Renata observa desde su ventana al hombre que la persigue para obligarla a cambiar una reseña.

Tiempo lectura

22–33 minutos

La primera vez que Renata vio al hombre después de publicar la reseña, pensó que se trataba de una coincidencia.

Estaba sentado junto a la ventana de una cafetería, a tres calles de la agencia donde ella trabajaba. Tenía una taza entre las manos, una chamarra gris doblada sobre el respaldo y el mismo rostro tranquilo que aparecía en la fotografía de su perfil: cabello corto, barba recortada, ojos oscuros y una pequeña cicatriz sobre la ceja izquierda.

Renata lo reconoció porque había pasado casi una hora observándolo por el espejo retrovisor la noche anterior.

El hombre levantó la vista cuando ella cruzó frente al establecimiento. No sonrió ni hizo ningún gesto para saludarla. Únicamente la miró hasta que desapareció entre las personas de la banqueta.

Renata continuó caminando.

Había algo incómodo en encontrarlo tan cerca de su trabajo, pero la ciudad era grande solo cuando uno no conocía a nadie. En cuanto dos personas descubrían que frecuentaban la misma zona, parecía convertirse en una colección de calles repetidas.

Llegó a la oficina, encendió la computadora y abrió la aplicación de transporte. Su reseña continuaba publicada.

Una estrella. El conductor hizo preguntas personales, tomó una ruta diferente y se detuvo frente a mi edificio durante varios minutos después de que bajé. No me sentí segura.

La había escrito de madrugada, todavía con las cortinas cerradas y el recuerdo del automóvil estacionado bajo su ventana.

La aplicación mostraba la respuesta del conductor:

Lamento que la pasajera haya interpretado de esa manera un servicio realizado con respeto. La ruta fue modificada por obras y permanecí estacionado porque debía terminar el viaje en la aplicación. Tengo pruebas del recorrido completo.

Renata leyó la frase dos veces.

No era una respuesta agresiva. Eso la inquietó más.

Cerró la aplicación y trató de trabajar.

A la hora de la comida, el hombre ya no estaba en la cafetería.


El viaje había comenzado con una conversación ordinaria.

—¿Vienes del aeropuerto? —preguntó él después de guardar la maleta en la cajuela.

—Sí.

—¿Vacaciones?

—Trabajo.

—Debe ser cansado viajar sola.

Renata no respondió. Se colocó los audífonos sin reproducir música y miró por la ventana.

La fotografía de la aplicación lo identificaba como Iván R., conductor con más de mil viajes, calificación casi perfecta y decenas de comentarios que destacaban su amabilidad.

A mitad del trayecto abandonó la avenida principal.

—La aplicación marca por el otro lado —dijo Renata.

—Hay obras.

—No vi ningún aviso.

—Yo pasé por ahí hace una hora.

El automóvil entró en una colonia de calles estrechas y poco iluminadas. El mapa tardó unos segundos en recalcular la ruta.

—¿Vives sola? —preguntó Iván.

Renata se quitó un audífono.

—¿Perdón?

—Por la maleta. Pensé que quizá alguien te estaba esperando para ayudarte.

—No.

—Entonces sí vives sola.

Ella miró el seguro de la puerta.

Iván debió notarlo, porque sonrió a través del espejo.

—No te preocupes. Solo intento conversar.

Al llegar, Renata bajó antes de que él pudiera sacar la maleta. La tomó de la cajuela y entró apresuradamente al edificio.

Desde la ventana del departamento comprobó que el automóvil seguía afuera.

Cinco minutos.

Después diez.

Cuando finalmente se marchó, calificó el viaje.

No mencionó las preguntas ni la ruta porque quisiera perjudicarlo. Lo hizo pensando en la siguiente mujer que subiera al automóvil.

A las dos de la mañana recibió una notificación.

El conductor reportó un objeto olvidado.

Respondió que no había perdido nada.

Un minuto después llegó otra.

El conductor solicita ponerse en contacto contigo para devolver el objeto.

Renata rechazó la solicitud.

Antes de dormir revisó dos veces que la puerta estuviera cerrada.


La segunda aparición ocurrió en el supermercado.

Renata estaba eligiendo fruta cuando observó la cicatriz sobre la ceja izquierda al otro lado del pasillo. Iván vestía una playera azul y sostenía una caja de cereal. No llevaba carrito ni canasta.

Ella dejó las manzanas y caminó hacia las cajas.

Iván apareció detrás de ella.

