La primera vez que su madre llegó a casa eran las 10:17 de la noche y traía sangre en la frente.
Lucía la vio aparecer detrás del cristal de la puerta, deformada por el agua que escurría sobre la superficie y por los relámpagos que iluminaban el patio. Llevaba el impermeable amarillo que usaba para trabajar, el cabello pegado a las mejillas y uno de los zapatos cubierto de lodo hasta el tobillo. Golpeó tres veces con la palma abierta y, cuando Lucía se acercó, apoyó la frente contra el vidrio.
—Ábreme, mi amor.
Simón apareció detrás de su hermana arrastrando la cobija con la que había estado cubriéndose en el sofá. A sus once años insistía en que las tormentas ya no le daban miedo, pero llevaba más de una hora siguiendo a Lucía por toda la casa y fingiendo que siempre tenía algo que hacer en la misma habitación que ella.
—¿Es mamá?
—Sí. Vuelve a la sala.
—Quiero verla.
Elena había salido poco después de las ocho para comprar el medicamento de Simón. El niño llevaba varios días respirando con dificultad y la farmacia más cercana no tenía el inhalador que necesitaba, así que ella decidió conducir hasta la sucursal que permanecía abierta toda la noche. En ese momento apenas llovía, aunque el cielo estaba cubierto por nubes bajas y verdes que parecían contener algo más pesado que agua.
Antes de marcharse, Elena les había pedido que cerraran bien las ventanas y no salieran por ningún motivo. También había prometido regresar antes de las nueve.
Lucía abrió la puerta.
Su madre entró tambaleándose y la cerró de inmediato, echando el seguro y colocando la cadena con manos tan frías que apenas podía controlar los dedos. Después se asomó por la mirilla, contuvo la respiración durante varios segundos y bajó lentamente la cabeza.
—Mamá, ¿qué te pasó? —preguntó Simón.
Elena se llevó una mano a la herida. La sangre descendía desde la ceja derecha y se mezclaba con el agua de lluvia.
—Tuve un accidente.
—¿Chocaste?
—Había alguien en la carretera.
Lucía tomó una toalla del baño y la presionó contra la frente de su madre.
—Tenemos que llamar a una ambulancia.
—No llames a nadie todavía.
—Estás sangrando.
—No es profunda. Necesito que me escuchen antes de hacer cualquier cosa.
Elena sujetó a Lucía por los hombros y la miró con una intensidad que le hizo olvidar por un momento la herida. Tenía las pupilas demasiado abiertas y pequeñas manchas de lodo alrededor de los labios, como si hubiera caído de cara sobre la tierra.
—Puede venir alguien —continuó—. Es posible que ya esté cerca de la casa.
—¿Quién?
—No lo sé.
Otro relámpago convirtió las ventanas en rectángulos blancos. Elena miró hacia ellas y bajó la voz.
—Cuando regresaba, vi a una mujer parada en medio de la carretera. No se movió aunque toqué el claxon, así que intenté esquivarla y terminé fuera del camino. El coche cayó en una zanja. Me golpeé la cabeza y estuve inconsciente unos minutos, pero cuando desperté había alguien agachado junto a mi puerta.
—¿La mujer? —preguntó Simón.
Elena apretó la toalla contra la herida.
—Tenía mi cara.
Lucía esperó que su madre añadiera algo que hiciera razonable aquella afirmación; quizá que había visto su reflejo sobre el cristal roto o que el golpe la había desorientado. Elena, sin embargo, continuó observándola con una seriedad absoluta.
—Estaba usando mi ropa y tenía sangre aquí —explicó, señalando su ceja izquierda—. Cuando logré salir por la otra puerta, comenzó a perseguirme. No corría como una persona, pero tampoco se cansaba. La perdí entre los árboles y vine caminando desde la carretera.
Simón buscó la mano de Lucía.
—Mamá, estás asustándolo.
—Necesito que tenga miedo, porque esa cosa sabe dónde vivimos.
—¿Cómo podría saberlo?
—Porque antes de que yo escapara me preguntó por ustedes.
Lucía sintió que los dedos de Simón se cerraban con más fuerza alrededor de los suyos.
—¿Qué preguntó?
Elena volvió a mirar hacia la puerta.
—Dijo: “¿Cuál de los dos me recuerda mejor?”.
