niña leyendo un cuento infantil para niños
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CUENTO INFANTIL

Juana tenía nueve años y una energía que no cabía en su cuerpo flaco ni en sus dos trenzas apretadas. Vivía en una casa chiquita al final de una calle empedrada, donde las bardas estaban cubiertas de bugambilias y los perros dormían la siesta bajo los árboles. Su mamá decía que Juana “nació preguntando”, y era cierto: preguntaba por qué el cielo era azul, por qué las hormigas no se cansaban, por qué las niñas no podían jugar fútbol en el recreo, y por qué los hombres casi siempre hablaban más fuerte que las mujeres.

—Porque así ha sido siempre, hija —le respondía su abuela, suspirando mientras hacía tortillas—. Pero eso no quiere decir que esté bien.

Juana iba en cuarto de primaria en la escuela Benito Juárez, la de la colonia. Era buena alumna, aunque a veces se metía en problemas por “hablar de más”. Sus cuadernos estaban llenos de dibujos, letras grandes, flechas, corazones y signos de interrogación. Le gustaba leer en voz alta y hacer preguntas raras a los maestros.

Pero en su salón pasaba algo que a Juana le hacía hervir la sangre: cada vez que una niña opinaba, el maestro hacía una mueca de fastidio, o de plano ignoraba lo que había dicho. En cambio, cuando un niño opinaba, aunque fuera algo equivocado, él lo celebraba:

—¡Eso es! ¡Muy bien dicho, Tomás!
—¡Buena participación, Ramiro, muy listo!
—Ay, Mariana… eso no tiene mucho sentido. A ver, mejor tú, Emiliano.

Las niñas empezaron a callarse. Juana lo notó.

Primero fue Sofía, que ya no levantaba la mano aunque ella siempre sabía las respuestas. Luego Alejandra, que solía explicar los experimentos con mucha claridad, pero ahora solo agachaba la cabeza. Incluso Mariana, que era de las más valientes, dejó de leer en voz alta.

Un lunes por la mañana, en la clase de Ciencias Naturales, el maestro preguntó:

—¿Alguien me puede decir qué necesitan las plantas para vivir?

Juana alzó la mano de inmediato. Sabía la respuesta completa: luz solar, agua, dióxido de carbono, nutrientes del suelo.

Pero el maestro ni la volteó a ver. Se giró hacia un grupo de niños al fondo y dijo:

—¿Tú, Jesús?

Jesús dudó. Tartamudeó algo sobre “tierra y sol, creo”. El maestro sonrió:

—¡Muy bien! Más o menos, pero ahí vamos.

Juana bajó la mano lentamente. Sintió un nudo en el estómago. Pero no dijo nada. Aún.

Al día siguiente, pasó lo mismo. Y el siguiente también. Hasta que el jueves, Juana ya no se contuvo.

Era la clase de Historia. El maestro hablaba de la Independencia de México y preguntó:

—¿Qué mujeres participaron en el movimiento?

Juana levantó la mano con fuerza. Otra niña también la levantó. Y otra más. Pero el maestro eligió a Martín, que apenas y había escuchado la pregunta.

—¿Tú, Martín?

Martín respondió:
—Pues… Hidalgo… Morelos…

—Ellos son hombres —dijo Juana en voz alta, sin esperar turno—. Usted preguntó por mujeres.

El salón se quedó en silencio. El maestro frunció el ceño.

—Juana, no interrumpas. Ya dije que iba a preguntar después.

—Pero siempre hace eso. Siempre escoge primero a los niños, aunque no sepan.

El maestro se quedó helado. El resto del grupo también. Algunos se voltearon a ver entre sí. Mariana bajó la mirada, pero sonrió por dentro.

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—No estoy haciendo eso, Juana. Estás exagerando.

—No es exageración. Es lo que pasa. Y por eso muchas niñas ya no quieren participar.

—Eso no es cierto.

—Sí es. Pregúntele a ellas.

El silencio volvió a invadir el aula. Entonces Sofía, en voz muy bajita, dijo:

—Yo ya no levanto la mano porque nunca me toca.

—Yo tampoco —agregó Alejandra—. Aunque sepa la respuesta.

El maestro no supo qué decir. Por un momento, pareció molesto. Pero luego su cara cambió. Se le notó la incomodidad de quien se ve al espejo por primera vez y no le gusta lo que ve.

—Bueno… supongo que no me había dado cuenta. Gracias por decírmelo —dijo, sin mucho convencimiento.

Juana no sabía si eso bastaba. Pero sintió un pequeño alivio. Había dicho lo que tenía que decir. Y no se sintió sola. Porque al final de la clase, varias niñas se acercaron a su banco.

—Gracias por hablar. Yo no me atrevía.
—Tienes razón. Yo también me di cuenta, pero me dio miedo decirlo.
—¿Y si hacemos un grupo? Para practicar juntas, para que ya no nos dé pena participar.

Juana asintió. Y desde ese día, empezaron a levantar la mano más niñas que antes. Y cuando el maestro se equivocaba otra vez —porque aún lo hacía de vez en cuando—, Juana lo miraba con esa mirada firme que heredó de su mamá y su abuela. Una mirada que decía: “Aquí estoy. No me callo”.

Con el paso de las semanas, el salón cambió. No porque el maestro se volviera perfecto, sino porque las niñas dejaron de tener miedo a alzar la voz. Y eso hizo que los niños también aprendieran a escuchar, a compartir el espacio, a callar cuando no les tocaba.

Una tarde, la directora de la escuela pasó al salón a observar la clase. Al final, felicitó al grupo por la participación tan pareja entre niños y niñas.

—Es bonito ver una clase donde todas las voces tienen valor.

El maestro sonrió con algo de vergüenza. Y Juana… Juana solo levantó la mano. Y habló.

Aprendizaje:

Las niñas tienen derecho a participar, opinar y brillar. El respeto no tiene género.

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