No se acercó demasiado. Guardó una distancia correcta, como cualquier otro cliente. Cuando Renata giró, él señaló la banda donde colocaba sus compras.

—Se te olvidó esto.

Le entregó una bolsa de naranjas que no era suya.

—No son mías.

—Perdón. Pensé que sí.

La cajera miró a ambos.

—¿Se conocen?

—No —respondió Renata.

—La llevé una vez —dijo Iván—. Trabajo con una aplicación.

—Ah.

La cajera comenzó a registrar los productos.

Iván colocó la caja de cereal detrás de las compras de Renata.

—¿Por qué estás aquí? —preguntó ella.

—Vivo cerca.

—Ayer estabas cerca de mi trabajo.

—No sé dónde trabajas.

—Me viste.

—Vi a muchas personas.

Su voz permanecía tranquila. No había ironía ni amenaza.

—Deja de seguirme.

La cajera detuvo una botella antes de pasarla por el lector.

Iván levantó las manos.

—No te estoy siguiendo.

—Apareciste en mi trabajo y ahora estás aquí.

—No sé dónde trabajas —repitió—. Pero si te incomoda que esté en esta fila, puedo cambiarme.

Tomó su caja y se dirigió a otra caja.

Las personas alrededor miraron a Renata. Un hombre murmuró algo a su esposa y ambos sonrieron.

La cajera bajó la voz.

—A lo mejor sí fue coincidencia.

Renata pagó sin responder.

Al salir encontró un papel doblado debajo del limpiaparabrisas de su automóvil.

La reseña puede modificarse durante treinta días.

Corrió de vuelta al supermercado, pero Iván ya no estaba.

La cajera aseguró que lo había visto marcharse por otra puerta.

—¿Le dijo algo? —preguntó Renata.

—No. Solo compró su cereal.

—Dejó esto en mi coche.

La mujer leyó la nota.

—¿Cómo sabe que fue él?

Renata no supo qué contestar.


La aplicación cerró su reporte cuarenta y ocho horas después.

Revisamos el recorrido y no encontramos evidencia de una conducta contraria a nuestras políticas. El conductor permaneció en la zona durante cuatro minutos y treinta y ocho segundos después de finalizar el viaje. Esto puede ocurrir cuando la aplicación tarda en cerrar un servicio.

Renata respondió que Iván había descubierto dónde trabajaba y que la había seguido al supermercado.

El sistema le pidió pruebas.

Envió una fotografía de la nota.

No es posible determinar quién escribió o colocó este mensaje. Si consideras que estás en peligro inmediato, comunícate con las autoridades locales.

Su amiga Abril tampoco pareció convencida.

—No digo que estés inventando —aclaró durante la comida—. Solo que quizá te impresionó lo del viaje y ahora lo reconoces en todos lados.

—No lo reconozco en todos lados. Es el mismo hombre.

—Lo sé, pero vive por aquí. También trabaja manejando por toda la ciudad. Es probable que coincidan.

—Sabía cuál era mi coche.

—La aplicación muestra tu ubicación cuando te recoge.

—No llegué en mi coche.

Abril guardó silencio.

—Déjame ver su fotografía.

Renata abrió el perfil, pero la información del conductor ya no estaba disponible. El viaje aparecía asignado a Conductor no disponible.

—¿Ves?

—Quizá dejó la plataforma.

—Después de mil viajes y una calificación perfecta.

—Puede ser que lo hayan suspendido por tu reporte.

Esa posibilidad debería haberla tranquilizado.

No lo hizo.


Durante cuatro días, Renata no volvió a verlo.

Cambió su recorrido hacia la oficina, dejó de ir al supermercado y pidió a un cerrajero que reemplazara las cerraduras del departamento. También compró una cámara para colocar frente a la entrada.

El viernes, Iván estaba sentado en la recepción de la agencia.

Llevaba una camisa blanca, pantalones oscuros y una carpeta sobre las piernas. Hablaba con la recepcionista.

Renata se quedó inmóvil detrás de la puerta de cristal.

Iván levantó la mirada.

Esta vez sonrió.

No fue una sonrisa amplia ni perversa. Parecía la expresión cortés de alguien que reconoce a una persona con la que compartió un trayecto.

—Renata —dijo la recepcionista—. El señor viene para la vacante de mensajería.

—No puede estar aquí.

La sonrisa de Iván desapareció.

—¿Ocurre algo?

—Este hombre me está acosando.

La recepcionista alternó la mirada entre ambos.