Durante los siguientes veinte minutos, Lucía limpió la herida de su madre mientras Simón permanecía sentado frente a ellas, con el inhalador viejo apoyado sobre las piernas. Elena se negó a ir al hospital y tampoco quiso llamar a la policía. Aseguró que había dejado el teléfono dentro del coche y que primero necesitaban comprobar que nadie la hubiera seguido.
—Tenemos cámaras en la entrada —recordó Lucía.
Elena levantó la vista demasiado rápido.
—No las revises.
—¿Por qué?
—Porque quizá ya esté ahí.
—Precisamente por eso deberíamos revisarlas.
—No quiero que la vean hasta que yo sepa qué es.
Lucía conocía aquella forma de hablar. Su madre la utilizaba cuando intentaba ocultar su miedo bajo una instrucción, como si convertir el pánico en una regla pudiera volverlo manejable. La había escuchado años atrás, cuando su padre dejó de regresar a casa, y también durante la noche en que encontraron abierta la ventana de la habitación de Simón, aunque todos recordaban haberla cerrado.
A las 10:41, alguien volvió a tocar la puerta.
Fueron tres golpes idénticos a los primeros.
Elena se puso de pie y dejó caer la toalla. La herida había dejado de sangrar, pero el corte seguía abierto sobre la ceja derecha.
—Apaguen las luces —ordenó.
—¿Mamá? —dijo Simón.
—Ahora.
Lucía apagó la lámpara de la sala. Los tres permanecieron inmóviles mientras la lluvia golpeaba el techo y el agua corría por las canaletas con un sonido parecido al de varias personas arrastrando los dedos sobre la casa.
Desde el patio llegó la voz de Elena.
—Lucía, abre la puerta.
Simón se cubrió la boca.
La mujer que estaba dentro de la casa retrocedió hasta quedar junto a la pared.
—No le respondan.
La voz exterior volvió a llamar.
—Simón, sé que estás ahí. Necesito el inhalador, campeón. Me lastimé y no puedo respirar bien.
Lucía se acercó a la ventana lateral y apartó apenas la cortina.
Su madre estaba de pie bajo la lluvia.
Llevaba el mismo impermeable amarillo, el mismo pantalón oscuro y uno de los zapatos cubierto de lodo. La única diferencia visible era la herida, que atravesaba la ceja izquierda en lugar de la derecha.
La mujer levantó el rostro y miró directamente hacia la rendija de la cortina.
—Lucía, la mujer que está con ustedes no es su madre.
La verdadera Elena, o la primera de las dos, se acercó por detrás y cerró la cortina.
—No vuelvas a mirarla.
—Es igual a ti.
—No soy igual a ella.
Desde el patio, la segunda mujer comenzó a golpear con más fuerza.
—Tuve un accidente en la carretera. Cuando desperté, otra mujer había tomado mis llaves y mi teléfono. La vi venir hacia la casa. Por favor, no dejen que se quede con ustedes.
Lucía miró a la mujer que tenía a su lado.
—Dijiste que habías dejado el teléfono dentro del coche.
Elena llevó instintivamente una mano al bolsillo del impermeable. El movimiento fue pequeño, pero Lucía alcanzó a verlo.
—Lo dejé ahí.
—Ella dice que tú lo tomaste.
—Está intentando confundirte.
—Enséñame tus bolsillos.
—Lucía, no tenemos tiempo para esto.
—Enséñamelos.
Elena introdujo las manos y sacó las llaves de la casa, un paquete de pañuelos húmedos y un teléfono con la pantalla rota. Era el teléfono de su madre; Lucía reconoció la funda transparente, amarillenta en los bordes, y la fotografía de ella y Simón que aparecía en el fondo.
—Lo encontré en el camino —explicó Elena—. No quería decírtelo porque sabía cómo iba a parecer.
La mujer del patio dejó de golpear.
—Pregúntale dónde escondiste el dinero de la excursión —dijo a través de la puerta.
Lucía sintió que algo se contraía en su estómago.
Cuando tenía doce años, tomó dinero de la cartera de su madre para pagar una excursión escolar. Elena había dicho que no podían permitírsela y Lucía, avergonzada de reconocerlo ante sus amigas, escondió los billetes dentro de un libro de recetas. Su madre los encontró, pero nunca se lo contó a nadie, ni siquiera a Simón.
—En el libro azul de la abuela —respondió la mujer que estaba dentro—. Entre la receta del pastel de naranja y la del pan de elote.
