El primer audio llegó a las 2:13 de la madrugada, mientras Tomás limpiaba la respiración de un hombre muerto.
Llevaba casi tres horas frente a la computadora restaurando la grabación de un audiolibro que había quedado inconcluso después de que su narrador muriera. La editorial quería rescatar las últimas páginas utilizando las tomas disponibles, así que Tomás trabajaba aislando palabras, corrigiendo silencios y uniendo sílabas pronunciadas en días diferentes. Después de doce años como editor de sonido, podía reconocer una respiración contenida, una frase reconstruida y hasta el instante exacto en que una voz dejaba de pertenecerle por completo a quien la había pronunciado.
Samuel dormía en la habitación al fondo del pasillo. Antes de acostarse había dejado una taza de café junto al teclado y le había pedido, sin demasiadas esperanzas, que no amaneciera otra vez frente a la computadora.
—Mañana voy a estar de pésimo humor y será tu culpa —le advirtió Tomás.
—Mañana vas a estar de pésimo humor de todas formas —respondió Samuel antes de besarlo en la frente—. Prefiero que sea descansado.
La casa había quedado en silencio, excepto por el zumbido del refrigerador y la lluvia que golpeaba débilmente las ventanas. Tomás acababa de retirar un chasquido de saliva de la grabación cuando su teléfono vibró sobre el escritorio. Esperaba encontrar un mensaje de la editorial, pero la pantalla mostraba un chat que no recordaba haber abierto. La fotografía del remitente era la misma que utilizaba en sus cuentas: él y Samuel frente al mar, entrecerrando los ojos por el sol.
El nombre del contacto era simplemente Tomás.
Pensó que se trataba de la sección donde guardaba notas para sí mismo, aunque el diseño no era igual. Debajo del nombre aparecía su propio número telefónico y, junto al único mensaje de voz, figuraba una fecha imposible: miércoles, 16 de septiembre, 2:13 a. m.
Todavía era martes.
El audio duraba once segundos. Tomás lo reprodujo sin colocarse los audífonos y escuchó su propia voz, ronca y atropellada, como si estuviera hablando después de haber corrido durante mucho tiempo.
—Mañana, a las siete con doce, no dejes que Samuel abra la ventana de la cocina. No importa lo que escuchen afuera. No la abras.
Tomás volvió a reproducirlo, esta vez con los audífonos profesionales. Reconoció la ligera desviación de su mandíbula, la forma en que arrastraba la ese de Samuel y aquella respiración nasal que aparecía cuando estaba asustado. No era una imitación aproximada ni una voz sintética construida a partir de grabaciones públicas. Era él.
Abrió la información del archivo, pero no encontró dirección de origen, hora de envío ni datos de compresión. Intentó reenviarlo a su computadora y la aplicación se cerró. Cuando volvió a entrar, el mensaje seguía ahí, fechado veinticuatro horas en el futuro.
Tomás despertó a Samuel.
—Necesito que escuches algo.
—Si es otra versión de la muerte del narrador, juro que voy a renunciar por él —murmuró Samuel, todavía con los ojos cerrados.
Tomás reprodujo el mensaje. Samuel tardó unos segundos en reaccionar y después se incorporó, tomó el teléfono y revisó la pantalla con una atención que terminó por despertarlo por completo.
—¿Lo hiciste tú?
—¿Cuándo habría grabado eso?
—No sé. Trabajas cortando voces de muertos a las dos de la mañana, Tomás. Tus límites profesionales llevan años preocupándome.
—Está fechado mañana.
Samuel observó la fecha y después miró hacia la ventana oscura.
—Algún error de la aplicación.
—Tiene mi número.
—Entonces alguien duplicó tu cuenta.
—¿Y mi voz?
Samuel no respondió de inmediato. Reprodujo el audio dos veces más, acercándose el teléfono al oído.
—También pueden copiarla. Hay aplicaciones que lo hacen con unos segundos de grabación.
—Yo sé cómo suena una voz reconstruida.
—Y yo sé cómo te pones cuando llevas seis horas trabajando sin cenar.
Samuel dejó el teléfono sobre la mesa de noche, lo conectó al cargador y lo obligó a acostarse. Tomás permaneció despierto durante un rato, escuchando la respiración de su esposo y diciéndose que tenía razón, que alguna explicación técnica terminaría pareciendo evidente bajo la luz del día.
A las siete con cinco, Samuel entró en la cocina para preparar café. La lluvia había cesado, pero desde el patio interior llegaba un golpeteo metálico que parecía provenir de los departamentos superiores.