—Él es el conductor del que les hablé.

Iván se levantó lentamente.

—Yo no sabía que trabajabas aquí.

—Ayer enviamos la vacante —explicó la recepcionista—. Encontró la publicación en internet.

—Claro que sabía.

—Puedo retirarme —dijo él—. No quiero causarle problemas.

—No te hagas el confundido. Fuiste a mi supermercado. Dejaste una nota en mi coche.

Iván palideció.

—Nunca he visto tu coche.

—Sabías que podía cambiar la reseña durante treinta días.

La recepcionista miró a Iván.

—¿Qué reseña?

Él bajó los ojos.

—La señorita calificó mal un viaje. Intenté responder por medio de la aplicación porque puede afectar mi trabajo, pero nunca la contacté fuera de ella.

—Mentiroso.

—Renata —intervino la recepcionista—, vamos a la sala de juntas.

—No. Llama a seguridad.

Iván recogió la carpeta.

—No es necesario. Me voy.

Pasó junto a Renata sin tocarla. Cuando llegó a la puerta, ella lo escuchó murmurar:

—Todavía quedan veintitrés días.

—¿Qué dijiste?

Él se volvió.

—Dije que tenga buen día.

—¡Acabas de decir que quedan veintitrés días!

Dos compañeros salieron de sus oficinas.

Iván miró a la recepcionista.

—No dije eso.

La cámara de recepción no tenía audio.

La grabación mostró a Renata acusando a un aspirante que permanecía a varios metros de ella. Después se veía al hombre marchándose mientras Renata le gritaba desde la entrada.

Su jefe le pidió que trabajara desde casa durante unos días.

Lo presentó como una medida para protegerla, pero Renata entendió que la estaban retirando a ella.


Iván comenzó a aparecer en lugares donde no tenía ninguna razón para estar.

En la farmacia, revisando los productos de un estante mientras ella esperaba una receta.

En una gasolinera del otro extremo de la ciudad, limpiando el parabrisas de otro automóvil.

En el estacionamiento de un centro comercial, inmóvil entre dos columnas.

En una fotografía publicada por Abril después de asistir a un concierto. Iván aparecía al fondo, desenfocado pero reconocible por la cicatriz.

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Siempre era él.

Siempre el mismo rostro.

Nunca utilizaba disfraces ni trataba de ocultarse. Cambiaba de ropa como cualquier persona que salía de casa, pero no modificaba el cabello, la barba ni la forma de caminar. Parecía querer asegurarse de que Renata lo reconociera.

Cuando ella intentaba tomar una fotografía, Iván giraba, entraba en algún establecimiento o quedaba oculto detrás de otra persona. Las imágenes que lograba capturar mostraban una silueta, una espalda o una parte del rostro demasiado distante para demostrar nada.

Lo peor era que nunca se acercaba.

No llamaba.

No enviaba mensajes.

No amenazaba con hacerle daño.

Su única exigencia había sido escrita en un papel que cualquiera podía haber colocado.

La reseña puede modificarse durante treinta días.

Abril comenzó a acompañarla.

Durante una semana no vieron a Iván.

—Tal vez ya terminó —dijo una noche.

—No terminó.

—Han pasado siete días.

—Está esperando a que pienses que estoy exagerando.

—Yo no pienso eso.

Renata la miró.

Abril sostuvo su mirada durante unos segundos y después revisó el teléfono.

A la mañana siguiente dijo que no podría continuar quedándose en el departamento. Necesitaba volver con su pareja.

Renata comprendió que Iván había conseguido algo sin dirigirle una sola palabra a Abril: hacer que acompañarla resultara agotador.

La soledad de Renata no fue producto de una orden.

Fue el cansancio de los demás.


La cámara de la entrada comenzó a enviar alertas a las tres de la madrugada.

Cada vez que Renata revisaba la transmisión, el pasillo aparecía vacío.

Primero pensó que detectaba insectos o cambios de iluminación. Después observó que las alertas ocurrían a la misma hora: 3:17, 3:42, 4:06.

En la tercera noche decidió permanecer despierta.

A las 3:17 recibió la primera notificación.

Abrió la transmisión.

El pasillo estaba vacío.

Aumentó el volumen y escuchó una respiración.

No provenía del exterior.

Estaba demasiado cerca del micrófono.

Renata salió del dormitorio y caminó hasta la puerta. Miró por la mirilla. No había nadie.

La cámara emitió otra alerta mientras ella la observaba desde dentro.

