Una mujer ilumina su clóset mientras un hombre permanece escondido dentro de un espacio detrás de la pared.

El hombre que llegó a revisar la fuga sabía el nombre de Marina antes de que ella abriera la puerta.

—¿Señorita Marina Ortega? —preguntó desde el pasillo.

Ella lo observó por la mirilla. Llevaba una camisa gris de trabajo, pantalones oscuros y una caja metálica de herramientas que parecía demasiado pesada para sostenerla con una sola mano. No tenía logotipos visibles ni una identificación colgada al cuello, pero su aspecto era suficientemente ordinario como para no resultar amenazante: tendría poco más de cuarenta años, el cabello corto, algunas canas en la barba y la expresión cansada de quien había pasado el día entrando en departamentos ajenos.

—¿Quién lo busca?

—Mantenimiento. Reportaron una fuga que viene de su recámara.

Marina mantuvo puesta la cadena y abrió apenas unos centímetros.

—Yo no reporté nada.

—Fue el departamento de abajo. Tienen una mancha de humedad en el techo y, por la ubicación de las tuberías, creemos que viene de su baño o del muro del clóset. Solo necesito revisar la presión y tomar unas fotografías.

—La administración no me avisó.

El hombre dejó la caja en el suelo y sacó un teléfono con la pantalla estrellada. Fingió buscar algo durante unos segundos antes de mostrárselo, aunque Marina solo alcanzó a distinguir una conversación abierta y varias fotografías de manchas oscuras sobre una pared.

—Me dieron su nombre y el número del departamento. Si quiere, puedo regresar mañana, pero si la tubería se revienta durante la noche tendrán que abrir el muro completo.

Marina miró la hora. Eran las 6:42 de la tarde. El edificio todavía estaba lleno de ruidos: televisores encendidos, puertas que se cerraban, una licuadora funcionando en algún departamento y los pasos de un niño que corría en el piso superior. No parecía el momento en que alguien intentaría entrar por la fuerza.

Quitó la cadena.

—Solo será un momento.

—No tardaré más de cuarenta minutos.

El técnico limpió cuidadosamente las suelas antes de entrar. Agradeció el gesto de Marina cuando ella apartó una caja del pasillo y caminó directamente hacia la recámara, como si ya conociera la distribución del departamento.

—¿El baño está por aquí?

—Sí, al fondo.

El hombre abrió el grifo, dejó correr el agua y apoyó una mano sobre la pared. Después revisó el lavabo, la regadera y la tapa del depósito del inodoro. No parecía improvisar, aunque tampoco explicó qué estaba buscando. Marina lo siguió durante los primeros minutos y respondió algunas preguntas sobre la presión del agua, las reparaciones recientes y el tiempo que llevaba viviendo ahí.

—Tres meses —dijo ella.

—¿Vive sola?

La pregunta fue pronunciada con el mismo tono con que había preguntado si el agua caliente tardaba en salir.

Marina tardó un instante en responder.

—Mi hermana viene seguido.

—Se lo pregunto porque voy a cerrar la llave general y alguien podría abrir un grifo sin avisar. A veces los niños lo hacen.

—No hay niños.

—Entonces será más sencillo.

El hombre entró en la recámara y abrió el clóset. Apartó algunos vestidos, golpeó la pared del fondo con los nudillos y acercó el oído.

—Las tuberías pasan por aquí. Necesito revisar si hay humedad detrás del panel.

—¿Va a romperlo?

—No, estas placas pueden desmontarse. ¿Sabe dónde está la llave general de su departamento?

—En el pasillo de servicio, creo.

—Necesito que la cierre mientras reviso la presión. Está dentro de un gabinete rojo, junto a las escaleras. La suya debe ser la tercera válvula.

Marina dudó antes de dejarlo solo en la recámara.

—¿No puede hacerlo usted?

—Podría, pero necesito escuchar si cambia el flujo dentro del muro. Son dos minutos.

