Una mujer ilumina una rejilla de ventilación mientras el rostro de un niño la observa desde el techo.

Tiempo de lectura estimado

13–19 minutos

La primera noche, Camila creyó que el niño corría sobre el techo.

Escuchó sus pasos poco después de la una de la madrugada, cuando estaba acostada y el edificio llevaba varias horas en silencio. Eran pisadas pequeñas, rápidas y descalzas que atravesaban la recámara de un extremo a otro, se detenían justo encima de la cama y regresaban hacia la sala. Después rodó algo sobre el piso superior, quizá una canica o una pelota de vidrio, hasta chocar con una pared.

Camila abrió los ojos y miró el techo.

Había elegido aquel departamento precisamente porque estaba en el último piso. Después de pasar tres años debajo de una familia con dos perros, un adolescente aficionado a los videojuegos y una aspiradora que funcionaba todos los domingos a las siete de la mañana, había prometido que nunca volvería a vivir con alguien encima.

El anuncio del departamento lo decía con claridad: séptimo piso, último nivel, acceso directo a la terraza.

La mañana siguiente salió al pasillo y comprobó el número de la puerta. 702. Frente al elevador, una placa metálica indicaba que la escalera continuaba únicamente hacia la azotea.

Supuso que algún animal habría cruzado el techo.

La segunda noche escuchó mover una silla.

El sonido comenzó a las 12:48 y se repitió con intervalos regulares. Una silla era arrastrada sobre el techo, alguien se sentaba durante unos segundos y después volvía a levantarse. Más tarde aparecieron otros ruidos: platos colocados sobre una mesa, un grifo abierto, el cierre brusco de un cajón y una mujer que parecía caminar de un lado a otro mientras tarareaba la misma melodía.

Camila apagó el televisor y contuvo la respiración.

La canción era apenas un murmullo que descendía a través del plafón. No reconoció las palabras, pero la cadencia tenía algo doméstico y triste, como una canción utilizada para dormir a un niño.

Entonces llegaron los pasos del hombre.

A diferencia de las pisadas infantiles, aquellas eran lentas y pesadas. Comenzaron sobre la puerta principal y avanzaron hacia el lugar donde la mujer tarareaba. Ella dejó de cantar. Se escuchó una conversación demasiado amortiguada para distinguir las palabras y después un golpe seco que hizo vibrar la lámpara de la sala.

El niño comenzó a llorar.

Camila tomó el teléfono y abrió el chat de la administración.

Hay muchísimo ruido en el departamento de arriba. Parece que están peleando.

Don Rogelio respondió cinco minutos después.

Licenciada, arriba de usted está la azotea.

Ella escribió de nuevo.

Entonces hay gente en la azotea. Escucho a un niño.

La respuesta tardó un poco más.

La puerta permanece cerrada durante la noche. Mañana reviso.

Los ruidos terminaron cerca de las dos. Primero se detuvo el llanto del niño. Después algo pesado fue arrastrado hasta el extremo de la sala y la casa de arriba quedó completamente en silencio.

Don Rogelio subió a las nueve de la mañana. Era un hombre bajo y meticuloso que administraba el edificio desde antes de que Camila naciera. Llevaba un manojo de llaves sujeto al cinturón y una libreta donde anotaba desde los recibos pendientes hasta el horario en que los residentes sacaban la basura.

—Debe ser el tinaco —explicó mientras miraba el techo—. Cuando cambia la presión, las tuberías se mueven.

—Las tuberías no corren.

—Hay gatos en los edificios de al lado. A veces saltan a la azotea.

—También escuché a una mujer y a un hombre.

Don Rogelio sonrió con paciencia.

—El sonido viaja de maneras extrañas. Quizá venía del departamento de abajo.

—Parecía estar encima de mí.

—Eso siempre parece.

Camila insistió en subir a la azotea. Don Rogelio abrió la reja de las escaleras y la acompañó hasta una superficie de concreto cubierta por depósitos de agua, antenas y tendederos vacíos. No había puertas adicionales, ventanas ni alguna construcción donde pudiera vivir una familia. El techo de su departamento se encontraba directamente debajo de ellos.