En la pantalla apareció Iván.

Estaba de pie frente a la puerta, mirando directamente al lente.

Renata volvió a mirar por la mirilla.

El pasillo continuaba vacío.

Regresó al teléfono.

Iván seguía ahí.

Comprendió que no estaba viendo una transmisión en vivo.

Alguien había sustituido el video de la cámara por una grabación.

En la pantalla, Iván levantó una mano y mostró cinco dedos.

Después el sistema se desconectó.

Renata llamó a la policía.

Dos agentes revisaron el pasillo, las escaleras y la azotea. No encontraron a nadie. Uno de ellos examinó la cámara.

—Alguien pudo acceder a la cuenta —dijo.

—Fue él.

—¿Tiene una captura?

—Desapareció cuando el sistema se desconectó.

—Necesitamos algo que podamos identificar.

—La cámara lo identificó.

—Pero no tenemos el video.

—Yo lo vi.

El agente consultó las notas de reportes anteriores.

—¿Es el mismo conductor?

—Sí.

—¿Se ha comunicado con usted?

—No directamente.

—¿Ha intentado entrar?

—No.

—¿La ha amenazado?

Renata apretó los dientes.

—Quiere que cambie una reseña.

El agente dejó de escribir.

—¿Todo esto es por una calificación en una aplicación?

—Eso es lo que quiere que parezca.


A la mañana siguiente, Renata recibió un correo del administrador del edificio.

Varios vecinos habían reportado gritos, golpes y llamadas recurrentes a seguridad durante la madrugada. También se le informaba que un hombre había presentado una queja porque ella lo fotografió y siguió hasta su automóvil una semana antes.

El documento incluía el nombre completo de Iván.

Iván Robles Villarreal.

Renata buscó el nombre en internet.

Encontró una pequeña empresa de mensajería, un perfil profesional vacío y una demanda antigua por acoso. El expediente no estaba disponible, pero aparecía el nombre de la denunciante: Mariana Vázquez.

Localizarla tomó dos días.

Mariana contestó al quinto mensaje.

—No me escribas otra vez —dijo.

—Solo necesito saber si te hizo lo mismo.

—No sé de qué hablas.

—Iván Robles. Lo denunciaste.

Hubo un silencio prolongado.

—Retiré la denuncia.

—¿Por qué?

—Porque me equivoqué.

—¿También dejaste una reseña?

Mariana colgó.

Minutos después envió un enlace.

Era el perfil de un taller mecánico. Entre cientos de comentarios positivos aparecía una reseña escrita por ella cuatro años atrás.

Excelente atención. El señor Iván fue paciente, respetuoso y profesional. Cinco estrellas.

Renata volvió a llamarla.

—¿Qué habías escrito antes?

Mariana comenzó a llorar.

—Una estrella.

—¿Por qué?

—Encontré un rastreador en mi coche después de llevarlo al taller.

Renata sintió que las paredes del departamento se acercaban.

—¿Te siguió?

—A todas partes.

—¿Cómo lograste que se detuviera?

—Cambié la reseña.

—¿Y después?

Mariana respiró junto al teléfono.

—No se detuvo de inmediato. Dijo que tenía que asegurarse de que la nueva reseña pareciera sincera.

—¿Qué significa eso?

—Empecé a llevarle clientes. Convencí a mi familia de utilizar el taller. Publiqué fotografías. Respondí comentarios de otras personas. Durante casi un año hice todo lo que me pidió.

—¿Por qué no lo denunciaste otra vez?

—Porque para entonces él tenía videos míos siguiéndolo, gritándole en lugares públicos y esperando afuera de su casa. Hizo que pareciera que yo lo acosaba.

Renata recordó cada ocasión en que había corrido detrás de Iván con el teléfono levantado.

—¿Dónde está el rastreador?

—No vas a encontrarlo.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque no necesita uno.

Mariana bajó la voz.

—Tú le estás diciendo dónde estás.

—No publico mi ubicación.

—Aplicaciones de comida, transporte, tiendas, ejercicio, fotografías de tus amigos, calendarios compartidos. No tiene que entrar a tus cuentas. Solo necesita conocer a alguien que tenga acceso a una parte.

—¿Cómo consigo que pare?

—Cambia la reseña.

—No pienso hacerlo.

—Entonces deja de dormir.

Antes de colgar, Mariana añadió:

—Y no vuelvas a buscarme. Yo ya pagué mi estrella.