Tomó las llaves y salió al pasillo. El gabinete se encontraba al final del corredor y estaba cerrado con un pasador oxidado que le costó trabajo retirar. Las válvulas no tenían números, así que regresó al departamento para preguntarle cuál debía cerrar.

La puerta estaba entreabierta.

—¿Señor?

Nadie respondió.

Entró y recorrió el pasillo hasta la recámara. Las puertas del clóset estaban abiertas y su ropa se encontraba desplazada hacia un costado, pero el técnico ya no estaba ahí. Tampoco estaba en el baño ni en la cocina. La caja de herramientas había desaparecido.

Marina regresó a la entrada y se asomó al pasillo. El elevador permanecía detenido en la planta baja y la puerta de las escaleras se cerraba lentamente al fondo.

Supuso que el hombre había recibido otra llamada o que había ido a buscar alguna pieza. Esperó quince minutos antes de escribirle a Beatriz, la administradora del edificio.

¿Sabes si el técnico va a regresar? Dejó abierto el clóset y no me dijo si terminó.

Beatriz respondió casi de inmediato.

¿Qué técnico?

Marina sintió una incomodidad ligera, todavía demasiado pequeña para llamarla miedo.

El de la fuga. Dijeron que el departamento de abajo reportó humedad.

Los tres puntos aparecieron y desaparecieron varias veces antes de que llegara la respuesta.

Marina, no mandamos a nadie.

Llamó a Beatriz y le explicó lo ocurrido. La administradora subió acompañada por Octavio, el guardia del turno vespertino, un hombre cercano a los sesenta que conocía a todos los residentes y parecía sentirse personalmente ofendido cada vez que alguien entraba al edificio sin saludarlo.

—Nadie pasó por recepción —aseguró—. Yo no me he movido de ahí desde las cuatro.

—Entonces entró por el estacionamiento —dijo Marina.

—Necesitaría tarjeta.

—Tal vez siguió a algún vecino.

Octavio revisó la recámara, abrió el clóset y golpeó el panel que el supuesto técnico había examinado. Después inspeccionó las ventanas y el pequeño balcón de la sala.

—¿Le falta algo?

Marina buscó su computadora, las joyas que guardaba dentro de un cajón y el dinero de emergencia escondido en una caja de zapatos. Todo estaba en su sitio.

—No.

—Quizá se equivocó de edificio —sugirió Beatriz, aunque no parecía convencida—. Algunos administradores externos contratan técnicos por su cuenta.

—Sabía mi nombre.

—Pudo leerlo en el buzón.

—Los buzones tienen números, no nombres.

Octavio regresó a la sala y limpió con la manga una pequeña mancha de grasa junto al interruptor.

—Voy a revisar las cámaras.

El video mostraba a Marina entrando al edificio a las 6:11. Después, durante diecisiete minutos, la imagen del vestíbulo permanecía completamente congelada. Cuando la grabación continuaba, el reloj marcaba las 6:35 y una pareja esperaba frente al elevador. No había rastro del técnico.

Beatriz insistió en llamar a la policía.

Dos agentes llegaron cerca de las nueve. Revisaron cada habitación, miraron debajo de la cama, comprobaron los seguros de las ventanas y examinaron el panel del clóset con una linterna. Uno de ellos retiró un par de tornillos, pero la placa parecía formar parte del muro.

—Probablemente quería saber si vivía sola o identificar objetos de valor —explicó el agente—. Cambie la cerradura y no permita que vuelva a entrar nadie sin confirmar primero con la administración.

—¿Y si sigue en el edificio?

—El guardia revisará las áreas comunes.

—¿Y si puso una cámara?

El agente observó los detectores de humo y las rejillas de ventilación.

—No vemos nada fuera de lo normal, pero puede contratar una revisión especializada. Esta noche cierre bien y, si escucha cualquier cosa, llame de inmediato.

Marina durmió con una silla apoyada contra la puerta.

A la mañana siguiente encontró una taza dentro del fregadero.

