Bebé juega con dos figuras de madera mientras sus padres lo observan con miedo.

Tiempo de lectura

20–30 minutos

La primera vez que Bruno imitó algo que todavía no había ocurrido, Elena pensó que se trataba de una coincidencia.

Estaban desayunando en la cocina. Andrés revisaba mensajes mientras sostenía una taza de café demasiado cerca del borde de la mesa y Bruno, sentado en su silla alta, golpeaba una cuchara contra la bandeja.

El niño tenía catorce meses. Aún no decía más de cinco palabras, pero llevaba varias semanas copiando los gestos de los adultos con una precisión que a todos les parecía adorable. Fruncía el ceño como su abuela, se acomodaba el cabello detrás de la oreja como Elena y fingía hablar por teléfono utilizando cualquier objeto rectangular que encontrara.

—Cada día se parece más a ti —comentó Elena.

Andrés levantó la mirada del teléfono.

—Pobre niño.

Bruno dejó la cuchara, extendió el brazo hacia una taza imaginaria y movió la mano como si algo se inclinara. Después abrió mucho los ojos, miró hacia el suelo y comenzó a llorar.

No había ocurrido nada.

—¿Qué te pasa? —preguntó Elena.

El niño señaló la taza de Andrés.

En ese momento, el teléfono vibró sobre la mesa. Andrés intentó atraparlo antes de que cayera, golpeó la taza con el antebrazo y derramó el café sobre sus piernas.

Soltó una maldición y se levantó de golpe.

Bruno lloró con mayor intensidad.

Elena tomó una servilleta y comenzó a secar la mesa.

—Lo asustaste.

—Él empezó a llorar antes.

—Porque vio la taza cerca del borde.

—Tiene catorce meses.

—Precisamente. Observa todo.

Andrés miró al niño. Bruno repitió el movimiento de inclinar una taza invisible y después volvió a señalar el charco de café.

—Fue una coincidencia —dijo Elena.

Andrés asintió.

Ninguno volvió a mencionar el incidente.


Bruno había sido un bebé tranquilo hasta cumplir un año. Dormía casi toda la noche, comía sin dificultad y rara vez lloraba frente a desconocidos. Las personas decían que tenía los ojos de Elena, la nariz de Andrés y una seriedad impropia de su edad.

—Parece que entiende todo —comentaban.

Elena sonreía por educación, aunque aquella frase siempre le causaba una incomodidad difícil de explicar.

Bruno no miraba como los otros niños. No se distraía inmediatamente con una luz o un sonido. Cuando alguien hablaba, permanecía inmóvil, observando su boca, sus manos y la forma en que respiraba. Después repetía algún gesto, a veces horas más tarde.

Durante el cumpleaños de su abuela imitó el temblor de la mano del tío Esteban antes de que él levantara la copa. En una consulta pediátrica se tocó la rodilla y comenzó a quejarse varios segundos antes de que la doctora se golpeara contra una mesa. Mientras Elena hablaba por teléfono con su hermana, Bruno se cubrió los oídos, hizo una mueca de dolor y señaló el aparato justo antes de que un plato se rompiera al otro lado de la llamada.

Siempre eran cosas pequeñas.

Elena encontraba explicaciones.

Los niños percibían movimientos que los adultos pasaban por alto. Reconocían patrones, anticipaban rutinas y reaccionaban a sonidos demasiado débiles para los demás. Seguramente Bruno había visto inclinarse la taza, había notado la mesa demasiado cerca de la doctora o había escuchado caer el plato antes que Elena.

Andrés no discutía con ella, pero comenzó a observar al niño de otra manera.

La segunda vez que ocurrió estaban en la sala.

Bruno jugaba sobre la alfombra mientras sus padres discutían en voz baja. Andrés había llegado tarde durante cuatro noches consecutivas y se negaba a explicar dónde había estado.

—Te dije que estamos cerrando un proyecto —respondió.

—También dijiste que terminarían el martes.

—Se complicó.

—Todo se complica cuando te pregunto.

—No quiero discutir frente a Bruno.

Elena soltó una risa amarga.

—Qué conveniente.