Renata eliminó todas sus aplicaciones. Cambió de teléfono, canceló sus tarjetas y abandonó temporalmente el departamento. Se instaló en un hotel que pagó en efectivo y no le contó a nadie dónde estaba.

La primera noche durmió seis horas.

La segunda encontró un sobre debajo de la puerta.

Dentro había una impresión de la reseña.

Al final, alguien había escrito:

Quedan once días.

Renata corrió hacia la recepción.

El empleado revisó las cámaras. Un hombre con gorra había entrado detrás de una familia y había subido por las escaleras. La imagen no mostraba su rostro.

—Es él —dijo Renata.

—No podemos asegurarlo.

—Mire cómo camina.

—Señorita, la grabación no muestra la cara.

—Yo sé que es él.

El empleado retrocedió ligeramente.

Renata se dio cuenta de que estaba gritando.

Abandonó el hotel antes del amanecer.

Durante los días siguientes apenas durmió. Comenzó a confundir movimientos reflejados en ventanas con la silueta de Iván. Se detenía en medio de las calles para observar automóviles estacionados. Entraba en baños públicos y esperaba hasta una hora antes de salir.

Pero cuando realmente aparecía, no había duda.

El mismo rostro.

La misma cicatriz.

La misma mirada paciente.

En una ocasión lo vio sentado dentro de un autobús que avanzaba en dirección contraria. Iván pegó la mano al cristal y levantó cuatro dedos.

Cuatro estrellas faltantes.

Renata corrió detrás del vehículo hasta que perdió el equilibrio y cayó sobre la calle. Varias personas la ayudaron a levantarse. Ella intentó explicar que el hombre del autobús la perseguía, pero el vehículo ya había desaparecido.

Alguien grabó el incidente.

El video circuló en redes sociales con el título: Mujer corre detrás de un autobús y asegura que un pasajero la persigue.

En los comentarios, varias personas se burlaron.

Otras sugirieron que necesitaba ayuda psiquiátrica.

Iván respondió desde una cuenta sin fotografía:

Ojalá encuentre el apoyo que necesita.

Renata reconoció su manera de escribir.

Nadie más quiso creerle.


Su jefe le concedió una licencia después de que Renata acusara al nuevo mensajero de trabajar para Iván. El hombre nunca había escuchado su nombre, pero llevaba una carpeta idéntica a la que Iván sostuvo durante la entrevista.

Abril dejó de contestar después de recibir una llamada de la policía.

Iván había solicitado una orden de protección.

Presentó videos de Renata siguiéndolo dentro del supermercado, fotografías tomadas afuera de su empresa de mensajería y fragmentos de la discusión en la agencia. También entregó mensajes donde ella lo llamaba acosador y amenazaba con “hacer que todos supieran quién era”.

Renata no recordaba haber enviado algunos.

Su antiguo teléfono había permanecido varias horas dentro del automóvil la noche del supermercado.

—Él me está persiguiendo —explicó al abogado—. Todo lo que tiene ocurrió porque yo intentaba conseguir pruebas.

—Desde afuera, parece lo contrario.

—Porque eso es lo que preparó.

—¿Puede demostrarlo?

—Mariana puede testificar.

Mariana negó conocerla.

Envió una declaración donde aseguraba que Renata la había hostigado para inventar una acusación contra Iván.

La reseña del taller desapareció ese mismo día.


Cuando faltaban veinticuatro horas para que terminara el plazo, Renata regresó al departamento.

Las plantas estaban secas. Había correspondencia acumulada y un olor húmedo que no reconoció. Revisó cada habitación, debajo de la cama, el interior de los armarios y el espacio detrás de las cortinas.

No encontró a nadie.

Se sentó frente a la computadora y abrió la reseña.

El botón para editar continuaba disponible.

El cursor parpadeaba al final de su texto.

Durante casi una hora no escribió nada.

Después borró cada palabra.

Seleccionó cinco estrellas.

Excelente servicio. El conductor fue respetuoso, amable y profesional. La ruta fue modificada por obras. Mi primera impresión estuvo equivocada y lamento cualquier problema que haya causado.

Presionó publicar.

Esperó.

El departamento permaneció en silencio.

A las doce de la noche se cumplió el plazo. Renata se asomó por la ventana. No había automóviles detenidos ni hombres observando desde la banqueta.

Durmió por primera vez sin dejar las luces encendidas.

A las 3:17 despertó.

Iván estaba sentado en una silla junto a la cama.