—¿Escuchas eso? —preguntó.
Tomás levantó la mirada hacia el reloj del horno. Eran las siete con once.
Samuel se acercó a la ventana.
—No la abras.
—Debe ser una lámina suelta.
—Samuel, no la abras.
Él apoyó la mano sobre el seguro y sonrió con paciencia.
—No podemos organizar nuestra vida alrededor de un mensaje que probablemente te mandaste dormido.
El reloj cambió a las 7:12. En ese momento, una mujer comenzó a gritar desde el patio.
—¡Ayuda! ¡Por favor, alguien que me ayude!
La voz parecía llegar desde el piso inferior. Samuel retiró el seguro antes de que Tomás pudiera detenerlo, pero, cuando comenzó a deslizar la ventana, Tomás lo sujetó por la cintura y lo apartó con tanta fuerza que ambos cayeron contra el refrigerador.
Un instante después, una jardinera de concreto se desprendió de algún balcón y atravesó el espacio frente a la ventana. El golpe reventó el cristal exterior y lanzó una lluvia de tierra, raíces y fragmentos grises hacia la cocina. Si Samuel hubiera permanecido ahí, la jardinera habría caído directamente sobre su cabeza.
Durante varios segundos ninguno de los dos habló. Afuera no había ninguna mujer pidiendo ayuda; solo se escuchaban las voces de los vecinos que comenzaban a asomarse después del estruendo.
Tomás sacó el teléfono. El audio había desaparecido.
El segundo mensaje llegó esa misma noche, otra vez a las 2:13 y otra vez fechado un día después.
—No dejes que Samuel tome la avenida mañana a las ocho veinte. Dile que se vaya por cualquier otro lugar. Si sube al puente, no vas a volver a verlo.
Esta vez Samuel no sugirió que fuera una broma. A la mañana siguiente salieron media hora antes y eligieron una ruta más larga, aunque eso significaba atravesar el centro durante el tránsito. A las 8:27, la radio informó que un camión sin frenos había atravesado la barrera del puente y aplastado tres vehículos. Samuel estacionó frente a una farmacia, apagó el motor y permaneció con las manos sobre el volante.
—Yo habría estado ahí —dijo.
—No podemos saberlo.
—Tomo esa avenida todos los días a la misma hora.
Tomás intentó decir algo que lo tranquilizara, pero Samuel se inclinó sobre él y lo abrazó con una fuerza desesperada, hundiendo el rostro en su cuello.
—Sea quien sea, nos salvó.
La palabra nos convirtió los mensajes en algo distinto. Hasta ese momento habían sido una intromisión inexplicable; después del accidente comenzaron a parecer una forma de protección.
Durante los cuatro días siguientes llegaron tres audios más. Uno les ordenó desconectar el calentador antes de que una fuga llenara el cuarto de servicio. Otro les pidió cancelar una cena en un restaurante donde, esa misma noche, un hombre armado intentó asaltar a los comensales. El tercero le indicó a Tomás que llamara a su madre exactamente a las seis de la tarde. Ella contestó llorando desde el baño, incapaz de levantarse después de haberse resbalado.
Cada advertencia se cumplió con una precisión que eliminaba cualquier posibilidad de coincidencia, y cada una desaparecía después del momento anunciado. Tomás comenzó a dormir con el teléfono sobre el pecho. Samuel, que al principio se burlaba de aquella costumbre, terminó despertando a las dos de la mañana para preguntar si ya había llegado el siguiente mensaje.
La sexta noche no llegó nada.
Tomás esperó hasta las tres, actualizando una y otra vez la aplicación mientras Samuel dormía de espaldas. Se dijo que debía sentirse aliviado, pero la ausencia produjo el efecto contrario. La vida cotidiana había comenzado a parecerle un campo lleno de trampas que solo aquella voz era capaz de señalar. Por primera vez comprendió que no estaban recibiendo simples predicciones, sino instrucciones de las que había llegado a depender.
A las 3:17, el teléfono vibró.
El nuevo audio duraba cuarenta y ocho segundos. Tomás reconoció su respiración antes de escuchar las palabras; era una respiración húmeda y fatigada, acompañada por un golpeteo regular que no pudo identificar.