No habría resultado extraño si no hubiera lavado los platos antes de acostarse. Era una taza blanca, decorada con pequeñas flores azules, que solía guardar en la parte alta de la alacena porque había pertenecido a su abuela. Todavía tenía una marca húmeda en el fondo y olía a café.

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Marina llamó a su hermana mientras recorría el departamento.

—¿Viniste anoche?

—Buenos días para ti también —respondió Irene.

—Te estoy preguntando en serio.

—No. ¿Por qué?

—Hay una taza sucia en la cocina.

—Quizá la dejaste tú.

—No la uso nunca.

Irene guardó silencio unos segundos.

—¿Tiene que ver con el hombre de ayer?

—No lo sé.

—Ve a mi casa.

—No voy a salir corriendo por una taza.

—No estás saliendo corriendo. Estás dejando un departamento al que entró un desconocido.

—La policía lo revisó.

—La misma policía que te dijo que cerraras bien y llamaras si escuchabas algo.

Marina prometió que pasaría la noche con ella si volvía a ocurrir algo extraño. Después tomó una fotografía de la taza, la lavó y salió a trabajar.

Al regresar, la cama estaba tendida.

Marina acostumbraba dejar las sábanas extendidas para que se ventilaran durante el día. Esa mañana había colocado las almohadas sobre una silla y doblado la cobija a los pies del colchón. Ahora la colcha cubría la cama sin una sola arruga y las almohadas estaban acomodadas en orden, con las fundas abiertas hacia la pared, igual que en los hoteles.

Revisó la puerta. La cerradura nueva no tenía marcas y la silla que había dejado inclinada contra el clóset seguía exactamente en el mismo sitio. Llamó a Beatriz, quien subió acompañada otra vez por Octavio.

—Nadie entró —aseguró el guardia—. Revisé las grabaciones desde que se fue esta mañana.

—Alguien tendió mi cama.

—Tal vez vino una persona con llave.

—Nadie más tiene llave.

Beatriz miró las almohadas y luego a Marina.

—Ayer pasaste por algo muy fuerte. Es posible que la hayas tendido sin recordarlo.

—Sé cómo dejé mi cama.

—No estoy diciendo que lo inventaras. Solo que quizá estás cansada.

La frase permaneció con ella después de que ambos se marcharon. Marina se preguntó cuántas cosas hacía diariamente sin prestar atención: cerrar una puerta, guardar una taza, acomodar una almohada. Tal vez el miedo había convertido gestos ordinarios en pruebas de algo que no existía.

Esa noche colocó su teléfono sobre un estante y activó una aplicación que grababa sonidos mientras dormía. La había descargado meses atrás para comprobar si apretaba los dientes, pero dejó de utilizarla porque todas las grabaciones contenían lo mismo: respiraciones, sábanas y algún automóvil pasando por la calle.

A las 3:26 de la madrugada, Marina despertó boca arriba.

La lámpara de la mesa estaba apagada, aunque recordaba haberla dejado encendida. El departamento permanecía en silencio y la puerta del clóset estaba ligeramente abierta.

Encendió la luz principal. No encontró a nadie.

La silla seguía colocada frente al clóset, pero ahora miraba hacia la cama.

Marina permaneció despierta hasta el amanecer. Cuando hubo suficiente luz, revisó la grabación de la aplicación. Durante las primeras horas solo escuchó su propia respiración. A las 2:41 apareció un ruido parecido al roce de madera contra tela y después una segunda respiración, más profunda y mucho más cercana al teléfono.

Marina subió el volumen.

—Hoy llegó tarde —susurró una voz masculina.

Durante varios segundos no ocurrió nada. Después se escuchó la voz de Marina, lenta y pastosa.

—Había tráfico.

—¿Quién sabe que vives sola?

—Mi hermana.

—¿Tiene llave?

—No.

—¿Alguien va a venir mañana?

—No sé.

El hombre guardó silencio. La cama crujió como si alguien acabara de acostarse junto a ella.

—Todavía no confías en mí —dijo la voz—, pero ya duermes cuando te lo pido.

Marina dejó caer el teléfono.

