Nadie pudo señalar un solo momento exacto en el que México comenzó a colapsar. No hubo un día oficial, ni una alerta nacional, ni una alarma que advirtiera lo que venía. Cuando la gente quiso darse cuenta, el suelo ya no era confiable.
La primera ciudad en caer fue Celaya.
A las 6:17 de la mañana, mientras el tráfico avanzaba lento y los comercios levantaban sus cortinas, el centro histórico emitió un sonido que nadie olvidaría jamás: un rugido continuo, profundo, como si algo inmenso se desgarrara debajo del concreto. No fue un estallido. Fue peor. Fue prolongado.
El pavimento se onduló.
Los edificios se inclinaron.
Y luego, la ciudad descendió.
Calles enteras se hundieron al mismo tiempo. No un punto, no una grieta: manzanas completas. Una iglesia colonial se partió en dos, su campanario cayendo en silencio dentro de un vacío oscuro. Automóviles fueron tragados mientras sus alarmas sonaban inútilmente. Personas corrieron sin dirección, porque no había un lugar seguro al cual correr.
—¡El suelo se está moviendo!
—¡No es un temblor!
—¡Dios mío, se está abriendo!
En menos de diez minutos, Celaya dejó de existir como ciudad funcional.
Las imágenes llegaron al resto del país a través de transmisiones interrumpidas, videos temblorosos, drones que mostraban algo imposible: una urbe convertida en un cráter vivo, lleno de agua negra y lodo espeso que seguía hundiéndose lentamente, como si no hubiera fondo.
María vio la transmisión desde su casa en Puebla, con Sofía sentada en el suelo.
—Apaga eso —pidió Carlos—. No quiero que lo vea.
Pero Sofía ya estaba mirando.
—¿Eso nos puede pasar a nosotros? —preguntó.
Carlos no respondió.
Dos días después, les pasó.
No con la misma violencia inmediata, sino con algo peor: con anticipación. Primero fueron las grietas. Luego las puertas que ya no cerraban. Después, el agua que brotaba del suelo sin explicación, espesa, con olor metálico.
—El piso está hundido —dijo María una mañana—. Mira la línea del zócalo.
—Son centímetros —intentó tranquilizarla Carlos.
Esa misma noche, el drenaje colapsó y la calle comenzó a ceder.
En Querétaro, el centro histórico fue evacuado cuando sensores detectaron pérdida total de soporte subterráneo. En Toluca, colonias enteras se hundieron de madrugada, atrapando a familias completas. En el Valle de México, el desastre fue lento pero masivo: Iztapalapa, Tláhuac y partes de Gustavo A. Madero descendían por bloques, como si alguien bajara el nivel del mundo por secciones.
Hospitales evacuados a mitad de cirugías. Escuelas cerradas indefinidamente. Miles de personas desplazadas en cuestión de horas.
En cadena nacional, el ingeniero Ramírez habló finalmente sin eufemismos.
—El subsuelo del país está colapsando. No hay acuíferos. No hay soporte. Construimos ciudades sobre huecos.
—¿Está diciendo que hay zonas inhabitables? —preguntó una periodista.
Ramírez tardó en responder.
—Estoy diciendo que hay zonas que ya no existen, aunque sigan apareciendo en el mapa.
El pánico fue inmediato.
Carreteras saturadas. Familias huyendo con lo que podían cargar. Refugios improvisados en estadios, escuelas, unidades deportivas. Gente durmiendo con los zapatos puestos, por si el suelo decidía rendirse mientras dormían.
En Guanajuato, un socavón de más de quinientos metros se tragó una zona industrial completa. No hubo tiempo de evacuar. En Veracruz, lluvias irregulares activaron fallas subterráneas y colonias enteras fueron absorbidas por el terreno. En Aguascalientes, el centro urbano se fracturó como vidrio bajo presión.
—México se está hundiendo desde adentro —dijo un corresponsal extranjero—. No por sismos, sino por agotamiento.
María, Carlos y Sofía llegaron a un refugio en una unidad deportiva junto a miles de personas. Nadie dormía. El suelo crujía constantemente, un sonido bajo que no era movimiento, sino desgaste.
—¿Escuchas eso? —susurró Carlos.
—Sí —respondió María—. Es como si la tierra respirara… cansada.
De madrugada, una sección del refugio comenzó a descender lentamente. No hubo alarma. Solo gritos cuando el piso cedió. Algunos no alcanzaron a salir.
Al amanecer, el lugar ya no estaba.
Drones militares confirmaron lo impensable: ciudades convertidas en heridas abiertas, carreteras suspendidas en el aire, ríos subterráneos emergiendo donde antes había avenidas.
—No hay reconstrucción posible —admitió el gobierno—. Solo reubicación.
—¿Y a dónde? —preguntó alguien en una transmisión en vivo.
Nadie respondió.
En redes sociales, una frase se repitió miles de veces:
“México no se cayó. México fue vaciado.”
Al cierre del año, los científicos internacionales coincidieron:
el colapso mexicano era irreversible.
El suelo había cedido.
El agua había desaparecido.
La tierra ya no sostenía a su gente.
En un noticiero internacional, una imagen apareció detrás del presentador:
Australia registraba temperaturas récord, incendios simultáneos y vientos fuera de control.
María apagó la televisión.
—Si la tierra se hunde… —dijo Carlos— ¿qué sigue?
Sofía miró el suelo bajo sus pies, inmóvil.
—El fuego.
Y esta vez, nadie discutió.