—¿Ve? —dijo el administrador—. No hay vecinos arriba.

Camila observó la posición de los tinacos.

—¿Alguien puede entrar durante la noche?

—Solo yo tengo llave.

—Entonces revise las cámaras.

—La escalera no tiene cámara. Nunca ha sido necesario.

Don Rogelio cerró la reja cuando bajaron. Antes de guardar las llaves, Camila notó que una de ellas era distinta a las demás: larga, negra y cubierta por una capa de óxido. El administrador la ocultó dentro del bolsillo en cuanto se dio cuenta de que ella la observaba.

Los ruidos continuaron durante toda la semana.

Cada noche comenzaban casi a la misma hora, pero no repetían exactamente la misma secuencia. Algunas veces el niño corría durante varios minutos; otras permanecía sentado sobre la recámara de Camila, dejando caer canicas que rodaban de un extremo al otro. La mujer cocinaba, abría armarios y tarareaba su canción. El hombre siempre llegaba al final.

Cuando sus pasos aparecían, los demás sonidos se detenían.

Camila grabó varias noches con el teléfono. En los audios podían distinguirse los golpes y el arrastre de los muebles, pero las voces quedaban reducidas a un murmullo grave. Se los mostró a Don Rogelio.

—Podría ser cualquier cosa —respondió.

—No es el tinaco.

—No puedo inventar un departamento donde no existe.

—La anterior inquilina, ¿nunca se quejó?

El administrador cerró la libreta.

—La señorita Rebeca era una mujer complicada.

—¿Qué significa eso?

—Pensaba que la observaban. Cambió tres veces la cerradura y llamó a la policía porque encontraba objetos fuera de lugar.

—¿Y por qué se fue?

—No me avisó. Dejó algunas cosas y nunca regresó por ellas.

—¿Denunciaron su desaparición?

—No desapareció. Decidió marcharse.

Don Rogelio bajó la voz.

—Le aconsejo que no convierta los problemas de otra persona en los suyos.

Aquella noche, Camila visitó a la mujer del departamento 602. La señora Amparo vivía exactamente debajo de ella y debía escuchar cada uno de sus movimientos.

—Perdone que la moleste —dijo Camila—. Quería preguntarle si durante la noche escucha ruidos arriba.

La anciana entrecerró los ojos.

—Arriba vive usted.

—Me refiero a pasos, muebles o un niño corriendo.

—A veces la escucho caminar.

—Yo no tengo hijos.

La señora Amparo sostuvo su mirada y después abrió un poco más la puerta.

—La muchacha que vivía antes también preguntaba por un niño.

—¿Rebeca?

—No sé cómo se llamaba. Era muy delgada y siempre parecía cansada.

—¿Qué le dijo?

La anciana miró hacia las escaleras antes de responder.

—Que el niño le hablaba por la ventilación.

Camila sintió que la piel de los brazos se le erizaba.

—¿Qué le decía?

—No me lo contó. Solo preguntó si yo también podía escucharlo.

—¿Y usted qué respondió?

—Que no.

La señora Amparo comenzó a cerrar.

—¿Realmente no lo escuchaba?

La mujer se detuvo.

—En este edificio conviene no responder cuando alguien habla desde un lugar donde no debería haber nadie.

Cerró la puerta.

A las 2:06 de la madrugada, una canica cayó dentro del baño.

Camila estaba despierta en la cama cuando escuchó el golpe contra el lavabo y después varios rebotes sobre la cerámica. Encendió todas las luces y encontró una pequeña esfera roja junto al desagüe. No había ventanas abiertas y la rejilla de ventilación permanecía atornillada sobre el muro, casi a la altura del techo.

Tomó la canica. Estaba tibia.

Sobre el vidrio había marcas pequeñas, como si alguien la hubiera mordido repetidamente.

Camila acercó una silla y examinó la rejilla. El conducto estaba oscuro, pero al iluminarlo con el teléfono distinguió varias líneas dibujadas sobre el metal. Parecían casas infantiles: cuadrados con ventanas, techos triangulares y figuras tomadas de las manos.

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En todos los dibujos aparecía un niño entre dos adultos.