No llevaba máscara ni guantes. Vestía la misma camisa blanca de la agencia. La luz del exterior atravesaba las persianas y dividía su rostro en franjas.

Renata intentó gritar, pero él colocó un dedo sobre los labios.

—Si gritas, los vecinos escucharán —dijo—. Y ya sabemos lo que piensan de ti.

Ella retrocedió hasta tocar la pared.

—La cambié.

—Lo vi.

—Entonces vete.

Iván sacó el teléfono y abrió la reseña.

—No parece sincera.

—Es lo que querías.

—Dice que tu primera impresión estuvo equivocada. Eso significa que todavía piensas que hubo algo que interpretar.

—Puedo cambiarla otra vez.

—El plazo terminó.

Renata comenzó a llorar.

—¿Qué quieres de mí?

Iván observó el dormitorio. Había fotografías de amigos, libros apilados y ropa que ella no había guardado antes de marcharse.

—Quería saber cuánto tiempo tardarías en comprender que una estrella no es una opinión —respondió—. Es una acusación. Las acusaciones tienen consecuencias.

—Me seguiste.

—Tú me buscaste en internet, localizaste a una mujer relacionada conmigo, fuiste a mi empresa y me fotografiaste en lugares públicos. Tengo una orden que dice que tú eres quien debe mantenerse alejada.

—Apareciste en todos esos lugares.

—Eso dices tú.

—Entraste a mi casa.

—¿Cómo vas a demostrarlo?

Renata miró la cámara situada sobre la cómoda.

Iván siguió su mirada.

—Está desconectada desde hace tres semanas.

Se levantó y dejó un pequeño objeto sobre la cama. Era la batería de la cámara.

—No fue la primera vez que entraste.

—No.

—¿Cuántas veces?

Iván sonrió.

—Las suficientes para que no vuelvas a sentirte sola aquí.

Renata se cubrió la boca para contener un sollozo.

—¿Qué tengo que hacer para que termine?

Él colocó el teléfono frente a ella y activó la cámara.

—Cuenta la verdad.

—¿Cuál verdad?

—La que todos ya creen.

Iván le indicó dónde sentarse. Ajustó una lámpara, retiró del encuadre las cajas de medicamentos y le pidió que respirara antes de comenzar.

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Renata grabó seis veces.

En la primera lloraba demasiado.

En la segunda miraba hacia la puerta.

En la tercera su disculpa no parecía convincente.

Iván le pidió que sonriera.

En la toma final, Renata miró directamente a la cámara y explicó que había atravesado una crisis de ansiedad. Dijo que confundió coincidencias con una persecución y que acusó injustamente a un conductor que solo había intentado ayudarla. Reconoció haberlo seguido, fotografiado y difamado. Terminó pidiendo disculpas a Iván, a la aplicación y a todas las personas que había preocupado.

—Otra vez —ordenó él.

—Ya lo hice.

—Dijiste “creí que me seguía”. Tienes que decir que nunca te seguí.

—Pero sí lo hiciste.

Iván apagó la grabación.

—Entonces todavía no estamos listos.

Permaneció sentado frente a ella hasta el amanecer.

No la tocó.

No tuvo que hacerlo.

A las seis y treinta, Renata repitió exactamente lo que él le indicó.

—Iván nunca me siguió. Nunca entró a mi casa y jamás me amenazó. Todo ocurrió en mi cabeza.

Esta vez sonrió al final.

Iván publicó el video desde el teléfono de Renata. También envió una copia a su jefe, a Abril, a la administración del edificio, a la policía y al abogado encargado de la orden de protección.

Después se levantó.

—Ya está —dijo.

—¿Terminó?

—Si mantienes esa versión.

Caminó hacia la puerta del dormitorio.

—¿Cómo entraste?

Iván dejó una llave sobre la cómoda.

Era una copia perfecta de la llave que el cerrajero le había entregado semanas antes.

—El hombre que cambió la cerradura es mi cuñado.

Renata recordó la primera vez que vio a Iván después del viaje, sentado en la cafetería frente a su trabajo. No había descubierto la dirección siguiendo su automóvil. La aplicación se la había proporcionado. No había encontrado el supermercado por casualidad. Probablemente había revisado las compras entregadas a su departamento. Tampoco había hallado el hotel mediante algún método sofisticado.

Personas ordinarias le habían dado pequeñas partes de su vida.

Nadie había visto el plan completo.

—¿Por qué yo? —preguntó.

Iván abrió la puerta.

—Porque escribiste la reseña.