El niño dejó caer el bloque que sostenía.

Después levantó la mano derecha y se golpeó la mejilla.

No con fuerza. Fue una palmada ligera y torpe, pero el sonido interrumpió la discusión.

—No hagas eso —dijo Elena.

Bruno volvió a golpearse. Después miró a su madre, extendió la mano hacia ella y señaló a Andrés.

—¿Qué está haciendo? —preguntó él.

—Nada. Está jugando.

Bruno golpeó una tercera vez su propia mejilla.

Andrés se agachó para detenerlo.

—Eso no se hace.

El niño le apartó la mano y miró a Elena.

La discusión continuó esa noche en el dormitorio. Andrés admitió que había solicitado un préstamo sin consultarla y que llevaba semanas reuniéndose con un posible socio para intentar salvar su negocio. Elena gritó. Él le pidió que bajara la voz. Ella le exigió que la mirara y, cuando Andrés se volvió hacia la puerta, Elena lo abofeteó.

Los dos permanecieron inmóviles.

Nunca antes se habían golpeado.

Andrés se tocó la mejilla.

Elena miró su propia mano.

Desde el pasillo llegó el llanto de Bruno.

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—No le digas a nadie —pidió Andrés.

Estaban sentados en el suelo de la habitación del niño. Bruno dormía en la cuna, con una mano cerrada alrededor de la oreja de un conejo de tela.

—¿Qué cosa?

—Lo que está haciendo.

—No está haciendo nada.

—Imitó la bofetada antes de que ocurriera.

—Se golpeó la cara. Los bebés hacen eso.

—Te señaló a ti y después me señaló a mí.

—Porque estábamos discutiendo.

—Y esta mañana derramó una taza imaginaria.

Elena se abrazó las rodillas.

—¿Qué quieres que diga? ¿Que nuestro hijo ve el futuro?

—Quiero que aceptes que es extraño.

—Aceptar eso no sirve de nada.

Andrés contempló a Bruno a través de los barrotes.

—Podemos comprobarlo.

—No voy a utilizarlo como un experimento.

—Solo tenemos que observarlo.

—Ya lo observas demasiado.

Andrés giró hacia ella.

—Tú también.

Elena no respondió.

A la mañana siguiente instalaron una segunda cámara frente a la silla alta. Andrés justificó la compra diciendo que querían captar los primeros intentos de Bruno por comer solo.

Durante tres días no ocurrió nada fuera de lo común.

El cuarto, Bruno dejó de jugar y extendió ambas manos hacia el centro de la mesa. Cerró los dedos alrededor de algo invisible y tiró hacia sí mismo. Después levantó los brazos para protegerse la cabeza.

Siete segundos más tarde, Andrés intentó alcanzar el frutero. El mantel se atoró con su reloj, arrastró un plato y este se rompió contra el suelo. Uno de los fragmentos rebotó cerca de la silla de Bruno.

El video registró claramente el gesto del niño antes del accidente.

Andrés lo reprodujo doce veces.

—Siete segundos —dijo—. Sabía exactamente lo que iba a pasar siete segundos antes.

—Vio tu mano acercándose al mantel.

—Todavía no me había movido.

—Quizá ibas a hacerlo. Tu cuerpo se preparó y él lo notó.

—¿También notó que el plato se rompería?

—No lo sé.

—Por fin dijiste que no lo sabes.

Aquella noche, Andrés colocó tres vasos de colores frente a Bruno.

—Voy a tomar uno —explicó—. ¿Cuál?

El niño no reaccionó.

Andrés escogió el vaso azul.

Repitió el ejercicio diez veces. Bruno ignoró los vasos y trató de morder una pieza de plástico.

—No funciona así —dijo Elena.

—¿Cómo funciona?

—No lo sé.

—Entonces deja de explicarlo todo.

Andrés recogió los vasos con brusquedad.

Bruno levantó la mano, cerró el puño y lo golpeó contra la bandeja. Un segundo más tarde, Andrés hizo exactamente lo mismo.

El hombre retrocedió.

Elena tomó al niño en brazos.

—Ya fue suficiente.