—¿Hola? —preguntó.

Algo se movió dentro del conducto.

Camila estuvo a punto de bajar de la silla cuando escuchó una voz.

—¿Encontraste mi pelota?

Era un niño. Parecía hablar desde varios metros arriba.

Camila se quedó inmóvil.

—¿Quién eres?

—Nicolás.

—¿Dónde estás?

—En mi casa.

—¿Tus papás están contigo?

El niño tardó en responder.

—Mamá está sentada.

—¿Y tu papá?

—Todavía no llega.

Camila miró hacia la puerta del baño.

—Nicolás, ¿cómo llegaste arriba de mi departamento?

—Siempre hemos vivido aquí.

—No hay ningún departamento arriba.

El niño rio, aunque la risa no sonó alegre.

—Eso dice papá para que nadie suba.

—¿Necesitas ayuda?

Del conducto llegó un roce apresurado.

—No digas eso fuerte.

—Puedo llamar a la policía.

—No dejes que papá te escuche.

La voz se alejó. Unos segundos después comenzaron las pisadas pesadas sobre el techo.

Nicolás regresó al conducto y habló con tanta rapidez que Camila apenas logró entenderlo.

—No le digas que me respondiste. Se enoja cuando alguien de abajo habla conmigo.

Una puerta se cerró arriba.

El niño contuvo un sollozo.

—Ya llegó.

El conducto quedó en silencio.

Camila llamó a emergencias. Dos policías llegaron media hora después, acompañados por Don Rogelio, quien llevaba el cabello despeinado y la camisa abotonada de forma incorrecta. Los agentes revisaron el baño, retiraron la rejilla y alumbraron el interior del conducto.

—Sube unos dos metros y gira hacia el extractor general —explicó uno de ellos—. Es imposible que una persona esté ahí.

—Escuché a un niño.

—La ventilación conecta con otros departamentos.

—El niño dijo que vive arriba.

Don Rogelio se cruzó de brazos.

—Le expliqué que no hay nada arriba.

Camila mostró la canica y los dibujos, pero uno de los policías sugirió que podrían haber sido hechos por trabajadores durante alguna reparación. Subieron a la azotea, inspeccionaron los depósitos y comprobaron que la reja no hubiera sido forzada.

—No encontramos a nadie —dijo el agente—. Si vuelve a escuchar una discusión, llame y trate de grabarla.

—Ya la grabé.

—Necesitamos algo que nos permita identificar una amenaza concreta.

—Un niño encerrado arriba de un lugar que no existe me parece bastante concreto.

El policía guardó la libreta.

—Esta noche podría quedarse con algún familiar.

Don Rogelio esperó a que los agentes se marcharan.

—No vuelva a hablar por la ventilación —dijo.

Camila se volvió hacia él.

—Usted sabe que hay algo arriba.

—Sé que la acústica de este edificio afecta a algunas personas.

—¿Por eso la anterior inquilina desapareció?

—La anterior inquilina abrió cosas que no le correspondían.

El administrador bajó la mirada hacia la canica.

—Si vuelve a encontrar algo, tírelo por la ventana.

—¿Qué hay arriba?

Don Rogelio no respondió. Salió del departamento y cerró la puerta.

Camila colocó un mueble frente al baño y tapó la ventilación con varias capas de cinta. Después llamó a su madre y le preguntó si podía quedarse unos días con ella, aunque evitó explicarle la razón.

—Ven cuando quieras —respondió Teresa—. Esta casa sigue siendo tuya.

—Quizá mañana.

—¿Estás bien?

Camila miró hacia el techo.

—No he dormido mucho.

—Entonces ven ahora.

—Es tarde.

—Precisamente por eso. No quiero que conduzcas mañana después de otra noche sin dormir.

Camila prometió preparar una maleta y salir en cuanto amaneciera.

A las 3:11, la mujer de arriba comenzó a gritar.

No fue una discusión amortiguada como las noches anteriores. El primer alarido atravesó el techo con tal fuerza que Camila sintió que ocurría dentro de su sala. Después escuchó muebles caer, platos romperse y al niño suplicando.

—¡Papá, no!

