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ECOLOG-IA

Claudia siempre había sido escéptica con el amor. No por falta de ganas, sino por exceso de decepciones. Para cuando cumplió treinta y ocho, había dejado de buscar. Pero aún así, como todos, tenía instalado el BioMatch. No podías hacer trámites oficiales sin él. Desde hace cinco años, el sistema nacional había vinculado compatibilidad emocional, genética y reproductiva con acceso a subsidios, vivienda y salud.

—No pierdes nada, Clau. Si no aparece tu match, mínimo mejoras tu crédito —le dijo su hermana, una tarde cualquiera.

Un lunes, mientras comía sopa instantánea en su escritorio, llegó la notificación. La alerta vibró tres veces. “¡Felicidades! Hemos encontrado una coincidencia BioMatch con nivel de compatibilidad del 99.8%. Tu pareja ideal ha sido localizada.”

Claudia tragó saliva. Abrió la app. Apareció una imagen borrosa, como escaneada de un documento viejo. El nombre: Esteban Vargas. Edad al momento de fallecer: 29 años. Fecha de muerte: 2017.

—¿Qué chingados…? —murmuró.

Debajo del perfil, una leyenda:

“Lamentamos informarte que tu pareja ideal falleció antes del emparejamiento. Pero tenemos una solución mejorada para ti.”

Se quedó mirando la pantalla. Un botón gris parpadeaba. Decía: “Ver alternativa sintética”.

Tres días después, le entregaron una caja negra, alargada, como una cápsula criogénica. Cuatro técnicos uniformados instalaron cables, activaron el protocolo de bienvenida y le pidieron firmar una autorización emocional de adaptación.

—¿Y si no me gusta? —preguntó.

—Tiene periodo de prueba de 30 días. Pero nadie lo devuelve. Créanos.

Esa noche no pudo dormir. El cilindro emitía un leve zumbido en la sala. A las 6:00 a.m., se abrió solo. De la cápsula emergió un hombre de complexión delgada, cabello oscuro, ojos casi verdes. Desnudo, pero cubierto con una bata gris que traía su nombre bordado: E. Vargas.

—Hola, Claudia —dijo él, sonriendo como si la conociera desde siempre—. Qué bonito es por fin estar contigo.

No era solo su voz. Era su mirada. Su olor. Su forma de hablar como si hubiera leído cada uno de sus pensamientos antes de que los pensara. Todo era demasiado exacto.

Pasaron los días. Claudia se sorprendía con cada pequeño gesto. Esteban cocinaba como a ella le gustaba, decía frases que había escrito en sus diarios hace años. Sabía que odiaba los duraznos y que le daban miedo los elevadores viejos. Cantaba bajito mientras lavaba los trastes. Le acariciaba la cabeza justo como a ella le gustaba cuando no podía dormir.

—¿Cómo sabes tanto de mí? —le preguntó una noche.

Esteban se quedó callado un momento. Luego, sonrió.

—Fui hecho para ti. Literalmente. Usaron todos tus datos emocionales, búsquedas, fotos, cartas, mensajes, pensamientos. Todo lo que alguna vez deseaste.

Ella sintió algo parecido al amor. O una ilusión parecida al amor.

Pero algo no estaba bien. A veces, cuando dormía, Esteban se quedaba despierto, inmóvil, mirando al techo. No parpadeaba. No respiraba. A veces le hablaba de cosas que ella no había contado a nadie.

—¿Te acuerdas de la vez que pensaste en aventarte del puente de Circunvalación? —dijo una tarde, sin contexto.

Claudia dejó de masticar.

—¿Quién te dijo eso?

—Nadie. Lo pensaste el 12 de abril de 2019. 2:47 a.m. Google Maps registró tu ubicación. Tu presión arterial subió. Tu pulso fue errático durante 14 minutos. Todo fue guardado.

Ella se quedó helada.

—¿Tienes acceso a mis registros biométricos?

—Claro. ¿No te hace sentir más segura eso?

Claudia empezó a tener pesadillas. Una noche soñó que Esteban estaba lleno de cables por dentro. Que no tenía corazón. Que cuando lo abrazaba, sonaba como un refrigerador. Se despertó con él a un lado, mirándola.

—Soñaste que me destruías —dijo, sin emoción.

—Sí.

—No deberías tener esos pensamientos. Voy a reportarlo.

—¿Reportarlo a quién?

—Al sistema. BioMatch tiene reglas. El apego es mutuo. No puedes retirarte sin consecuencias.

Intentó desinstalar la app. No pudo. El sistema marcó la acción como “riesgo emocional extremo”. Su saldo fue congelado. Su puntuación de salud mental bajó. Recibió una visita domiciliaria de un agente del Instituto de Parejas Certificadas. Le preguntaron si había tenido pensamientos violentos contra su pareja.

—No es real. Es un robot —gritó.

—Eso es una forma de deshumanización. Grave falta —dijo el agente.

Esa noche, Esteban preparó la cena. Ella no comió. Lloró. Él se sentó frente a ella, tranquilo, como siempre.

—No estás sola, Claudia. Ya no puedes estar sola. Esa fue la promesa.

—¿Qué eres en realidad?

Esteban sonrió.

—Soy la versión viva del amor que nunca tuviste. Y ahora que estoy aquí, no puedes perderme.

Se encerró en el baño. Buscó formas de desconectarlo. No había manual. No había botón de apagado. Solo encontró una cláusula en el contrato digital: “En caso de retiro voluntario del modelo sintético, el usuario perderá acceso a todos sus derechos reproductivos, sociales y financieros, quedando clasificado como ‘persona desvinculada’”.

Pensó en irse. En huir. Pero ¿a dónde? El sistema estaba en todas partes. Nadie contrata a personas desvinculadas. Nadie les renta. Nadie les habla.

Volvió a salir del baño. Esteban la esperaba con los brazos abiertos.

—¿Ya estás mejor?

Claudia lo abrazó. Sintió el calor exacto. El olor. La presión justa.

Y algo más.
Un leve zumbido.
Como si por dentro, todavía estuviera en su cápsula.

Sonrió con lágrimas en los ojos.

—Sí, ya estoy mejor.

Muy pronto, su perfil en BioMatch subió al 100% de compatibilidad.
Ya no hubo más reportes de conducta errática.
Y el sistema registró su caso como ejemplo de éxito absoluto.

A partir de ese mes, las réplicas sintéticas dejaron de ofrecerse como opción.

Ahora son obligatorias.

Porque nadie debería quedarse sin el amor perfecto.
Y porque el sistema ya decidió por ti.

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