cuento infantil que habla sobre el día mundial sin utilizar el coche, cuento que enseña a reducir la contaminación
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ECOCUENTO

En la ciudad de Verdebrillo, las calles siempre parecían apresuradas. Los autos rugían con prisa, las motocicletas corrían como si compitieran en una carrera invisible y los camiones exhalaban nubes grises que hacían toser a los peatones.

Los niños del barrio rara vez jugaban en la calle. El balón podía rodar hacia un coche en cualquier momento, y las risas eran fácilmente opacadas por un claxon desesperado.

Pero aquella mañana, Tomás, de siete años, despertó con un silencio extraño. No era el silencio pesado de la madrugada, sino uno ligero, lleno de espacio. Se levantó, corrió a la ventana y abrió los ojos sorprendido: la avenida principal estaba vacía.

Ni un coche, ni un taxi, ni un camión.

—¡Mamá! —gritó emocionado—. ¡Se desaparecieron todos los autos!

Su madre, que preparaba el desayuno, rió al verlo tan agitado.
—No desaparecieron, Tomás. Hoy es un día muy especial: el Día Mundial sin Coche.

Tomás frunció el ceño, confundido.
—¿Y eso qué significa? ¿Qué se fueron de vacaciones?

La mamá se inclinó y le guiñó un ojo.
—Exactamente. Hoy los coches descansan. No trabajan, no corren, no hacen ruido. Nos toca a nosotros movernos con nuestras piernas, en bicicleta, en patines, o compartiendo transporte.

Tomás corrió a ponerse los zapatos.
—¡Quiero salir a ver!

Al abrir la puerta, lo primero que escuchó fue un coro de gorriones. El canto era tan fuerte que parecía un concierto gratuito. Tomás se detuvo, maravillado.

—¿Siempre cantan así? —preguntó a su madre.

—Siempre han cantado, hijo. Lo que pasa es que con tanto ruido de coches, nunca los escuchamos.

La avenida, que antes parecía una serpiente de metal, ahora era un río humano: familias caminando, jóvenes en bicicleta, niños en patineta y hasta un señor mayor en zancos.

En lugar de humo, había aroma a pan recién horneado que venía de la panadería de don Ernesto.

—¡Buenos días, pequeño! —lo saludó el panadero, empujando una carretilla llena de conchas y bolillos—. ¿No es maravilloso caminar sin coches? Hoy hasta puedo oler mejor el pan.

Tomás aspiró con fuerza y suspiró feliz.
—¡Huele riquísimo! Antes solo olía a humo.

Al doblar la esquina, vieron a la maestra Elena en bicicleta, con un sombrero ancho y una canasta de libros colgada del manubrio.

—¡Buenos días, Tomás! —saludó ella con entusiasmo—. ¿Listo para llegar a la escuela en bici?

—¡Claro! —contestó el niño—. Aunque no tengo bici.

La maestra sonrió y le ofreció el asiento trasero.
—Entonces hoy viajas como copiloto.

Caminaron entre risas y se unieron a un desfile improvisado de estudiantes, padres y maestros que usaban todo tipo de medios para moverse: triciclos, monopatines, patines, hasta carretillas convertidas en “taxis” de juego.

El ambiente era tan alegre que parecía día de fiesta.

En la escuela, los profesores aprovecharon la ocasión.

—Hoy no habrá matemáticas ni dictado —anunció el director con solemnidad—. Hoy aprenderemos de la ciudad y del aire.

Los niños aplaudieron.

Cada grupo hizo un dibujo de cómo se veía la ciudad ese día. Algunos pintaron árboles que parecían más verdes, otros dibujaron pájaros en los cables y mariposas revoloteando en plena avenida.

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Tomás dibujó un partido de fútbol en la avenida principal, con niños corriendo libremente.

Después, la maestra Elena llevó a la clase a una caminata por el barrio.
—¿Se dan cuenta? —preguntó señalando el cielo—. Hoy se ven más claras las montañas.

—¡Y hasta las nubes tienen más formas! —gritó Sofía, la mejor amiga de Tomás.

—Eso pasa porque hay menos humo —explicó la maestra—. La ciudad respira cuando descansamos los coches.

De regreso, se toparon con una sorpresa: en la plaza, el ayuntamiento había organizado un picnic comunitario. Las familias habían llevado manteles, frutas, tamales y aguas frescas.

Don Ernesto regalaba rebanadas de pan, una señora tocaba la guitarra, y los jóvenes hacían trucos con bicicletas.

Tomás probó un jugo de naranja que sabía más dulce que nunca. Su madre le explicó que al no haber coches circulando, el aire estaba más limpio y hasta los sabores parecían distintos.

En medio de la plaza, un grupo de niños inventó un juego: “atrapa al coche invisible”. Corrían y fingían que un auto venía, pero al llegar al cruce gritaban:
—¡No hay coches! ¡Podemos pasar!

Todos reían hasta cansarse.

Por la tarde, la ciudad entera parecía transformada. Algunos vecinos sacaron plantas a la banqueta, otros pintaron murales con mensajes como “Caminar también es libertad” o “Respira sin humo”.

Tomás se encontró con don Gaspar, el señor de la tiendita, sentado afuera en una mecedora.

—¿Y usted, don Gaspar, no extraña los coches? —preguntó curioso.

El hombre negó con la cabeza.
—Los coches son útiles, claro. Pero también nos roban espacio. Hoy me siento como en mi infancia, cuando la calle era nuestra.

Al caer la noche, Tomás y su familia subieron al balcón. El aire era fresco, las estrellas brillaban con fuerza y hasta la luna parecía más luminosa.

—Ojalá todos los días fueran así —dijo Tomás, recostando la cabeza en el hombro de su madre.

—No todos, hijo. Pero sí más de los que tenemos ahora. Podemos caminar más, usar la bici, dejar que los coches descansen de vez en cuando.

Tomás cerró los ojos e imaginó a los autos de verdad de vacaciones: unos tomando el sol en la playa, otros descansando bajo palmeras, algunos leyendo libros junto a una fogata, riéndose entre ellos como viejos amigos.

Y pensó que quizá los coches también merecían descansar, porque cuando lo hacían, la ciudad volvía a ser de las personas, de los niños, de los pájaros y de los árboles.

Desde entonces, cada año, Tomás espera con ilusión el 22 de septiembre, el día en que los coches se van de vacaciones y la ciudad recupera su voz verdadera.

Ese día en que las risas suenan más fuerte que los cláxones, los aromas dulces vencen al humo y los pájaros cantan más fuerte que cualquier motor.


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