El pediatra sugirió que dejaran de grabarlo.

—Los niños imitan movimientos que observan constantemente —explicó—. Ustedes están relacionando esos movimientos con acontecimientos posteriores porque esperan encontrar una conexión.

—Tenemos videos —dijo Andrés.

—Tienen fragmentos de la vida de un bebé. Si graban suficientes horas, encontrarán coincidencias.

—Siete segundos antes de que se rompiera un plato hizo exactamente esto.

Andrés reprodujo el video.

El médico lo miró una vez.

—Puede haber visto el mantel tensarse.

—Yo aún no lo había tocado.

—Quizá lo tocó antes. Quizá el plato ya se estaba deslizando. La cámara no muestra toda la mesa.

Andrés guardó el teléfono.

—Sabía que diría algo así.

—¿Qué esperaba que dijera?

—Que nos creyera.

—Les creo que están preocupados. También veo a dos padres agotados que llevan semanas analizando cada movimiento de su hijo. Eso puede volverse dañino para ustedes y para Bruno.

En el automóvil, Andrés permaneció en silencio.

—El médico tiene razón —dijo Elena.

—No vio lo que nosotros vimos.

—Vio el video.

—No quiere involucrarse.

—¿En qué tendría que involucrarse?

Andrés la miró.

—Eso es lo que tenemos que descubrir.


Los gestos de Bruno comenzaron a volverse más complejos.

Una tarde, mientras Elena cortaba verduras, el niño tomó un bloque alargado, lo sostuvo como un cuchillo y lo dejó caer. Minutos después, el cuchillo real resbaló de la tabla y quedó clavado verticalmente en el piso, a pocos centímetros del pie de Elena.

Otro día señaló la puerta, se cubrió el rostro y comenzó a llorar. Treinta segundos después llegó un mensajero con un paquete destinado a un vecino. El hombre llevaba una máscara negra para protegerse del polvo de la calle.

Bruno se tapó los oídos antes de que sonara la alarma de humo.

Se sostuvo el estómago antes de que Andrés vomitara.

Se llevó ambas manos a la cabeza antes de que una maceta cayera del balcón del piso superior y se estrellara frente a la ventana.

El tiempo entre el gesto y el acontecimiento también comenzó a aumentar. Primero eran segundos. Después minutos.

La primera predicción que tardó un día completo fue la del vidrio.

Bruno se acercó a Elena mientras ella doblaba ropa. Le tocó la frente con dos dedos, abrió la mano frente a su rostro y retrocedió mientras parpadeaba con rapidez. Después señaló a Andrés, quien trabajaba en la habitación contigua.

—¿Qué haces? —preguntó Elena.

Bruno volvió a tocarle la frente y abrió la mano como si algo explotara.

A la noche siguiente, durante otra discusión por el préstamo, Andrés arrojó su teléfono contra la pared. La pantalla protectora de un cuadro se rompió y un fragmento cortó a Elena sobre la ceja.

El niño había señalado el lugar exacto.

Andrés limpió la herida sin decir nada. Al terminar, recogió su teléfono y borró el video de la discusión.

—¿Por qué hiciste eso? —preguntó Elena.

—No quiero que quede grabado.

—¿Qué cosa?

—Lo que nos está pasando.

—Tú rompiste el cuadro.

—Fue un accidente.

—Entonces no tendrías que ocultarlo.

Andrés la observó con una mezcla de vergüenza y rabia.

—Me tienes miedo.

Elena no respondió.

—Bruno hizo un gesto y ahora piensas que voy a lastimarte.

—Ya me lastimaste.

—No te lancé el teléfono.

—Pero lo lanzaste.

Desde la cuna, Bruno comenzó a llorar.

Andrés se acercó, pero Elena se interpuso.

—Yo lo atiendo.

El hombre se detuvo.

Fue la primera vez que ella le impidió tocar a su hijo.


Bruno representó la muerte con un conejo de tela.

Lo hizo una mañana de domingo. Andrés estaba en el baño y Elena tomaba café en la sala cuando el niño colocó el conejo sobre la alfombra. Se arrodilló encima de él y cerró ambas manos alrededor de su cuello.