Irene llegó veinte minutos después. Escuchó la grabación sin interrumpirla y, cuando terminó, revisó la puerta, las ventanas y el clóset de la misma manera que lo había hecho la policía.

—Te vienes conmigo —dijo.

—Primero quiero saber cómo entró.

—No tienes que averiguarlo tú.

—Si me voy, va a desaparecer todo y nadie me va a creer.

—Yo te creo.

—Beatriz piensa que estoy confundida. La policía no encontró nada. Si quiero que hagan algo, necesito una imagen.

Irene intentó convencerla durante casi una hora, pero terminó acompañándola a comprar tres cámaras. Instalaron una en la sala, otra frente a la entrada y una tercera en la recámara, colocada de forma que pudiera captar la cama y el clóset. Configuraron las grabaciones para almacenarse en línea y enviaron a Irene el acceso remoto.

—Si ocurre cualquier cosa, no intentes enfrentarlo —le advirtió—. Me llamas, sales y esperas en el pasillo.

Marina asintió.

—Lo prometo.

Esa noche dejó todas las luces encendidas y colocó una botella vacía sobre la manija del clóset. Si alguien intentaba abrirlo, el plástico caería al suelo.

Durmió menos de una hora.

A las 2:58, el sonido de una notificación la despertó. La cámara de la recámara había perdido conexión. Marina se incorporó y miró el clóset. La botella continuaba en su sitio. Tomó el teléfono para revisar las otras cámaras, pero las tres aparecían desconectadas.

Después oyó una exhalación detrás de la pared.

No venía del pasillo ni del departamento vecino. El sonido surgía del interior del clóset, amortiguado por la ropa.

Marina llamó a Irene.

—Está aquí.

—Sal del departamento.

—Está detrás del muro.

—Marina, no revises. Toma tus llaves y sal.

Ella bajó de la cama sin dejar de mirar el clóset. La botella permanecía sobre la manija, pero la puerta izquierda estaba abierta apenas unos milímetros. Al acercarse percibió un olor tenue a sudor, metal y café recién preparado.

—Estoy llamando a la policía —dijo Irene—. Vete al pasillo.

Marina retrocedió, alcanzó las llaves de la mesa y corrió hacia la entrada. La cerradura giró, pero la puerta no se abrió. Alguien había colocado la cadena desde afuera del marco, pasándola por un pequeño tornillo añadido junto a la moldura. Tiró con ambas manos y gritó el nombre de Octavio.

Las luces se apagaron.

El departamento quedó iluminado únicamente por la pantalla del teléfono.

—¿Qué pasó? —preguntó Irene.

—Cortó la electricidad.

Desde la recámara llegó el golpe suave de una botella de plástico contra el suelo.

Marina abrió la puerta del departamento todo lo que permitió la cadena y gritó hacia el pasillo. Nadie respondió. Al otro lado, el elevador marcaba todos los pisos al mismo tiempo, como si el tablero hubiera perdido la señal.

—Métete al baño y cierra —ordenó Irene—. La policía ya va.

Marina corrió hasta el baño, aseguró la puerta y permaneció con la espalda apoyada contra ella. Escuchó pasos lentos dentro de la recámara y después el roce de algo pesado sobre el piso.

—Está caminando —susurró.

—No hables. Quédate conmigo.

Los pasos llegaron hasta el pasillo y se detuvieron frente al baño.

La manija bajó con cuidado.

Marina contuvo la respiración. La persona del otro lado no empujó ni intentó forzar la cerradura; solamente mantuvo la manija abajo durante varios segundos y después la soltó.

Los pasos se alejaron.

Cuando la policía llegó, doce minutos después, encontró la puerta principal cerrada con llave, pero la cadena había regresado a su posición normal. Revisaron el departamento y no encontraron a nadie. Las cámaras habían dejado de grabar durante cuarenta y tres minutos. Cuando la imagen regresó, Marina aparecía encerrada en el baño y la puerta del clóset estaba abierta.

—Tiene que haber una entrada por el muro —insistió ella.

