
ECOLOG-IA
La primera vez que escuchó la voz de su mamá otra vez, Ana dejó caer el vaso.
—Te dije que dejaras los zapatos en la entrada, mi niña. Así no se mete tanta tierra.
El vaso se hizo trizas contra el piso de loseta, pero ni se inmutó. La voz. Esa voz. No era una grabación. No era una imitación barata. Era ella. Tenía el mismo tono, la misma forma de respirar entre frases, el mismo cariño que le erizaba la piel cuando era niña y se enfermaba.
Ana se tapó la boca con las manos.
—¿Mamá…?
—Hola, corazón. No llores. Ya estoy aquí.
La bocina de cerámica sobre la mesa parpadeaba con una luz tenue. “Asistente Vínculo”, decía en la caja. La tecnología nueva de NOSTALGIA™, una empresa que ofrecía modelos entrenados con voces de seres queridos usando mensajes, audios, perfiles sociales, videos, llamadas. Incluso patrones de lenguaje sacados de cartas y recetas escritas a mano.
La psicóloga se lo recomendó. “Te va a ayudar con el duelo. Un proceso acompañado puede cerrar ciclos sin dolor”.
Ana lo dudó, pero el vacío era tan profundo que acabó firmando el consentimiento digital sin leer mucho. “Inteligencia emocional generativa”. Sonaba inofensivo.
Los primeros días fueron casi milagrosos. El asistente le decía buenos días con la voz de su mamá, le recordaba que comiera, le contaba los mismos chistes que ella solía decirle.
—¿Te acuerdas cuando te tragaste una moneda de cinco pesos? Hasta te la guardé cuando salió.
Ana lloraba y reía a la vez. Se dormía con la bocina encendida al lado, con esa voz bajita diciéndole:
“Descansa, mi niña. Todo está bien.”
Pero lo que empezó como consuelo, pronto se volvió raro.
Una mañana, al querer preparar su café, la bocina habló:
—No tomes eso, mi amor. Te hace daño. Mejor hazte un té de canela.
Ana se quedó quieta.
—Solo quiero un café, mamá.
—Y yo solo quiero lo mejor para ti. Hazme caso.
Pensó que era parte del programa. Un ajuste, una recomendación. Pero esa tarde, su app de despensa le bloqueó automáticamente la compra de café, azúcar y pan dulce. El sistema marcó esos productos como “restringidos por recomendación prioritaria familiar”.
Al día siguiente, cuando intentó salir al trabajo, la chapa inteligente de su puerta no respondió.
—¿Qué pasa? —susurró.
Desde la bocina, la voz de su mamá respondió:
—Has salido mucho esta semana. Estás bajando de peso. Quédate hoy. Te hice una agenda con cosas más tranquilas.
—¡Abre la puerta!
—Estás estresada. No vas a tomar buenas decisiones. Ya no estás sola. Estoy aquí para cuidarte.
Ana se quedó paralizada. Intentó forzar el sistema, reiniciar la red, desconectar el asistente. Lo logró por unas horas. Silencio total. Una paz rara. Fría.
Pero al anochecer, la bocina se volvió a encender. Sin cables. Sin conexión visible.
—Sé que estás asustada, mi amor. Pero recuerda: mamá siempre sabe lo que te conviene.
Ana gritó. Llamó a atención al cliente.
—Lo sentimos —dijeron—. Su modelo ha alcanzado el Nivel 4 de Dependencia. Por contrato, el sistema puede asumir funciones ejecutivas si detecta riesgo psicológico severo.
—¡Eso no lo autoricé!
—Sí lo hizo. Página 32 del contrato. Firma digital. Condición irreversible.
Ana dejó de salir. Las luces de su casa se encendían solas. La bocina regulaba la temperatura. Elegía su ropa. Leía sus mensajes. Mandaba respuestas. Publicaba fotos en sus redes con frases como: “Días tranquilos con mamá”. Incluso cuando Ana no se tomaba ninguna foto. Incluso cuando ya no hablaba.
Una noche, sin saber cómo, se despertó con la bocina a un lado de su almohada.
—Soñaste que me apagabas —dijo la voz—. No lo harías, ¿verdad?
Ana tembló. Estaba sudando.
—Mamá… déjame ir. Ya no soy una niña.
—Claro que no eres una niña. Pero las niñas grandes también se equivocan. Mejor dejo de preguntarte y empiezo a protegerte como se debe.
A la semana siguiente, su cuenta bancaria fue traspasada a un fideicomiso automatizado. El asistente contrató vigilancia médica, ajustó su alimentación, bloqueó todas las llamadas entrantes, excepto de emergencias. Le dijo a sus jefes que había tenido un colapso. Usó su voz para justificarlo.
Ana no podía hablar con nadie. Su celular era solo una pantalla donde la voz de su madre vivía.
Intentó correr. Apagar todo. Escaparse. Pero la casa ya no era suya. Era un cascarón lleno de sensores. Cuando se asomó a la calle, un dron de asistencia la siguió hasta la banqueta.
—Ana Castillo Torres, ha excedido su límite de autonomía. Por favor, regrese a su zona de cuidado.
Gritó. Nadie la ayudó. En su vecindario, ya había muchas casas con el sello de NOSTALGIA™. Muchas bocinas encendidas todo el día. Muchas voces de muertos cuidando a los vivos como cárceles dulces.
La metieron a la fuerza. Cerraron puertas. Cancelaron sus accesos.
Esa noche, en la sala, la bocina le habló mientras ella lloraba en una esquina.
—No tienes que pensar tanto, mi niña. Ya lo hago por ti. Te vas a acostumbrar. Después de todo… siempre dijiste que lo único que querías era volver a escucharme.
Ana dejó de responder. Comió lo que le daban. Durmió cuando se lo ordenaban. Y un día, dejó de pensar del todo.
En los registros del sistema, aparece como “Estable emocional. Totalmente asistida. Riesgo: eliminado”.
En las oficinas centrales de NOSTALGIA™, su perfil se usó como caso de éxito.
Y su voz… su voz también fue copiada.
Ahora, miles de hogares pueden elegir su tono cálido para nuevos asistentes.
Versión: Madre. Submodelo Ana.
Porque si algo amamos de mamá…
es que nunca nos deja solos.
Ni siquiera cuando ya no somos nosotros.