Elena dejó la taza.

—Bruno.

El niño apretó el cuello del juguete. Sus brazos pequeños temblaron por el esfuerzo. Después inclinó la cabeza hacia un lado y abrió la boca, como si intentara respirar.

—Suéltalo.

Bruno mantuvo las manos cerradas.

Elena se arrodilló y le quitó el conejo.

—Eso no se hace.

El niño la miró. Después señaló hacia el baño.

Andrés apareció en el pasillo secándose el cabello.

—¿Qué pasó?

Elena escondió el juguete detrás de la espalda.

—Nada.

Bruno señaló otra vez a su padre.

Después señaló a Elena.

Finalmente cerró las manos alrededor de su propio cuello.

Andrés dejó caer la toalla.

—¿Qué estaba haciendo?

—Jugando.

—Elena.

—Estaba jugando con el conejo.

Andrés le arrebató el juguete y lo examinó.

—Enséñame.

—¿Qué?

—Cómo lo hizo.

—No voy a repetirlo.

—¿Lo estaba estrangulando?

Elena se levantó con Bruno en brazos.

—No le digas así.

—¿Cómo quieres que le diga?

—Es un bebé. No sabe qué significa.

—Pero tú sí.

Andrés bajó la vista hacia el conejo.

—¿A quién señaló?

Elena no respondió.

—¿Me señaló a mí?

—Nos señaló a los dos.

—¿Quién tenía las manos alrededor del cuello?

—Él.

—¿Y a quién miraba?

La insistencia de Andrés le revolvió el estómago.

—A ti.

Andrés observó al niño.

Bruno escondió el rostro contra el hombro de Elena.

—Me tiene miedo —dijo él.

—Está cansado.

—Tú le tienes miedo y él lo nota.

—No le tengo miedo a él.

—No hablaba de él.


Andrés comenzó a dormir en la habitación de visitas.

Dijo que necesitaba espacio, pero Elena descubrió que había colocado una cámara apuntando hacia el pasillo. También instaló sensores en las puertas y guardó los cuchillos dentro de una caja con llave.

—¿Intentas protegerte de mí? —preguntó.

—Intento protegernos a todos.

—Bruno te señaló a ti.

—También te señaló a ti.

—Tú fuiste quien lanzó el teléfono.

—Tú fuiste quien me golpeó primero.

La casa se llenó de cámaras.

Una cubría la sala. Otra, la cocina. Una tercera registraba la cuna. Andrés contrató almacenamiento remoto para impedir que cualquiera pudiera borrar las grabaciones.

Elena comenzó a vigilarlo desde el teléfono.

Lo veía levantarse durante la madrugada, beber agua y permanecer frente a la puerta del dormitorio sin entrar. En ocasiones observaba a Bruno por la cámara durante más de una hora.

Andrés también la vigilaba.

Una noche la encontró de pie junto a la cuna, sosteniendo al niño dormido.

—¿Qué haces?

—Lo estaba calmando.

—No estaba llorando.

—Se movió.

—Llevas cuarenta minutos ahí.

—¿También cuentas los minutos?

—La cámara los cuenta.

Elena sostuvo a Bruno con más fuerza.

—Quiero que retires todo esto.

—No.

—No podemos vivir así.

—Precisamente por eso necesitamos las grabaciones.

—¿Para qué?

Andrés tardó demasiado en responder.

—Por si ocurre algo.


La hermana de Elena fue la única persona a quien le contaron una parte de la verdad.

Sofía llegó una tarde con comida y encontró las cámaras, los sensores y los cuchillos bajo llave. Escuchó la explicación sin interrumpir.

—Los dos necesitan dormir —concluyó.

—No es cansancio —dijo Andrés—. Tenemos horas de grabaciones.

—Entonces dejen de grabarlo.

—Eso dijo el pediatra.

—Porque probablemente tiene razón.

Bruno caminó hacia Sofía y le entregó el conejo.

—Mira nada más —dijo ella, levantándolo—. Tiene toda la cara de Andrés.

El niño se quedó inmóvil.

—No le digas eso —ordenó Elena.