—No. ¿Por qué hiciste todo esto por una reseña?

Él pareció pensar la respuesta.

—Porque las otras personas la cambian después del primer mensaje.

—¿Qué otras personas?

Iván no respondió.

Cuando salió, Renata esperó varios minutos antes de moverse. Después tomó la llave y corrió hacia la puerta principal.

El pasillo estaba vacío.

Bajó las escaleras descalza y salió a la calle.

Vio a Iván en la acera de enfrente.

—¡Iván!

Él se detuvo.

—¡Diles que estuviste aquí!

Varias personas voltearon.

Renata cruzó sin mirar el tránsito y lo sujetó de la camisa.

—¡Diles lo que hiciste!

Iván levantó las manos.

—Tiene prohibido acercarse a mí.

—¡Entraste en mi casa!

—Renata, aléjate.

—¡Me obligaste a grabar ese video!

Alguien llamó a la policía.

Iván no intentó liberarse. Dejó que Renata lo golpeara en el pecho, lo arañara y le arrancara un botón de la camisa. Cuando los agentes llegaron, ella todavía lo sujetaba.

El teléfono de Renata cayó sobre la banqueta.

La pantalla mostraba el video que acababa de publicar.

Iván nunca me siguió. Nunca entró a mi casa y jamás me amenazó. Todo ocurrió en mi cabeza.

Uno de los agentes la reconoció por los reportes anteriores.

—Señorita, tiene que soltarlo.

—¡Estuvo sentado junto a mi cama!

—La orden le prohíbe acercarse al señor Robles.

—¡Pregúntenle cómo entró!

Iván señaló la llave que Renata todavía sostenía.

—Esa es la llave de mi casa —dijo—. Desapareció hace varios días.

Renata la soltó.

Comprendió demasiado tarde por qué él se la había entregado.

Los agentes la esposaron.

Iván se tocó el arañazo del cuello y pidió que no presentaran cargos.

—Necesita ayuda —dijo—. No quiero empeorar las cosas.

La misma frase apareció en el informe policial.


Renata fue trasladada a una unidad de observación psiquiátrica después de intentar arrancarse las uñas para eliminar cualquier rastro que Iván pudiera utilizar. Durante la evaluación repitió que él entraba en su casa, manipulaba las cámaras y conocía cada lugar al que iba.

El video de su confesión estaba en todas partes.

Abril lo compartió con un mensaje sobre la importancia de hablar de salud mental. Su jefe agradeció públicamente que Renata reconociera el daño causado. La aplicación respondió que había revisado nuevamente el caso y que la cuenta de Iván permanecía en buenos términos.

La reseña de cinco estrellas recibió una respuesta.

Gracias por aclarar lo sucedido. Espero que recibas el apoyo que necesitas.

Cuando la psiquiatra preguntó si continuaba creyendo que Iván la perseguía, Renata comprendió que solo existía una respuesta que podía devolverle la libertad.

—No —dijo—. Nunca me persiguió.

—¿Y entró en su departamento?

—No.

—¿La obligó a grabar el video?

Renata negó lentamente.

—Todo ocurrió en mi cabeza.

La frase abrió la puerta que la verdad había mantenido cerrada.

Tres semanas después recibió el alta.

Abril fue a buscarla, pero Renata no quiso regresar al departamento. Se instaló temporalmente en casa de su amiga, dejó el teléfono apagado y evitó acercarse a las ventanas.

Durante varios días no vio a Iván.

Empezó a pensar que tal vez, por fin, había cumplido su parte.

Una tarde, mientras Abril se duchaba, Renata utilizó su computadora para revisar la aplicación. Buscó el perfil del conductor.

Iván había recuperado su fotografía, su nombre y su calificación.

5.0 estrellas.

Debajo aparecían reseñas recientes.

“Excelente conversación.”

“Muy amable y respetuoso.”

“Me hizo sentir segura durante todo el viaje.”

La última había sido publicada esa mañana por una usuaria llamada Carolina M.

Tenía una estrella.

El conductor hizo preguntas personales, tomó una ruta diferente y se quedó estacionado frente a mi casa después de que bajé. No me sentí segura.

Renata sintió que el corazón le golpeaba las costillas.

Abrió el perfil de Carolina. Encontró una fotografía, un lugar de trabajo y una publicación donde anunciaba que se había mudado recientemente.

Tenía que advertirle.

Escribió un mensaje, pero antes de enviarlo recordó la orden, el diagnóstico y el video. Si contactaba a otra pasajera, Daniel… No, Iván podría demostrar que seguía obsesionada con él.