Los agentes retiraron la ropa y examinaron el panel. Uno de ellos golpeó varias zonas y midió la pared desde el pasillo, pero aseguró que el espacio correspondía a una columna de instalaciones.

—No cabe una persona ahí.

—Yo escuché a alguien.

—Tal vez salió mientras usted estaba en el baño.

—La puerta tenía la cadena puesta.

—Cuando llegamos no la tenía.

Marina reprodujo el audio de la noche anterior y mostró el espacio vacío de las cámaras. Los agentes levantaron un nuevo reporte, pero no pudieron hacer más. Irene se quedó con ella hasta que amaneció y la obligó a preparar una maleta.

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—No vas a pasar otra noche aquí.

Marina accedió. Antes de marcharse quiso bañarse y cambiarse la ropa. Irene esperó en la sala mientras ella entraba en la recámara.

El clóset permanecía abierto. El panel del fondo tenía varios raspones alrededor de los tornillos, producidos por la revisión policial. Marina retiró un vestido y notó una pequeña perforación entre dos soportes metálicos, tan estrecha que podía haber sido causada por una polilla.

Se inclinó para mirar.

Del otro lado había un ojo.

Marina retrocedió con un grito. Algo se apartó detrás del panel y produjo un golpe sordo dentro del muro.

—Irene, llama a la policía.

Su hermana entró corriendo.

—¿Qué viste?

—Está ahí.

Irene examinó el orificio, pero solo encontró oscuridad. Entre las dos retiraron la ropa y comenzaron a aflojar los tornillos con una herramienta que la policía había dejado sobre la cómoda. El panel cedió después del cuarto tornillo y se inclinó hacia adelante.

Detrás había un pasadizo.

No era el espacio estrecho que habían imaginado, sino un hueco de mantenimiento de casi un metro de profundidad que continuaba hacia ambos lados del edificio. Varias tuberías atravesaban el muro y una escalera metálica descendía hasta una plataforma inferior. El aire que salía de ahí era tibio y olía a cuerpo encerrado.

—No entres —dijo Irene.

Marina encendió la linterna del teléfono.

En el fondo distinguió un colchón delgado, botellas de agua, latas abiertas y una lámpara portátil. Había una taza blanca con flores azules, todavía húmeda, junto a una caja metálica de herramientas.

—Es él.

—Salimos y esperamos a la policía.

Marina iba a retroceder cuando vio las fotografías.

Decenas de imágenes estaban sujetas a la pared con cinta adhesiva. En las primeras aparecía entrando al edificio, comprando café o esperando el autobús. Las siguientes habían sido tomadas desde el interior de su departamento: Marina cocinando, trabajando en la sala y cambiándose de ropa frente al clóset.

Las últimas mostraban su cama.

En una fotografía dormía boca arriba mientras el hombre permanecía acostado a su lado, observándola. En otra, él sostenía un mechón de su cabello entre los dedos. Había imágenes en las que le tocaba la mejilla, acomodaba su brazo sobre el pecho o acercaba el rostro al de ella como si ensayara un beso.

Debajo de las fotografías encontró bolsas transparentes con uñas recortadas, cabellos, cepillos de dientes y pequeños objetos que Marina llevaba semanas buscando. También había páginas arrancadas de su agenda, recibos de sus compras y hojas donde alguien había anotado sus horarios.

—Marina —dijo Irene desde la recámara—. Tenemos que irnos.

Ella dirigió la luz hacia el extremo contrario del pasadizo.

Las fotografías continuaban, pero la mujer que aparecía en ellas no era Marina. Era una joven de cabello rizado que había vivido en el departamento antes que ella; reconoció su rostro porque todavía llegaban algunas cartas a nombre de Mónica Salas.

Las primeras imágenes parecían normales. Mónica dormía, se bañaba o hablaba por teléfono. Después comenzaba a mirar hacia el clóset. En las últimas tenía los ojos abiertos y las muñecas sujetas frente al cuerpo.

La fotografía final mostraba el departamento vacío.