La voz de afuera contestó al mismo tiempo:
—Debajo de la fotografía de tu primera comunión.
Ambas respuestas eran correctas. La fotografía estaba guardada entre aquellas dos recetas.
—Puede escuchar lo que pensamos —dijo la mujer interior—. Cada vez que recuerdas algo, ella también lo recuerda.
—Eso es mentira —respondió la otra—. Ella está aprendiendo con cada pregunta que haces. No le cuentes nada más.
Simón comenzó a llorar en silencio.
Lucía llevó a su hermano hasta la cocina y cerró la puerta, dejando a la primera Elena en la sala.
—Tenemos que llamar a la policía —dijo Simón.
—Eso voy a hacer.
—¿Cuál es mamá?
—No lo sé.
—La que está dentro llegó primero.
—Eso no significa nada.
Lucía marcó el número de emergencias. La llamada tardó en conectarse y, cuando una operadora respondió, la comunicación se interrumpió varias veces por la tormenta. Lucía explicó que su madre había tenido un accidente y que había una desconocida intentando entrar a la casa, aunque evitó decir que ambas mujeres eran idénticas.
—Las unidades no pueden cruzar el puente en este momento —explicó la operadora—. El cauce desbordó la carretera. Permanezcan dentro, no permitan que nadie ingrese y mantengan la línea disponible.
—¿Pueden buscar el coche de mi mamá?
—Necesito la ubicación aproximada.
Lucía se la dio. Antes de terminar, escuchó un chasquido y la llamada se cortó.
Simón estaba mirando hacia la puerta de la cocina.
—Mamá no usa la mano derecha.
—¿Qué?
—La que está adentro tomó la toalla con la derecha.
—La herida está de ese lado. Tal vez le duele mover el otro brazo.
—Mamá es zurda.
—No. Escribe con la derecha.
—Porque la maestra la obligó cuando era niña. Para todo lo demás usa la izquierda.
Lucía intentó recordar a su madre cortando verduras, sosteniendo la taza de café o aplicándose maquillaje frente al espejo, pero cada imagen cambiaba de lado en cuanto creía haberla fijado. Algunas veces sostenía el cuchillo con la izquierda y otras con la derecha; en ciertos recuerdos tenía un lunar debajo del ojo izquierdo, aunque al imaginarla en la sala aparecía bajo el derecho.
Volvieron con la primera mujer.
—¿Con qué mano escribes? —preguntó Simón.
Elena miró sus propios dedos.
—Con la derecha.
—¿Y para cocinar?
—Depende.
—Mamá siempre abre las latas con la izquierda.
—Eso no es verdad.
Desde el patio, la otra mujer golpeó suavemente el cristal.
—Simón tiene razón. Escribo con la derecha, pero hago casi todo lo demás con la izquierda.
La mujer interior se acercó a la puerta.
—Lo acabas de escuchar.
—No podía oírlos desde afuera.
—Escuchas todo.
—Entonces pregúntales por la cicatriz.
Ambas mujeres levantaron una mano.
La primera tenía una cicatriz blanca en la palma derecha. La segunda mostró la misma marca en la izquierda.
—Me la hice cuando Lucía tenía cinco años —dijo la mujer exterior—. Se rompió una pecera y metí la mano para sacar el pez antes de que se quedara sin agua.
—La cicatriz estaba en la derecha —afirmó la primera.
—En la izquierda —dijo Simón.
—En la derecha —respondió Lucía.
Los hermanos se miraron.
Lucía recordaba a su madre con la mano vendada mientras sostenía el plato con la izquierda. Simón estaba seguro de haber visto la venda en el lado contrario durante las fotografías de su cumpleaños. Buscaron aquellas imágenes en el teléfono y encontraron una en la que Elena aparecía detrás del pastel, con una mano envuelta en gasa.
Cuando Lucía amplió la fotografía, la venda estaba en la derecha.
Simón tomó el teléfono.
—Está en la izquierda.
—No, mira bien.
—La estoy viendo.
Lucía recuperó el aparato. La venda volvía a estar en la derecha.
La primera Elena se lo quitó y arrojó el teléfono sobre el sofá.
—Ya entró en sus recuerdos. Eso es lo que hace.
—Tú tienes su teléfono —dijo la mujer exterior—. Eres tú quien está cambiando las fotografías.
—Basta —gritó Lucía.
Las dos mujeres guardaron silencio.
