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Tomás, un niño de 9 años, vivía en un pequeño pueblo en Michoacán. Era noviembre y, como todos los años, las calles estaban llenas de catrinas, altares, y flores de cempasúchil para celebrar el Día de Muertos. Sin embargo, ese año Tomás no se sentía tan emocionado como de costumbre.

Había escuchado a sus padres hablar en voz baja sobre problemas en la comunidad y situaciones de violencia en el pueblo. Aunque no entendía todo lo que decían, esas palabras le preocupaban y le causaban inquietud. Cuando llegó la noche, Tomás se acostó en su cama, pero le costaba mucho quedarse dormido.

—¿Por qué hay gente mala, mamá? —preguntó esa tarde, mirando a su madre con ojos llenos de duda.

Su mamá lo abrazó y le explicó que, a veces, la gente se equivoca o actúa sin pensar en el daño que causa. Pero no siempre es fácil de entender.

—Vamos a dormir, hijo. Mañana será un día mejor —le susurró, dándole un beso en la frente.

Tomás cerró los ojos, aunque aún sentía miedo en su corazón. Y así, mientras soñaba, comenzó su mágica aventura…

Cuando Tomás abrió los ojos, ya no estaba en su habitación. Estaba en medio de una calle llena de luces de colores, donde las calaveritas de azúcar, las catrinas y los alebrijes parecían cobrar vida. El olor a copal y cempasúchil lo envolvía, y todo parecía un poco… mágico.

—¡Tomás! —una voz fuerte y alegre lo llamó.

Frente a él, apareció una catrina alta y elegante, vestida con un rebozo morado y un sombrero lleno de plumas de colores. Su rostro pintado mostraba una sonrisa amigable y sus ojos brillaban con una chispa traviesa.

—¿Quién eres tú? —preguntó Tomás, sorprendido y un poco asustado.

—Soy Lupita, la Catrina Rebelde —respondió la catrina con una risa alegre—. Estoy aquí para enseñarte algo muy importante.

Antes de que Tomás pudiera responder, otras catrinas comenzaron a acercarse. Cada una llevaba colores distintos y una expresión distinta en sus rostros pintados. Lupita le guiñó un ojo y dijo:

—Nosotras, las Catrinas Rebeldes, tenemos una misión muy especial esta noche, Tomás. Queremos enseñarte sobre la paz y la importancia de crear un mundo donde todos vivan en armonía.

Tomás asintió, intrigado, mientras seguía a Lupita y las otras catrinas a través de las calles llenas de luces. Aunque al principio sentía un poco de miedo, la calidez de las catrinas le daba confianza.

Caminaron hasta llegar a una plaza, donde una catrina con un rebozo dorado los esperaba, sentada junto a una fuente de agua.

—Te presento a Doña Sofía, la Catrina de la Sabiduría —dijo Lupita.

—Hola, Tomás —dijo Doña Sofía con una sonrisa amable—. ¿Sabías que la paz comienza con el respeto a los demás? Cuando cada uno de nosotros trata a los demás con bondad, ayudamos a construir una comunidad fuerte.

Tomás la escuchaba atentamente. La Catrina de la Sabiduría le explicó cómo, en su vida, había ayudado a las personas de su pueblo a resolver conflictos hablando y buscando soluciones justas.

—Recuerda, Tomás: siempre es mejor hablar y escuchar a los demás antes de actuar con enojo o miedo —le dijo Doña Sofía mientras le daba una flor de cempasúchil.

Luego caminaron hacia un viejo árbol donde otra catrina los esperaba. Esta llevaba una capa roja brillante y una expresión decidida.

—Te presento a Carmen, la Catrina de la Valentía —dijo Lupita.

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—Hola, Tomás —dijo Carmen con voz firme—. La paz no siempre es fácil, pero requiere valentía. Hay momentos en los que necesitamos defender lo que es justo y no dejarnos llevar por el miedo.

Tomás miró a Carmen y preguntó:

—¿Y si siento miedo? ¿Cómo puedo ser valiente?

Carmen se agachó y lo miró a los ojos.

—El miedo es natural, Tomás. Pero ser valiente significa actuar a pesar del miedo. Defender la paz y ayudar a los demás son formas de ser valiente. No estás solo; siempre hay personas dispuestas a ayudarte.

Tomás asintió, guardando en su corazón las palabras de Carmen.

Finalmente, llegaron a una calle llena de niños jugando y riendo. Allí encontraron a una catrina con un vestido lleno de colores y una sonrisa gigante. Se llamaba Fabiola, la Catrina de la Amistad.

—¡Hola, Tomás! —dijo Fabiola alegremente—. La paz también se construye con amigos. Al compartir, ayudar y estar unidos, todos podemos vivir mejor. Cuando estamos juntos, no hay miedo que no podamos vencer.

Tomás sintió el calor de la amistad cuando Fabiola le dio la mano. Ella le explicó cómo, en su vida, había enseñado a los niños de su pueblo a cuidar unos de otros, a jugar sin pelear, y a entender que todos somos diferentes, pero cada uno tiene algo único para aportar.

—Recuerda, Tomás, la amistad y la paz siempre van de la mano —dijo Fabiola.

Después de pasar tiempo con las Catrinas Rebeldes, Tomás se sintió lleno de confianza y esperanza. Comprendió que, aunque a veces el mundo puede parecer un lugar complicado, siempre hay formas de crear paz, comenzando con actos pequeños de bondad y valentía.

—Gracias, Catrinas Rebeldes —dijo Tomás con una gran sonrisa—. Me enseñaron mucho sobre la paz y la importancia de estar unidos.

—Siempre que necesites recordar estas lecciones, piensa en nosotras —respondió Lupita, la primera catrina que había conocido—. La paz vive en el corazón de cada persona que decide actuar con amor y respeto.

Las catrinas se despidieron de Tomás, dándole cada una una flor de cempasúchil. Cuando finalmente abrió los ojos, se encontraba de nuevo en su habitación, con las flores en sus manos y una gran paz en su corazón.

A la mañana siguiente, cuando se despertó, Tomás fue corriendo a contarle a su mamá sobre su sueño y lo que las Catrinas Rebeldes le habían enseñado.

—¡Mamá, aprendí que la paz empieza en nosotros! —dijo Tomás, feliz y emocionado. Desde ese día, Tomás decidió ser un niño valiente, justo y amistoso, sabiendo que la paz es un tesoro que todos debemos cuidar juntos.

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