Aun así escribió:

No estás exagerando. Yo te creo. No cambies la reseña. Guarda pruebas y no permitas que nadie te haga dudar de lo que viste.

Presionó enviar.

La respuesta llegó casi de inmediato.

¿Quién eres?

Renata comenzó a escribir, pero escuchó que la puerta principal se abría.

Abril todavía estaba en la ducha.

Pasos tranquilos avanzaron por la sala.

Renata cerró la computadora y se levantó.

Iván apareció en la entrada del comedor.

Llevaba una chamarra gris doblada sobre el brazo y sostenía una bolsa de comida. No intentó esconderse. Miró la computadora, después a Renata.

—Abril me invitó —dijo.

—Estás mintiendo.

—Hemos estado hablando desde que publicaste el video. Quería entender cómo podía ayudarte.

Renata retrocedió.

—Sal de aquí.

Iván dejó la bolsa sobre la mesa.

—No es tu casa.

Abril apareció en el pasillo, envuelta en una bata.

Al verlo, sonrió.

—Llegaste temprano.

Renata la miró sin comprender.

—¿Tú lo invitaste?

—Quería que pudiéramos hablar los tres.

—Él encontró a otra mujer.

—Renata…

—¡Acaba de hacerlo otra vez!

Abrió la computadora y buscó la reseña de Carolina.

Ya no estaba.

En su lugar aparecían cinco estrellas.

Excelente servicio. El conductor fue amable, respetuoso y profesional. Mi primera impresión estuvo equivocada.

Era exactamente el mismo texto que Iván le había obligado a publicar.

Renata comenzó a reír.

No porque fuera gracioso, sino porque algo dentro de ella acababa de romperse de una forma que ya no podía repararse. Se llevó ambas manos al rostro y continuó riendo hasta quedarse sin aire.

Abril intentó acercarse.

—No me toques.

—Solo queremos ayudarte.

—¿Cuánto tiempo llevas hablando con él?

—Unas semanas.

—¿Le diste la dirección del hospital?

Abril no respondió.

—¿Le dijiste cuándo me darían de alta?

—Estaba preocupado.

Renata miró a Iván.

—¿También vas a perseguirla a ella?

—Yo nunca perseguí a nadie.

—Claro que no.

Continuó riendo mientras las lágrimas le recorrían el rostro.

—Nunca estuviste en mi trabajo. Nunca fuiste al supermercado. Nunca entraste a mi habitación. Nunca me obligaste a decir nada.

Iván la observó en silencio.

—Todo ocurrió en mi cabeza —concluyó Renata.

Abril trató de abrazarla, pero Renata comenzó a gritar.

No dejó de hacerlo cuando llegaron los vecinos ni cuando llamaron a una ambulancia. Gritó durante el trayecto, en la sala de urgencias y mientras el personal sujetaba sus muñecas a la camilla.

Iván permaneció con Abril en la recepción.

Explicó la situación con paciencia. Mostró la orden de protección, los reportes anteriores y el video donde Renata reconocía que todo había sido producto de una crisis.

Los médicos le creyeron.

Todos le creían.

Antes de que el sedante hiciera efecto, Renata alcanzó a verlo detrás del cristal de la puerta. Iván sostenía el teléfono y le mostraba la pantalla.

Era el perfil de Carolina.

La reseña volvía a tener una estrella.

Carolina todavía se resistía.

Iván levantó cinco dedos.

Después señaló a Renata.

Ella comprendió el mensaje.

No había ido a visitarla ni a comprobar que mantuviera su versión. Había llevado a Abril hasta el hospital para aprender qué ocurría cuando una mujer tardaba demasiado en cambiar una reseña.

Renata golpeó los talones contra la camilla e intentó advertirles, pero su voz ya era pastosa y los médicos únicamente escucharon palabras inconexas.

Mientras perdía la conciencia, vio a Iván escribir algo en el teléfono.

A la mañana siguiente, Carolina recibió un mensaje enviado desde la cuenta de Renata:

Yo también creí que me perseguía. Estaba enferma y casi destruí la vida de un hombre inocente. Cambia la reseña antes de que termines como yo.

Carolina leyó el mensaje varias veces.

Después abrió la aplicación.

Seleccionó cinco estrellas.

E Iván dejó de visitar a Renata.

Ya no era necesario.

Ella se había convertido en la amenaza que utilizaría contra las siguientes.

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