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Infantil

Había una vez un niño llamado Miguel, que vivía en un encantador pueblo lleno de alegría y amistad. Miguel era un niño amable, curioso y siempre estaba listo para compartir aventuras con sus amigos. Tenía un amigo muy especial llamado José, con quien solía pasar mucho tiempo jugando y riendo juntos.

Un día, mientras estaban sentados en el parque, José decidió contarle algo muy importante a Miguel. Le dijo que había descubierto algo sobre sí mismo: se dio cuenta de que tenía sentimientos especiales por otros niños, lo cual significaba que era gay.

Miguel se sintió confundido al escuchar esto. No sabía exactamente qué significaba ser gay, y eso lo hizo sentir inseguro. No estaba seguro de cómo reaccionar o qué decirle a su amigo. En su confusión, Miguel decidió alejarse de José, pensando que era la mejor opción.

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Con el tiempo, Miguel comenzó a darse cuenta de que había cometido un error. Se dio cuenta de que había dejado que la confusión y el miedo se interpusieran en su amistad con José. Se sintió triste y arrepentido por haberse alejado de su amigo en lugar de intentar entenderlo y apoyarlo.

Miguel decidió enfrentar su confusión y hablar con José nuevamente. Le pidió disculpas por su reacción inicial y le explicó que, aunque no entendía completamente lo que significaba ser gay, eso no cambiaba su amistad. Miguel le aseguró a José que siempre estaría allí para él, sin importar su orientación.

José, emocionado y aliviado, abrazó a Miguel. Agradeció a su amigo por estar dispuesto a aprender y aceptarlo tal como era. A partir de ese día, su amistad se volvió aún más fuerte y confiable.

A medida que Miguel aprendía más sobre la diversidad y el respeto hacia los demás, se dio cuenta de que el amor y la amistad no se basan en la orientación sexual de una persona. Aprendió que todos merecemos ser amados y aceptados tal como somos, sin importar nuestras diferencias.

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Juntos, Miguel y José se convirtieron en un ejemplo de amistad verdadera, basada en el respeto, la comprensión y la aceptación. En su pueblo, su historia inspiró a otros niños a ser más abiertos y compasivos, recordándoles que la verdadera amistad no tiene barreras ni prejuicios.

Esta fábula nos enseña que debemos superar nuestros miedos y prejuicios para abrazar y apoyar a nuestros amigos, incluso cuando sus caminos sean diferentes a los nuestros. La amistad verdadera es un regalo valioso que trasciende las diferencias y nos conecta en un nivel más profundo.

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