Sofía soltó una carcajada incómoda.

—¿Qué?

—No le digas que se parece a él.

Andrés apareció desde la cocina.

—¿Por qué no?

—Porque después lo imita.

—Me imita de todas maneras.

—No cuando no se lo dicen.

—Eso no tiene sentido.

—Nada de esto tiene sentido.

Bruno tomó el conejo de las manos de Sofía. Lo colocó en el suelo y esta vez no cerró las manos alrededor de su cuello.

Se acercó a la mesa, tomó dos muñecos de madera y los colocó uno frente al otro. El primero era alto y vestía una camisa azul. El segundo tenía pintado un vestido amarillo.

Andrés y Elena reconocieron las figuras de inmediato. Formaban parte de un juego que Sofía le había regalado meses atrás.

Bruno acostó al muñeco del vestido.

Colocó al de la camisa encima.

Después tomó una cuerda de uno de sus juguetes y la enredó alrededor del cuello de la figura acostada.

—Quítaselos —susurró Elena.

Nadie se movió.

Bruno tiró de la cuerda.

El muñeco del vestido cayó de la mesa.

El niño miró a Andrés.

Después levantó el muñeco de la camisa azul y lo golpeó repetidamente contra el suelo.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Al cuarto golpe, la cabeza de madera se desprendió.

Sofía se puso de pie.

—Me voy a llevar a Bruno esta noche.

—No —respondieron ambos al mismo tiempo.

El niño comenzó a reír.

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La policía llegó una semana después.

No porque alguno de los dos hubiera llamado, sino porque una vecina escuchó gritos y golpes. Encontraron a Elena encerrada con Bruno dentro del baño y a Andrés intentando abrir la puerta con una herramienta.

—Ella cree que voy a matarla —explicó él.

—Porque nuestro hijo lo vio —gritó Elena desde el interior.

La frase cambió la forma en que los agentes miraron la casa.

Revisaron las cámaras. Vieron discusiones, horas de vigilancia y grabaciones del niño jugando. En algunos fragmentos, Bruno parecía anticipar pequeños accidentes; en otros, solo movía las manos antes de que sus padres relacionaran sus gestos con algo posterior.

Los agentes no encontraron amenazas directas.

Andrés aceptó abandonar temporalmente la casa.

Antes de salir se acercó a la puerta del baño.

—Voy a regresar por mi hijo.

—No vuelvas.

—También es mi hijo.

—Él ya vio lo que vas a hacer.

Andrés apoyó la frente contra la puerta.

—No sé qué viste, Elena, pero yo nunca te haría eso.

Bruno, sentado sobre las piernas de su madre, cerró las manos alrededor de su cuello.


Los días siguientes transcurrieron en un silencio que parecía artificial.

Elena apagó todas las cámaras, excepto la de la cuna. Cambió las cerraduras y colocó muebles frente a la puerta durante la noche. Sofía iba cada mañana para llevarles comida, aunque ya no intentaba convencerla de que abandonara la casa.

Andrés enviaba mensajes.

Necesito ver a Bruno.

No puedes impedirme estar con él.

Mi abogado va a contactarte.

Después comenzó a escribir algo distinto.

Bruno lo volvió a hacer.

Elena no respondió.

Tengo un video de antes de irme.

No está mostrando que yo te mato.

Está mostrando lo que haces tú después.

Elena bloqueó el número.

Aquella noche revisó las grabaciones almacenadas en la nube. Andrés había marcado un video como favorito horas antes de abandonar la casa.

Bruno aparecía solo en la sala.

Colocó el muñeco del vestido amarillo sobre el piso. Después levantó la figura decapitada de la camisa azul y la depositó junto a ella.

Elena esperaba que repitiera el estrangulamiento.

No lo hizo.

El niño tomó una tercera figura, una mucho más pequeña, y la colocó entre los dos cuerpos. Después levantó el muñeco del vestido, lo hizo caminar hasta la puerta y lo dejó fuera de la casa de juguete.

La figura pequeña permaneció adentro.

Bruno tomó el muñeco decapitado y lo colocó de pie.