—Irene, llama ahora mismo.

No recibió respuesta.

Marina se volvió hacia la abertura.

—¿Irene?

La recámara estaba vacía.

Salió del hueco y encontró el teléfono de su hermana sobre la cama. La llamada a emergencias seguía activa, pero del altavoz solo llegaba una estática débil.

En el pasillo había una de las botas de Irene.

—No tenías que mirar todavía —dijo el hombre desde la sala.

Marina cerró la puerta de la recámara y empujó la cómoda contra ella. Después recogió el teléfono de su hermana.

—¿Dónde está?

—Está bien.

—Déjala ir.

—No fui yo quien la invitó.

La voz del hombre sonaba tranquila, casi decepcionada.

—Tú me abriste la puerta, Marina. Me dijiste dónde dormías, me enseñaste que vivías sola y luego cerraste la casa para que nadie pudiera entrar.

—La policía viene en camino.

—La policía ya vino dos veces.

Algo pesado golpeó la puerta. La cómoda se desplazó unos centímetros.

Marina regresó al clóset y entró en el pasadizo. Avanzó hacia la izquierda, apoyándose en las tuberías para no caer. El espacio continuaba detrás del baño y descendía hacia los departamentos inferiores. A intervalos regulares había pequeñas perforaciones desde las que podía verse el interior de otras habitaciones.

No era un escondite improvisado. El hombre podía recorrer el edificio sin utilizar los pasillos.

La puerta de la recámara se abrió detrás de ella.

Marina apagó la linterna y siguió avanzando en la oscuridad. Escuchó cómo él retiraba el panel y entraba.

—No tienes que esconderte —dijo—. Sabes que nunca te hice daño.

Marina encontró una barra metálica apoyada contra el muro y la sujetó con ambas manos.

—Me drogaste.

—Solo al principio. Después tu cuerpo aprendió.

—¿Dónde está mi hermana?

—No necesitabas traerla.

Los pasos se acercaron lentamente.

—Yo te cuidé cuando tuviste fiebre —continuó—. Te preparé comida cuando llegabas tarde y cerré las ventanas cuando comenzó a llover. Dormiste mejor conmigo que en los meses anteriores.

—Estás enfermo.

—Eso dijiste la primera noche. Luego me pediste que me quedara.

El hombre reprodujo una grabación. Marina escuchó su propia voz adormecida.

—Puedes quedarte —decía—. No quiero estar sola.

—No sabía que estabas ahí.

—Pero respondiste.

Cuando su silueta apareció al final del pasadizo, Marina levantó la barra y golpeó. Escuchó un grito, el choque del metal contra las tuberías y una serie de pasos desordenados. Aprovechó para correr en dirección contraria, pero el suelo descendía y la oscuridad ocultaba los cambios de nivel.

Tropezó cerca de la escalera.

Antes de caer, una mano se cerró alrededor de su tobillo.

Marina pateó, arañó y gritó el nombre de Irene. El hombre la arrastró hacia la plataforma mientras repetía que debía tranquilizarse, que los vecinos podían escucharla y que todo habría sido más sencillo si no hubiera abierto el panel.

Lo último que vio fue la luz de su teléfono iluminando una fotografía de Mónica atada dentro del mismo espacio.

Cuando despertó, no sabía cuánto tiempo había pasado.

Estaba acostada sobre el colchón, con las muñecas sujetas y una tira de tela alrededor de la boca. El panel del clóset había sido colocado de nuevo y apenas entraba luz por las perforaciones. Irene ya no estaba ahí.

Marina intentó gritar hasta que sintió la garganta desgarrada. Nadie respondió.

Durante los días siguientes, el hombre regresó en horarios irregulares. Le daba agua, dejaba comida y repetía que Irene estaba bien, aunque nunca permitió que la viera. A veces colocaba el teléfono de Marina frente a ella y le pedía que grabara mensajes. Si se negaba, apagaba la ventilación y la dejaba durante horas dentro de aquel aire espeso.

Marina terminó pronunciando lo que él quería.