—Escúchame con atención porque esta vez no voy a poder advertírtelo de nuevo. Samuel va a matarte mañana a las once cuarenta y tres de la noche. Los accidentes, la fuga, el puente… todo fue para llegar hasta este momento. No le enseñes el mensaje porque ya sabe que lo recibiste. A las once va a guardar un cuchillo en el bolsillo derecho de su chamarra. Tienes que hacerlo antes de la medianoche. Si Samuel sigue vivo cuando comience el viernes, tú no vas a llegar al amanecer.
La voz guardó silencio unos segundos. Después añadió algo en un susurro:
—Cuando te llame Tomi, ya no será él.
Tomás se quitó los audífonos y miró hacia la cama. Samuel continuaba de espaldas, inmóvil bajo la sábana, aunque su teléfono iluminaba débilmente la almohada.
—¿Estás despierto? —preguntó Tomás.
Samuel apagó la pantalla antes de darse vuelta.
—Me despertó tu teléfono.
—No fue nada.
—¿Llegó otro mensaje?
Tomás sintió que la mentira se formaba antes de poder detenerla.
—Era la editorial.
Samuel lo observó con una expresión difícil de interpretar, como si también estuviera decidiendo cuánto debía contarle.
—A las tres de la mañana.
—El editor está en España.
—Claro.
Samuel volvió a darle la espalda. Tomás permaneció sentado junto a él hasta que comenzó a amanecer, escuchando una y otra vez la frase final. Durante once años, Samuel lo había llamado Tomás, amor, necio, dramático y, cuando estaba especialmente molesto, Tomás Arturo. Tomi había sido un apodo de sus primeras semanas juntos que Samuel abandonó porque decía que sonaba como el nombre de un niño insoportable.
Antes de irse a trabajar, Samuel tomó una chamarra oscura del perchero.
—Hace calor —dijo Tomás.
—Va a llover.
—Podrías llevar otra.
Samuel dejó de abrocharse el cierre.
—¿Por qué?
—Esa todavía está húmeda.
Samuel se la quitó con una sonrisa incómoda y eligió una más ligera. Cuando levantó los brazos, Tomás distinguió en el bolsillo derecho una forma alargada que desapareció en cuanto la tela cambió de posición.
—¿Qué llevas ahí?
—Las llaves.
—Enséñamelas.
—¿Qué te pasa?
—Nada, solamente pregunté.
—No, no preguntaste. Me ordenaste que te las enseñara.
Samuel introdujo la mano en el bolsillo y sacó su llavero, un recibo doblado y una pequeña navaja multiusos que Tomás recordaba haberle regalado años atrás.
—La uso en la oficina para abrir muestras —explicó Samuel—. La he llevado toda la semana.
Tomás no recordaba haberla visto antes.
Después de que Samuel se marchó, intentó trabajar, pero cada ruido del edificio se transformaba en una señal. Revisó los cajones de la cocina, contó los cuchillos y escondió el más grande detrás de las cajas del armario. A las once llamó a Samuel y escuchó el tono hasta que la llamada se desvió al buzón. Volvió a marcar dos veces.
Samuel respondió al tercer intento.
—Estoy en una reunión.
—¿Dónde estás?
—En la oficina.
—Escucho coches.
—Estoy saliendo de la oficina.
—Me acabas de decir que estabas en una reunión.
—Porque estaba en una reunión hace treinta segundos. ¿Qué sucede?
Tomás estuvo a punto de contarle todo, pero recordó la advertencia.
—Nada. Quería saber a qué hora vuelves.
—A la misma hora de siempre.
—¿Antes de las once?
La pausa al otro lado de la línea fue demasiado larga.
—¿Por qué preguntas eso?
—Por nada.
—Tomás, necesito que dejes de decir que no pasa nada cuando evidentemente está pasando algo.
Samuel colgó. Una hora después envió un mensaje para avisar que llegaría tarde.
Tomás pasó la tarde examinando el audio. Eliminó su propia voz para aislar el ruido de fondo y descubrió un zumbido eléctrico, un golpeteo constante y una respiración adicional. Aumentó la frecuencia de los sonidos graves hasta que el golpe adquirió una textura familiar. Era el reloj de madera que tenían en la sala, un regalo de la madre de Samuel que adelantaba dos minutos cada semana.
El mensaje había sido grabado dentro de su casa.
A las 9:16, Samuel entró sin avisar. Tomás lo observó desde el comedor mientras dejaba la chamarra sobre una silla y revisaba dos veces que la puerta quedara cerrada.
—Tenemos que hablar —dijo Samuel.
—¿Sobre qué?
—Sobre los mensajes.