La lluvia había inundado parte del patio y el agua comenzaba a filtrarse por debajo de la puerta. La segunda Elena temblaba bajo el impermeable. Sus labios habían adquirido un tono violáceo y la sangre continuaba descendiendo por el lado izquierdo del rostro.
—No podemos dejarla ahí —dijo Simón.
—No vamos a abrirle —respondió la primera.
—Se puede morir.
—Eso es lo que quiere que pienses.
Lucía recordó el pequeño cuarto de lavado, al que se podía entrar desde el patio y que estaba separado de la cocina por una puerta de cristal con cerradura. Podían permitir que la segunda mujer se refugiara sin darle acceso al resto de la casa.
La primera Elena se opuso.
—En cuanto cruce una puerta, ya no podremos sacarla.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque cuando estaba junto al coche me pidió permiso para acercarse. No pudo tocarme hasta que respondí.
Desde afuera, la otra mujer negó con desesperación.
—Ella fue quien me dijo exactamente lo mismo.
—Si la dejamos bajo la lluvia podría morir —insistió Simón.
La primera mujer miró a su hijo y algo cambió en su expresión. Por primera vez desde que había llegado, dejó de parecer asustada y mostró una frialdad breve, casi imperceptible.
—Si abres esa puerta, quizá no vuelva a llamarte hijo.
Simón retrocedió.
Lucía tomó la llave del cuarto de lavado y permitió que la segunda Elena entrara. Después cerró la puerta interior y comprobó dos veces la cerradura. Las dos mujeres quedaron separadas por el cristal: una dentro de la cocina y otra rodeada de escobas, detergentes y ropa húmeda.
Durante las siguientes horas, los hermanos las interrogaron.
Les preguntaron por la primera palabra de Simón, el nombre de la muñeca que Lucía enterró en el jardín y el sitio donde su padre había olvidado las llaves la última noche que vivió con ellos. Ambas conocían las respuestas, aunque nunca coincidían del todo.
Para la primera mujer, Simón había dicho “agua”; para la segunda, había dicho “Lena”, porque todavía no sabía pronunciar mamá. Una recordaba que la muñeca llevaba un vestido rojo y la otra aseguraba que era azul. Según una, su padre abandonó las llaves sobre el refrigerador; según la otra, las dejó dentro de la puerta antes de marcharse.
Lucía comenzó a comprender que las respuestas no se dividían al azar. La primera mujer recordaba las cosas como ella. La segunda las recordaba como Simón.
—Tú sabes lo que yo sé —le dijo Lucía a la mujer de la cocina.
—Porque soy tu madre.
Simón miró a la mujer encerrada en el cuarto de lavado.
—Y tú sabes lo que yo recuerdo.
—Porque también soy tu madre, campeón.
—No pueden serlo las dos.
La segunda Elena apoyó una mano en el cristal.
—Tal vez ustedes nunca conocieron a la misma.
A las dos de la mañana, la primera mujer preparó chocolate caliente. Sabía cuánto azúcar prefería Lucía y dejó la taza de Simón enfriándose junto a la ventana, tal como su madre hacía desde que una vez se quemó la lengua. La segunda observó cada movimiento desde el cuarto de lavado y comenzó a cantar una canción que Elena utilizaba cuando alguno de los dos tenía fiebre.
La melodía era la misma, pero la letra cambiaba.
Lucía recordaba: “Duerme mientras la casa te cuida”.
Simón recordaba: “Duerme mientras tu madre te cuida”.
Las dos mujeres cantaron al mismo tiempo, cada una pronunciando una versión diferente, hasta que las palabras comenzaron a mezclarse dentro de la cocina.
—¿Qué pasa cuando amanezca? —preguntó Lucía.
La primera Elena dejó de cantar.
—Ella tendrá que irse.
—¿Y si no quiere?
—Entonces dejará de necesitar mi cara.
La mujer del cuarto de lavado sonrió con tristeza.
—Te está preparando para que me entregues. Cuando salga el sol, la que no haya sido elegida tendrá que regresar al lugar donde ocurrió el accidente.
—¿Qué lugar?
—No lo sé. Solo recuerdo haber despertado ahí y sentir que algo intentaba separar mis recuerdos, como si estuviera buscando la manera de hacer otra persona con ellos.
La primera mujer golpeó el cristal.
—Está mintiendo.
La segunda no apartó la mirada de Lucía.