—Necesito irme unos días —dijo frente a la cámara—. No quiero hablar con nadie. Estoy bien y me comunicaré cuando esté lista.

Después la obligó a grabar un mensaje para Beatriz explicando que rescindiría el contrato. Otro para su trabajo. Uno más para Irene, aunque Marina no entendió por qué debía enviárselo si su hermana continuaba supuestamente con vida.

El hombre limpió el departamento durante varios días. Marina lo escuchaba mover los muebles, aspirar y reparar el panel. Cuando Beatriz acudió para recibir las llaves, él reprodujo una grabación desde la sala para hacerle creer que Marina estaba dentro del baño.

—Lamento que te vayas así —dijo la administradora—. ¿Estás segura de que no quieres presentar otra denuncia?

La voz grabada de Marina respondió:

—Necesito comenzar en otro lugar.

—¿Y tu hermana?

Hubo una pausa demasiado larga antes de que el siguiente fragmento se reprodujera.

—Está conmigo.

Beatriz se marchó.

El departamento permaneció vacío durante lo que Marina calculó que fueron dos semanas. El hombre continuó visitándola, aunque cada vez con menos frecuencia. Una tarde dejó de traerle comida y ella pensó que finalmente la abandonaría ahí.

Al día siguiente escuchó voces.

—La recámara recibe mucha luz durante la mañana —explicaba Beatriz—. El departamento quedó disponible antes de lo previsto porque la inquilina anterior tuvo que mudarse por cuestiones familiares.

Otra mujer respondió que le gustaba el tamaño del clóset.

Marina comenzó a golpear el panel con los talones.

—¿Escuchaste eso? —preguntó la mujer.

—Son las tuberías —respondió Beatriz—. Hubo una fuga hace tiempo, pero mantenimiento ya la reparó.

Marina golpeó con más fuerza. Beatriz abrió el clóset y movió algunos ganchos, pero el panel permaneció firme.

—Los edificios viejos siempre hacen ruidos —añadió.

La nueva inquilina firmó el contrato esa misma tarde.

Durante varios días, Marina escuchó cómo trasladaban muebles, abrían cajas y acomodaban ropa en el clóset. La mujer se llamaba Paula. Hablaba frecuentemente por teléfono con su madre, cantaba mientras cocinaba y colocaba una alarma a las seis y media de la mañana.

Marina intentó advertirle golpeando las tuberías, pero Paula se limitaba a bajar el volumen de la música y escuchar durante unos segundos. Después continuaba con su vida.

Una tarde tocaron la puerta.

Marina reconoció la voz del hombre antes de escuchar las palabras.

—¿Señorita Paula Mendoza?

—Sí.

—Mantenimiento. Reportaron una fuga que viene de su recámara.

Marina comenzó a patear el panel con toda la fuerza que le quedaba.

—¿Qué es ese ruido? —preguntó Paula.

—La presión de las tuberías. Precisamente por eso vine.

—La administración no me avisó.

—Me dieron su nombre y el número del departamento. Si quiere puedo regresar mañana, pero, si la tubería se revienta durante la noche, tendrán que abrir el muro completo.

Marina golpeó otra vez.

El hombre encendió el taladro.

El ruido llenó el clóset y ahogó sus gritos. Paula dijo algo que Marina no logró escuchar y después comenzaron a moverse por la recámara.

En medio de la vibración, unos dedos fríos tocaron su muñeca desde la oscuridad que había detrás del colchón.

Marina dejó de gritar.

Había alguien más dentro del muro.

—No gastes la voz —susurró una mujer muy cerca de su oído—. Nunca nos escucha cuando enciende el taladro.

Marina intentó apartarse, pero la mano se cerró alrededor de la suya.

—¿Quién eres?

La mujer respiró con dificultad antes de responder.

—Mónica.

Del otro lado del panel, Paula abrió las puertas del clóset.

—¿Cuánto tiempo tardará?

El taladro se detuvo.

—No más de cuarenta minutos —respondió el hombre.

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