Hubo un golpe.

La lámpara se balanceó.

Camila llamó de nuevo a la policía mientras tomaba sus llaves y corría hacia la puerta. La operadora pidió que permaneciera dentro del departamento hasta que llegara una unidad.

Entonces el niño comenzó a golpear la ventilación.

—¡Camila!

Ella se detuvo.

Era la primera vez que Nicolás pronunciaba su nombre.

—¿Cómo sabes cómo me llamo?

—Mamá ya no se mueve.

El niño respiraba con dificultad.

—Papá la va a bajar. Siempre las baja cuando dejan de moverse.

—¿Qué significa eso?

—Ayúdame a salir antes de que regrese.

La cinta sobre la rejilla comenzó a despegarse desde adentro.

Camila retiró el mueble y arrancó las capas de cinta. Cuando acercó el teléfono, vio la cara de Nicolás detrás del conducto. Era un niño de ocho o nueve años, con el cabello oscuro pegado a la frente y los ojos demasiado hundidos.

—No cabes por aquí —dijo ella.

—Hay otra puerta.

—¿Dónde?

—En tu clóset. Mamá la encontró, pero papá la subió antes de que pudiera abrirla.

La llamada con emergencias continuaba activa. La operadora repetía que una patrulla estaba en camino, pero Camila dejó el teléfono sobre el lavabo y corrió a la recámara.

Retiró la ropa del clóset. Al fondo había una placa rectangular cubierta con varias capas de pintura. Nunca la había notado porque sus bordes coincidían con las uniones del plafón. Introdujo un desarmador y desprendió una esquina.

Del otro lado había oscuridad.

Camila retiró el panel completo y encontró una escalera plegable que ascendía hacia un espacio sobre el techo. El hueco despedía un olor a humedad, comida rancia y flores marchitas.

—Nicolás —llamó.

—Estoy aquí.

La voz llegaba desde arriba.

Camila desplegó la escalera.

El espacio superior no podía existir. Desde la azotea hasta el techo de su departamento no había más de medio metro, pero la escalera ascendía varios metros antes de terminar en otra habitación.

Camila subió.

Emergió dentro de un clóset idéntico al suyo. La distribución del departamento de arriba era la misma, aunque los muebles parecían pertenecer a otra época. Las paredes estaban cubiertas por papel tapiz amarillento, las ventanas habían sido selladas con tablas y un reloj detenido marcaba las 3:11.

La mesa del comedor estaba preparada para tres personas.

Una mujer permanecía sentada de espaldas.

Llevaba un vestido azul y tenía las manos apoyadas junto al plato. Camila se acercó con cautela.

—¿Señora?

La mujer no se movió.

Camila rodeó la mesa y reconoció su rostro.

Era Rebeca, la antigua inquilina del 702.

La había visto en una fotografía pegada a una caja que todavía recibía correspondencia. Tenía los ojos abiertos, la piel grisácea y una sonrisa forzada mediante hilos oscuros que atravesaban las comisuras de sus labios.

—No la mires —susurró Nicolás.

El niño apareció detrás de una puerta. Era más pequeño de lo que Camila había imaginado y vestía un pijama cubierto de manchas. Sostenía otra canica roja entre los dedos.

—Tenemos que irnos —dijo ella.

Nicolás observó a la mujer sentada.

—Ella prometió quedarse.

—Está muerta.

—Por eso papá necesita otra mamá.

Los pasos pesados comenzaron en el extremo del departamento.

Cada pisada hundía ligeramente el piso. Desde alguna habitación llegó la respiración de un hombre, lenta y profunda.

Camila tomó al niño de la mano.

—Corre.

Atravesaron la sala. La puerta del pasillo se abrió detrás de ellos y una sombra ocupó toda la pared. Camila no volteó. Empujó a Nicolás dentro del clóset y lo ayudó a bajar por la escalera.

Una mano golpeó la puerta superior.

La madera se astilló.

—Más rápido —ordenó Camila.

Nicolás llegó al clóset inferior. Camila comenzó a descender, pero algo sujetó la escalera desde arriba y tiró de ella. Los peldaños se plegaron parcialmente. Camila cayó sobre la ropa y Nicolás cerró el panel antes de que la sombra pudiera atravesarlo.

