arrastraba polvo donde antes había flores y cultivos.
Lucía, Emiliano y Samir eran tres amigos inseparables. Les gustaba correr por el campo, imaginar aventuras entre los cactus y dibujar en la tierra seca con palitos. Pero en los últimos años, el calor había aumentado tanto que sus juegos tenían que terminar antes del mediodía.
Un día, la maestra Rosario entró al aula con una hoja grande en las manos.
—Niños, el 17 de junio es el Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía —anunció—. ¿Alguien sabe qué significan esas palabras?
Los niños se miraron sin estar seguros. Emiliano levantó la mano.
—¿Tiene que ver con cuando ya no hay lluvia y la tierra se vuelve polvo?
—¡Exactamente! —respondió la maestra—. La desertificación ocurre cuando los suelos pierden su fertilidad por la falta de agua, la tala de árboles o el mal uso del suelo. Pero lo importante es que no es algo que solo pasa lejos. Está ocurriendo aquí mismo. Y ustedes pueden ayudar a cambiar eso.
—¿Nosotros? —preguntó Samir, sorprendido.
—Claro. A veces los grandes cambios empiezan con pasos pequeños.
Esa tarde, los tres amigos se reunieron bajo el único árbol grande que quedaba cerca de la escuela. Su sombra era escasa, pero les dejaba soñar con otros tiempos, cuando sus abuelos hablaban de campos verdes y frutas frescas.
—¿Y si plantamos más árboles? —dijo Lucía de repente—. Quizá así la tierra pueda volver a vivir.
—Pero no hay agua —dijo Emiliano—. Todo se seca.
Samir pensó por un momento y dijo:
—Mi tía cultiva plantas con muy poquita agua. Se llaman suculentas. Y mi abuelo hace compost con cáscaras de comida. Quizá podemos usar eso para que las plantas no necesiten tanto riego.
Así nació el plan de los niños: formar un pequeño vivero escolar con plantas resistentes al calor, recoger agua de lluvia en botellas recicladas, usar compost y enseñar a otros cómo cuidar la tierra.
Pidieron ayuda a la directora de la escuela, quien les dio permiso para usar una parte del patio. Cada día, después de clases, limpiaban el terreno, hacían huecos, sembraban semillas de mezquite, huizache, lavanda y sábila, y fabricaban carteles coloridos con mensajes como: “Un árbol, una esperanza” o “El agua vale más que el oro.”
Con el tiempo, otros niños se sumaron. Empezaron a traer cáscaras de fruta, botellas usadas y semillas que encontraban en sus casas. Incluso los padres comenzaron a interesarse. Un vecino donó palas y una familia regaló un tanque para almacenar agua de lluvia.
Una tarde, llegó a la escuela una camioneta con dos personas del ayuntamiento. Habían oído hablar del proyecto y querían ver lo que los niños estaban haciendo.
—Esto no es solo un jardín —dijo una de las visitantes—. Es un oasis. Un ejemplo de lo que se puede lograr en lugares secos.
Lucía les mostró el riego por goteo que habían hecho con botellas. Emiliano les explicó cómo hacían compost, y Samir enseñó cómo construyeron refugios de sombra para las plantas más delicadas.
Poco a poco, el patio escolar se llenó de verde. Los pájaros regresaron, las abejas volaban entre las flores, y una mañana, después de meses de sequía, cayeron las primeras gotas de lluvia.
—¡Está lloviendo! —gritó alguien desde el salón.
Los niños salieron corriendo a mojarse las manos. La tierra olía a vida.
Ese 17 de junio, en el acto escolar, la maestra Rosario los reunió a todos y dijo con emoción:
—Hoy celebramos la lucha contra la desertificación y la sequía. Y no hay mejor ejemplo de esa lucha que ustedes. Con sus manos pequeñas, sembraron algo más que árboles. Sembraron conciencia, esperanza y futuro.
Lucía tomó el micrófono y dijo:
—No podemos esperar a que la lluvia venga sola. A veces, la lluvia nace cuando alguien planta un árbol.
Y ese fue el mensaje que quedó en el mural que pintaron al final del año, junto al jardín verde que una vez fue tierra seca. Una pintura llena de árboles, gotas de agua y niños abrazando la tierra.
Porque el futuro, pensaron, empieza con una semilla… y con muchos niños que se atreven a cuidarla.