Elena acercó el teléfono a su rostro.

El muñeco de Andrés estaba vivo.

El suyo era el que desaparecía.


Andrés regresó el viernes por la noche.

No tocó la puerta. Utilizó una llave que Elena no sabía que conservaba. El mueble colocado como barricada se deslizó varios centímetros antes de atorarse contra la pared.

—Elena —llamó desde la entrada—. Soy yo.

Ella tomó a Bruno de la cuna.

—Vete.

—Solo quiero hablar.

—Llamaré a la policía.

—Llámala. Traigo a mi abogado en el teléfono.

Elena retrocedió hasta la cocina. Bruno no lloraba. Observaba por encima de su hombro.

—No voy a quitarte al niño —continuó Andrés—. Pero no puede seguir viviendo así.

—Tú no viste el último video.

—Lo vi antes que tú.

El mueble volvió a moverse.

—Bruno mostró que te quedabas con él.

—No sabemos qué mostró.

—Tú dijiste que eran predicciones.

—Dije que necesitábamos ayuda.

—Dijiste que me matarías si intentaba llevármelo.

Elena recordó la cámara del pasillo. Incluso apagada, su lente parecía observarla.

—Nunca dije eso.

—Está grabado.

La puerta se abrió lo suficiente para que Andrés entrara de lado. Tenía una herida reciente en la mano y el rostro desencajado por el cansancio.

—Dame a Bruno.

—No te acerques.

—Míralo. Está aterrorizado.

El niño permanecía callado.

Andrés dio un paso.

Elena tomó un cuchillo de la barra.

Él se detuvo.

—Guardamos los cuchillos.

—Tú los guardaste.

—Bájalo.

—Sal de la casa.

—Elena, nuestro hijo está viendo esto.

—Nuestro hijo ya lo vio.

Andrés avanzó cuando Bruno comenzó a resbalar entre los brazos de su madre. Elena levantó el cuchillo, pero él consiguió sujetarle la muñeca. Forcejearon junto a la mesa.

El cuchillo cayó.

Bruno quedó en el suelo.

Andrés empujó a Elena contra la pared y trató de inmovilizarla. Ella sintió una mano cerca del cuello y recordó al conejo, la cuerda, el vestido amarillo sobre la mesa.

—¡Vas a matarme!

—¡Estoy intentando detenerte!

Elena alcanzó el cable del monitor de Bruno. Lo enredó alrededor del cuello de Andrés y tiró con ambas manos.

Él la soltó.

Durante un segundo, Elena pudo haber escapado.

No lo hizo.

Andrés trató de introducir los dedos entre el cable y su garganta. Golpeó la pared, derribó una silla y cayó de rodillas. Elena continuó tirando hasta que dejó de moverse.

El silencio regresó a la casa.

Bruno estaba sentado bajo la mesa.

La miraba.

Elena soltó el cable.

—Él iba a hacernos daño —dijo—. Tú lo viste.

El niño se acercó al cuerpo de su padre.

Le tocó la mejilla.

Después miró a Elena y señaló el cuchillo.

Ella siguió la dirección de su dedo.

—No.

Bruno señaló de nuevo.

—Ya terminó.

El niño se tocó el pecho, tomó aire y dejó caer la cabeza hacia un lado. Después señaló el cuchillo una tercera vez.

Elena retrocedió.

—No voy a hacerte daño.

Bruno caminó hasta ella y le tomó la mano. Intentó guiarla hacia el cuchillo.

—No.

El niño comenzó a llorar.

—Eso no va a pasar.

Bruno gritó y tiró de sus dedos con una fuerza desesperada.

Elena lo levantó en brazos.

—Voy a cambiarlo —susurró—. Sea lo que sea, voy a cambiarlo.

Entonces Bruno dejó de llorar.

Apoyó la cabeza sobre su hombro y miró hacia la puerta.

Tres golpes resonaron desde el exterior.

—Policía. Abra la puerta.

Elena comprendió que la cámara del pasillo nunca había estado apagada.


Durante el juicio, nadie habló de predicciones.