Tomás sintió que la espalda se le enfriaba.
—¿Qué mensajes?
Samuel sacó su teléfono y abrió un chat encabezado con su propio nombre. Había seis archivos de audio, todos enviados desde el número de Samuel y fechados un día después de haberlos recibido.
—También me están llegando.
Tomás tomó el teléfono, aunque una parte de él esperaba que desapareciera en cuanto lo tocara. Reprodujo el último mensaje y escuchó la voz de Samuel quebrándose entre respiraciones.
—Mañana, a las once cuarenta y tres, Tomás va a intentar matarte. Va a esconder el cuchillo grande de la cocina en el armario y después fingirá que quiere enseñarte un audio. No dejes que apague las luces. Cuando eso suceda, ya no será él. Si sigue vivo a medianoche, tú no vas a llegar al amanecer.
Tomás miró hacia el armario.
Samuel siguió la dirección de sus ojos.
—Escondiste el cuchillo, ¿verdad?
—No para usarlo.
—El audio dijo que lo harías.
—El mío dijo que tú guardarías una navaja en la chamarra.
—La llevo desde hace meses.
—No es verdad.
—Sí lo es, Tomás. Tú me la regalaste.
—No significa que la llevaras hoy.
Samuel retrocedió cuando Tomás dio un paso hacia él, y ese movimiento, más que cualquier amenaza, abrió entre ambos un espacio que nunca había existido.
—Enséñame tu audio —pidió Samuel.
Tomás se lo mostró. Lo escucharon juntos en medio de la sala, bajo el golpeteo del reloj que aparecía en la grabación. Cuando la voz pronunció el apodo, Samuel cerró los ojos.
—Yo nunca te llamaría así.
—Eso mismo dice el mensaje.
—También dice que debo matarte.
—El mío dice lo mismo de ti.
Samuel se sentó lentamente.
—Nos están preparando para que uno de los dos lo haga.
Decidieron sacar de la casa todo aquello que pudiera utilizarse como arma. Guardaron los cuchillos, las tijeras, las herramientas y la navaja en una caja que entregaron al vecino con la excusa de que estaban fumigando la cocina. Después desconectaron las bocinas, el televisor, el reloj y hasta el módem. Colocaron sus teléfonos apagados sobre la mesa y acordaron permanecer juntos hasta que pasara la medianoche.
A las diez y media, la lluvia comenzó a golpear las ventanas con la misma suavidad de la primera noche. Tomás preparó café, pero ninguno bebió. Samuel se sentó frente a él y apoyó las manos sobre la mesa para que pudiera verlas.
—No voy a hacerte daño —dijo.
—Yo tampoco.
—Pase lo que pase, no vamos a separarnos.
Tomás asintió, aunque le resultó doloroso comprender que ambos necesitaban escuchar aquella promesa.
A las once con treinta y ocho, el teléfono de Samuel se encendió sin que nadie lo tocara. Un minuto después hizo lo mismo el de Tomás. Las pantallas no mostraban mensajes ni llamadas, solamente la hora avanzando sobre un fondo negro.
11:39.
11:40.
11:41.
El reloj de madera, a pesar de estar detenido y sin batería, comenzó a golpear desde la pared.
Samuel se levantó.
—Quédate sentado —dijo Tomás.
—Voy a bajarlo.
—Dijimos que no nos separaríamos.
—Está a dos metros.
—Siéntate.
Samuel lo miró durante un instante y obedeció. A las 11:42, todas las luces se apagaron al mismo tiempo. La lámpara del comedor murió, el refrigerador dejó de zumbar y el departamento quedó sumergido en una oscuridad atravesada únicamente por el resplandor de los dos teléfonos.
Entonces alguien llamó a la puerta.
Fueron tres golpes suaves, casi familiares.
—Tomás —dijo la voz de Samuel desde el pasillo—. Amor, ábreme.
Samuel estaba sentado frente a él.
La voz volvió a llamar.
—El que está contigo no soy yo. No lo mires a los ojos.
Tomás sintió que Samuel le sujetaba la mano.
—No escuches —susurró—. Esto es lo que quiere.
Desde el otro lado de la puerta comenzaron a rasguñar la madera.
—Tomás, por favor. Me hizo algo en el estacionamiento. Entró antes que yo. Mira su mano izquierda; no tiene la cicatriz.
Tomás dirigió la luz del teléfono hacia la mano de Samuel. La cicatriz estaba ahí, una línea pálida junto al pulgar que se había hecho abriendo una botella durante su primera Navidad juntos.