—Pregúntale qué sucedió realmente con su padre.
El silencio que siguió fue distinto a los anteriores. Lucía sintió que aquella pregunta no buscaba comprobar un recuerdo, sino abrir algo que su madre había mantenido cerrado durante años.
—Papá nos abandonó —dijo Simón.
—Eso les conté porque eran pequeños —respondió la mujer del lavadero—. Su padre regresó una noche. Había estado bebiendo y quiso llevarse a Lucía. Discutimos en el patio, me empujó y cayó contra el borde del depósito de agua.
—Cállate —ordenó la primera.
—Murió antes de que pudiera llamar a alguien. Tuve miedo y lo enterré debajo del limonero.
Simón negó con la cabeza, pero Lucía recordó la única ocasión en que preguntó por qué su madre nunca permitía que nadie cavara cerca de aquel árbol. Elena había respondido que las raíces eran delicadas.
—¿Es verdad? —preguntó Lucía.
La primera mujer no respondió.
—Las dos lo sabemos —continuó la segunda—, porque no somos nosotras quienes guardamos el recuerdo. Eres tú.
La luz se apagó antes de que Lucía pudiera contestar.
Algo golpeó el cristal del cuarto de lavado. Simón gritó y buscó a su hermana en la oscuridad, pero unas manos húmedas se cerraron alrededor de su brazo. Lucía encendió la linterna del teléfono y vio que la puerta de cristal estaba abierta.
Las dos mujeres se encontraban dentro de la cocina.
Una sujetaba a Simón y la otra intentaba separarlo de ella. Eran tan parecidas que la herida sobre la ceja dejó de servir como referencia; la sangre y el agua les cubrían ambos lados del rostro, mientras las manos se mezclaban alrededor del cuerpo del niño.
—¡Lucía, ayúdame! —gritó una.
—¡No la escuches, ayúdame a mí! —repitió la otra con la misma voz.
Simón logró soltarse y cayó junto a la mesa. Las mujeres se abalanzaron una contra la otra, arañándose el rostro y arrancándose mechones de cabello con una violencia que no parecía producirles dolor. Lucía tomó una silla y la interpuso entre ellas.
—¡Basta!
Las dos se detuvieron.
—Vamos a elegir —dijo Lucía, aunque apenas podía respirar—. Pero la que no sea nuestra madre tendrá que salir.
Simón la miró desde el suelo.
—¿Cómo vamos a saberlo?
Lucía pensó en todas las preguntas que les habían hecho y comprendió que ninguna podría resolverlo. Cualquier recuerdo que mencionaran pertenecería a uno de ellos y, en cuanto lo pronunciaran, ambas mujeres podrían utilizarlo.
Solo podían elegir aquello que ya conocían.
Lucía tomó la mano de la mujer con la herida en la ceja derecha. Era quien había llegado primero, quien recordaba la cicatriz como ella y quien sabía dónde había escondido el dinero de la excursión.
Simón se aferró a la otra.
—Ella es mamá —dijo.
—No podemos quedarnos con las dos.
—Tú eliges a esa porque recuerda lo que tú recuerdas.
—Y tú haces lo mismo.
—Entonces que cada una se quede con uno.
Las mujeres intercambiaron una mirada. Por un instante, ambas sonrieron.
Fue una sonrisa pequeña, idéntica y demasiado rápida para que Simón pareciera notarla.
Lucía tiró de su hermano.
—No. Somos una familia y vamos a elegir juntos.
La primera Elena se arrodilló frente a Simón.
—No te pediría que abandonaras a tu hermana.
La segunda permaneció junto al cuarto de lavado.
—Yo tampoco.
Sin embargo, fue ella quien abrió la puerta hacia el patio.
—Si necesitan que me vaya para sentirse seguros, lo haré —dijo—. Prefiero que me recuerden como su madre a obligarlos a quererme.
Simón intentó seguirla, pero Lucía lo sujetó. La mujer salió bajo la lluvia y caminó hacia el jardín sin mirar atrás. Cuando llegó al limonero, se volvió por última vez.
—Cuando descubran que se equivocaron, no dejen que les haga preguntas.
La primera Elena cerró la puerta.
—Ya terminó —aseguró.
Simón lloró hasta quedarse dormido en el sofá. Lucía permaneció despierta junto a la ventana, observando el jardín. La otra mujer continuaba de pie bajo el limonero, inmóvil entre la lluvia, con el rostro dirigido hacia la casa.