Desde arriba llegó un rugido que recorrió las paredes.

—¡Vámonos!

Camila tomó el teléfono del baño. La llamada se había cortado. Alguien golpeaba la puerta principal, pero, cuando miró por la mirilla, vio a Don Rogelio en lugar de los policías.

—Abra, licenciada.

Nicolás retrocedió.

—Él le da las llaves.

Camila no respondió. Tomó al niño, salió por la puerta de servicio y bajó corriendo las escaleras. Don Rogelio comenzó a perseguirlos mientras gritaba que no podían sacar al menor del edificio.

Llegaron al estacionamiento y subieron al automóvil. Cuando Camila arrancó, vio al administrador detenerse junto a la entrada. No intentó seguirlos. Solo levantó el teléfono y miró hacia la azotea.

Algo grande se movía entre los depósitos de agua.

Camila condujo hasta la casa de su madre.

Teresa vivía en una construcción pequeña de un solo nivel, rodeada por un patio y árboles frutales. Abrió la puerta todavía en bata y observó al niño con desconcierto.

—¿Quién es?

—Se llama Nicolás. Necesitamos entrar.

—¿Qué ocurrió?

—Después te explico. Primero llama a la policía.

Teresa permitió que pasaran y cerró la puerta. Nicolás recorrió la sala con una atención silenciosa. Tocó los muebles, miró las fotografías familiares y se detuvo frente a la puerta de la habitación de Camila.

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—¿Ese era tu cuarto?

—Sí.

—¿Puedo dormir ahí?

—La policía viene en camino.

—Papá no deja que hable con la policía.

Teresa llevó a su hija hasta la cocina.

—Camila, ¿de dónde sacaste a este niño?

—Estaba encerrado en el edificio.

—¿Lo conocías?

—No.

—Entonces no puedes traerlo así. Tal vez sus padres lo están buscando.

Camila miró hacia la sala. Nicolás sostenía una fotografía de ella cuando era niña.

—Su madre está muerta.

—¿Viste el cuerpo?

Camila asintió.

Teresa tomó el teléfono.

—Voy a llamar otra vez. Tú quédate con él y no salgan.

Nicolás apareció en la entrada de la cocina.

—Tu mamá se parece a la mía.

—Mi mamá no se parece a Rebeca —respondió Camila.

El niño ladeó la cabeza.

—Rebeca no era mi mamá.

Desde el techo llegó el sonido de una canica rodando.

Los tres levantaron la vista.

La esfera atravesó la casa de un extremo al otro y se detuvo sobre la cocina.

—¿Tienes gatos? —preguntó Camila.

Teresa bajó lentamente el teléfono.

—Esta casa no tiene segundo piso.

Nicolás sonrió.

Ya no parecía asustado.

—No necesitábamos un departamento —explicó—. Solo necesitábamos que alguien me abriera.

Camila retrocedió.

—¿Quién eres?

—Nicolás.

—¿Dónde está tu verdadera madre?

El niño miró hacia el techo.

—Arriba.

—¿Quién era la mujer de la mesa?

—La última que me escuchó.

Las luces se apagaron.

Sobre sus cabezas comenzó a escucharse el movimiento de muebles. Una silla fue arrastrada. Varios platos quedaron sobre una mesa invisible y una mujer empezó a tararear la misma canción que Camila había oído durante tantas noches.

Después llegaron los pasos del hombre.

El techo crujió bajo su peso.

Teresa sujetó a su hija.

—¿Qué trajiste a mi casa?

Una línea rectangular apareció sobre el plafón de la cocina. La pintura comenzó a desprenderse y una puerta que nunca había estado ahí descendió lentamente, empujada desde el otro lado.

Nicolás se sentó a la mesa.

—No tengas miedo —dijo—. A papá le gusta que cenemos juntos la primera noche.

La puerta del techo se abrió.

Desde la oscuridad, una mano larga y gris comenzó a desplegar la escalera.

Nicolás levantó el rostro y sonrió.

—Papá —llamó—, ya encontré dónde vivimos.

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