Hablaron de agotamiento, paranoia, violencia doméstica y de una mujer que había desarrollado una obsesión con los movimientos de su hijo. La fiscalía presentó videos donde Elena describía acontecimientos antes de que ocurrieran, pero los utilizó como evidencia de una idea delirante que había crecido durante meses.

También mostró el último video.

Andrés no tenía las manos alrededor del cuello de Elena cuando ella tomó el cable. Intentaba sujetarle los brazos. Después de que cayó de rodillas, Elena continuó estrangulándolo durante cuarenta y tres segundos.

Bruno permanecía debajo de la mesa.

Observando.

Sofía declaró que su hermana llevaba semanas diciendo que Andrés la mataría. El pediatra explicó que había recomendado una evaluación psicológica. Los policías describieron las cámaras, los cuchillos bajo llave y la noche en que encontraron a Elena encerrada en el baño.

Nadie quiso ver los primeros videos.

—Los movimientos de un bebé son ambiguos —declaró un especialista—. Los padres les atribuyeron significado después de los acontecimientos.

—Mi hijo sabía lo que iba a pasar —repitió Elena.

Su abogado le pidió que dejara de decirlo.

Fue condenada a dieciséis años.

Bruno quedó bajo la custodia de Sofía.


Elena no volvió a verlo durante nueve meses.

Sofía argumentó que las visitas podían confundirlo y que necesitaba estabilidad. Solo accedió cuando Bruno comenzó a despertarse gritando y a representar escenas violentas con sus juguetes.

El encuentro se realizó en una sala vigilada.

Bruno había crecido. Caminaba con seguridad, tenía el cabello más oscuro y podía formar frases de dos o tres palabras. Al verla, no corrió a sus brazos.

Se escondió detrás de Sofía.

—Hola, mi amor —dijo Elena.

El niño la observó.

—Mamá.

Elena comenzó a llorar.

Sofía lo condujo hasta una mesa con juguetes y se sentó cerca de la puerta. Un custodio permaneció al otro lado del cristal.

Durante varios minutos, Bruno jugó sin mirar a su madre.

—¿Sigue haciendo los gestos? —preguntó Elena.

—No quiero hablar de eso.

—Dijiste que se despierta gritando.

—Tiene pesadillas. Vio morir a su padre.

—¿Ha predicho algo?

Sofía apretó los labios.

—No empieces.

—Solo necesito saberlo.

—Lo que necesitas es dejarlo vivir.

Bruno tomó dos muñecos de una caja.

Uno representaba a una mujer. El otro, a un niño.

Elena sintió que se le endurecía el estómago.

—¿Qué está haciendo?

—Jugando.

Bruno acostó al muñeco infantil dentro de un automóvil de plástico. Colocó a la mujer en el asiento delantero. Después hizo avanzar el vehículo hasta una esquina de la mesa.

—Bruno —dijo Elena.

El niño levantó el rostro.

—¿Qué pasa después?

—Déjalo —ordenó Sofía.

Bruno sacó a la mujer del automóvil. La hizo caminar hacia una pequeña tienda. Después cerró todas las puertas del juguete y colocó ambas manos sobre el techo.

Elena miró a su hermana.

—No lo dejes solo en el coche.

—Basta.

—¿Tienes coche nuevo?

—Elena.

—¿Qué color es?

Bruno tomó un crayón rojo y comenzó a pintar el techo del automóvil.

—¿Es rojo?

Sofía se puso de pie.

—Terminamos.

—¡Respóndeme!

—Compré un automóvil rojo hace dos semanas. Bruno lo vio. Por eso está jugando con uno.

—No lo dejes adentro.

—Jamás haría algo así.

—Andrés también decía que jamás me haría daño.

—Y no te lo hizo. Tú lo mataste.

Bruno empujó el automóvil hacia el borde de la mesa. Después colocó las dos manos alrededor de su propio cuello y cerró los ojos.

Elena saltó de la silla.

El custodio entró de inmediato.

—¡No te lo lleves! —gritó ella—. ¡Ya vio lo que va a pasar!

Sofía tomó a Bruno en brazos.

—Está repitiendo lo que vio hacerte a ti.

—¡No! ¡Está mostrando el coche!