Poco antes de las cinco, el teléfono volvió a tener señal.
Entró una llamada del número de emergencias y Lucía contestó antes de que el primer timbre despertara a su hermano.
—¿Señorita Lucía Salgado?
—Sí.
—Localizamos el vehículo de su madre cerca del kilómetro doce. Necesitamos que permanezca dentro de su domicilio hasta que llegue una unidad.
Lucía observó a la mujer sentada en la cocina. Elena sostenía una taza entre las manos y parecía escuchar cada palabra, aunque el teléfono no estaba en altavoz.
—Mi mamá ya llegó.
La operadora guardó silencio.
—¿A qué hora?
—Como a las diez y cuarto. Tuvo que caminar desde el coche.
—Señorita, encontramos a una mujer dentro del vehículo.
Lucía sintió que la habitación se inclinaba.
—No puede ser.
—Los paramédicos determinaron que murió a consecuencia del impacto. Por el estado del cuerpo, calculan que el accidente ocurrió poco después de las nueve.
Lucía miró hacia el jardín. La segunda mujer ya no estaba bajo el árbol.
La Elena de la cocina dejó la taza sobre la mesa.
—¿Qué dijeron? —preguntó Simón, que acababa de despertar.
Lucía bajó lentamente el teléfono.
—Mamá murió en el accidente.
La mujer sentada frente a ellos no pareció sorprendida.
—Lo sé —respondió.
La puerta del patio se abrió detrás de Lucía.
La segunda Elena entró sin que nadie le hubiera quitado el seguro. Ya no temblaba y la herida de su frente había desaparecido. Ambas mujeres se acercaron hasta quedar una junto a la otra.
—No vinimos a reemplazarla —explicó la primera—. Una madre es demasiado difícil de conservar. Tiene recuerdos de demasiadas personas y cada una la imagina de manera distinta.
—Entonces, ¿qué quieren? —preguntó Lucía.
La segunda mujer miró a Simón.
—Alguien más sencillo.
Lucía comprendió por qué todas las preguntas se habían dividido entre ellos y por qué cada mujer recordaba únicamente la versión de Elena que uno de los hermanos llevaba dentro. No estaban demostrando cuál era la verdadera. Habían estado aprendiendo.
—Corran —alcanzó a decir.
Las luces volvieron a apagarse.
Cuando Lucía recuperó el conocimiento, estaba acostada sobre un espacio angosto, rodeada de polvo y tablas húmedas. Intentó incorporarse, pero tenía las muñecas atadas. Simón respiraba a su lado, todavía inconsciente. Por encima de ellos se escuchaban pasos y el sonido amortiguado de varias personas hablando.
Estaban debajo del piso de la sala, dentro del espacio donde su madre guardaba cajas viejas y documentos.
Lucía acercó el rostro a una rendija.
La tormenta había terminado y la luz gris del amanecer entraba por las ventanas. Un policía se encontraba junto a la puerta. Frente a él había dos niños.
Uno tenía el rostro de Simón.
La otra era Lucía.
La copia llevaba su ropa, su cabello y hasta la pequeña cicatriz que se había hecho en la barbilla cuando tenía seis años. Sonreía de la misma manera que ella sonreía cuando intentaba parecer tranquila frente a un adulto.
—Encontramos el cuerpo de su madre dentro del coche —dijo el policía—. Recibimos una llamada informando que dos mujeres habían entrado en esta casa. ¿Hay alguien más con ustedes?
La falsa Lucía negó con la cabeza.
—Nos asustamos por la tormenta. Creo que la operadora entendió mal.
Debajo del piso, Lucía comenzó a golpear las tablas con los talones. El sonido retumbó dentro de la sala.
El policía levantó la mirada.
—¿Qué fue eso?
La copia de Simón observó directamente hacia la rendija. Después sonrió con la expresión dulce y avergonzada que utilizaba el verdadero Simón cuando estaba a punto de contar una mentira.
—Las tuberías hacen ruido cuando llueve.
—¿Están seguros de que su madre no regresó anoche?
La falsa Lucía se acercó a su hermano y le tomó la mano.
—Mamá no llegó dos veces, oficial.
La copia de Simón mantuvo los ojos fijos en el lugar donde los verdaderos hermanos permanecían atrapados y añadió, casi en un susurro:
—Nosotros sí.
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