—¿Ves? —dijo Samuel—. Soy yo.
La voz del pasillo comenzó a llorar.
—También puede copiar las cicatrices. Pregúntale qué me dijiste la noche en que murió tu papá. Nunca se lo has contado a nadie.
Tomás volvió a mirar a Samuel.
—¿Qué te dije?
—No hagas esto.
—Respóndeme.
—Estabas destrozado. Dijiste muchas cosas.
—¿Qué te dije antes de quedarme dormido?
Samuel abrió la boca, pero el miedo parecía haberle vaciado los recuerdos.
—Dijiste que no querías estar solo.
Era verdad, aunque no era toda la verdad. Tomás había apoyado la cabeza en su pecho y le había confesado que, durante unos segundos, sintió alivio al saber que su padre había muerto, porque ya no tendría que esperar otra llamada del hospital.
La voz detrás de la puerta repitió la frase exacta.
Samuel se levantó de golpe.
—No puede saber eso.
—Tú sí lo sabías.
—Tomás, mírame. Esa cosa está usando lo que sabe para separarnos.
—¿Por qué no recordaste?
—Porque estoy aterrado.
Samuel avanzó alrededor de la mesa mientras la voz continuaba suplicando desde el pasillo. Tomás retrocedió hasta chocar con el librero.
—No te acerques.
—Necesito quitarte el teléfono.
—No me toques.
—Tomi, escúchame.
El apodo cayó entre ellos con más fuerza que los golpes en la puerta.
Tomás vio la sorpresa en el rostro de Samuel, como si él mismo no supiera por qué lo había pronunciado. También vio su mano entrando en el bolsillo derecho de la chamarra que se había vuelto a poner cuando se apagó la calefacción.
No pensó en la caja de herramientas entregada al vecino ni en la navaja que ya no estaba ahí. Alcanzó el pesado sujetalibros de piedra y lo levantó con ambas manos.
Samuel apenas logró pronunciar su nombre antes del primer golpe.
El sujetalibros chocó contra su sien con un sonido opaco. Samuel cayó de rodillas, todavía consciente, y levantó una mano para protegerse. Tomás volvió a golpearlo porque la voz del audio había dicho que debía hacerlo antes de la medianoche, porque afuera alguien seguía utilizando la voz de su esposo y porque, si se detenía, tendría que aceptar que quizá acababa de cometer el único acto que habían intentado evitar.
Cuando dejó caer la piedra, el departamento estaba en silencio.
Las luces regresaron a las 11:47.
Samuel yacía junto a la mesa con los ojos abiertos y la mano izquierda extendida hacia Tomás. En el bolsillo derecho de la chamarra no había ninguna navaja, solamente el control del televisor.
Tomás se arrastró hasta la puerta y miró la cámara del pasillo desde la pantalla de seguridad. Revisó los últimos diez minutos. Nadie había subido por las escaleras ni salido del elevador. Mientras la voz suplicaba al otro lado, el pasillo había permanecido completamente vacío.
Detrás de él, uno de los teléfonos vibró.
Había llegado un nuevo audio desde su propio número. Ya no estaba fechado un día después, sino apenas tres minutos en el futuro.
Tomás no quería escucharlo, pero el archivo se reprodujo solo.
Su voz sonó tranquila, sin la respiración desesperada de las grabaciones anteriores.
—Gracias. Era importante que lo hicieras tú. Nosotros no podemos entrar mientras una voz todavía le pertenezca a alguien.
Tomás miró el cuerpo de Samuel.
—¿Quiénes son ustedes? —preguntó, aunque no esperaba una respuesta.
El audio continuó:
—Ahora tenemos una que nadie va a reclamar.
El teléfono de Samuel se encendió dentro de su bolsillo. La pantalla mostró una llamada dirigida a su madre y el altavoz comenzó a emitir el tono de marcado. Tomás intentó alcanzarlo, pero la mano de Samuel se cerró alrededor del aparato.
El cadáver levantó lentamente el brazo.
Del otro lado de la llamada, una mujer respondió con voz adormilada.
—¿Samuel? ¿Está todo bien?
El pecho inmóvil de Samuel se infló como si algo, desde el interior, estuviera aprendiendo a respirar. Sus labios se separaron y una voz perfectamente viva salió de su boca mientras sus ojos abiertos continuaban mirando a Tomás.
—Mamá —dijo—. Abre la puerta. Soy yo.