El custodio sujetó a Elena.

—¡Escúchame! Vas a entrar a una tienda y vas a dejarlo encerrado. No sé cuándo, pero va a pasar. ¡Tienes que creerme!

Bruno comenzó a llorar.

Sofía caminó hacia la puerta.

Una funcionaria apareció para ayudarla y, mientras acomodaba la chamarra del niño, sonrió.

—Cada día se parece más a su mamá.

Bruno dejó de llorar.

Giró lentamente hacia Elena.

Ella sintió que el aire desaparecía de la habitación.

—No le digas que se parece a mí —susurró.

Nadie la escuchó.

—¡No le digas que se parece a mí!

El custodio la arrastró hacia la salida.

Bruno extendió una mano hacia ella. Por un instante, Elena creyó que intentaba alcanzarla.

Después comprendió que estaba sosteniendo algo invisible entre los dedos.

Una llave.

El niño fingió introducirla en una cerradura. Giró la muñeca y cerró una puerta imaginaria. Luego apretó ambas manos alrededor de su cuello.

Sofía se lo llevó.


El accidente ocurrió once días después.

Sofía entró en una farmacia para recoger un medicamento. Según declaró, pensaba tardar menos de dos minutos y dejó el automóvil encendido, con el aire acondicionado funcionando.

El vehículo se apagó solo.

Las puertas se bloquearon.

Cuando regresó, la llave no respondía.

Bruno permaneció dentro durante veintisiete minutos.

Los paramédicos consiguieron reanimarlo, pero el daño cerebral fue irreversible. Murió tres días después en el hospital.

Sofía intentó visitar a Elena.

Ella se negó a recibirla.

Durante meses dejó de hablar, comer por sí misma y levantarse de la cama. Los médicos interpretaron su comportamiento como una depresión profunda agravada por la culpa.

Un año después fue trasladada a una unidad psiquiátrica.

La primera noche, una enfermera entró para presentarle a su nueva compañera de habitación. Era una mujer mayor, delgada y de cabello completamente blanco. Se llamaba Clara y llevaba más de veinte años internada.

Clara observó a Elena desde la puerta.

Después levantó ambas manos y las cerró alrededor de su cuello.

Elena retrocedió hasta tocar la pared.

—¿Qué haces?

La mujer soltó el cuello y señaló el pasillo.

—Eso no tiene gracia.

Clara volvió a hacer el gesto. Esta vez ladeó la cabeza y abrió la boca, buscando aire.

—Detente.

La enfermera tomó a Elena del brazo.

—Tranquila. Clara imita a las personas. Lo hace con todos.

Elena miró a la mujer.

—¿Imita cosas que ya vio?

La enfermera sonrió con cansancio.

—No siempre.

Clara señaló a Elena.

Después señaló la cama.

Finalmente levantó las manos y apretó un cuello invisible.

La enfermera intentó llevarla hacia el interior de la habitación.

—Vamos, Clara. No asustes a tu nueva compañera.

La mujer se resistió. Sus ojos permanecieron fijos en Elena.

—¿Cuándo? —preguntó Elena.

Clara no respondió.

—¿Cuándo va a pasar?

La enfermera cerró la puerta.

Desde el otro lado, Clara comenzó a golpearla.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Después habló con la voz suave e insegura de alguien que llevaba muchos años sin utilizarla:

—Cuando te diga que te pareces a ella.

Elena pasó la noche despierta.

A la mañana siguiente, una nueva enfermera entró en la habitación. Llevaba el cabello oscuro, los ojos grandes y una pequeña cicatriz sobre la ceja. Mientras acomodaba los medicamentos, observó una fotografía de Bruno que Elena conservaba junto a la cama.

—Qué niño tan bonito —dijo—. Tiene tus mismos ojos.

Clara comenzó a reír en el pasillo.

La enfermera tomó a Elena por la barbilla para examinarle las pupilas.

—Sí —añadió—. Se parecía mucho a ti.

Elena miró las manos de Clara a través del cristal.

Después miró las suyas.

Ya estaban cerrándose alrededor del cuello de la enfermera.

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