Mujer joven frente a un plato de comida y una figura de barro sin rostro.

Tiempo de lectura

22–32 minutos

La primera vez que Verónica escuchó a la santa fue a las tres de la madrugada, seis días después de haber iniciado la dieta.

No fue una voz que atravesara la habitación ni una frase pronunciada cerca de su oído. El sonido surgió debajo de las costillas, amortiguado por la carne, como si alguien hubiera apoyado la boca contra la pared interna de su estómago.

—No me alimentes.

Verónica abrió los ojos.

Permaneció inmóvil, con las manos sobre el abdomen y la respiración contenida. El departamento estaba en silencio. Desde la calle llegaba el murmullo lejano de un automóvil y, en la cocina, el refrigerador encendió su motor con un zumbido breve.

Pensó que había soñado.

Llevaba casi una semana durmiendo mal, consumiendo menos de quinientas calorías diarias y tomando unas gotas amargas que la mantenían despierta. El manual advertía que, durante la primera fase, podían presentarse mareos, temblores, sueños intensos y “sensibilidad espiritual”.

Intentó volver a dormir.

Entonces lo escuchó de nuevo.

—No me alimentes y yo me comeré todo lo que odias.

La voz tenía el tono de una mujer anciana que hablara con la boca llena.

Verónica encendió la lámpara y levantó la camiseta. Su abdomen se veía más plano que seis días antes. La piel todavía conservaba las marcas rojizas que aparecían cuando se sentaba, pero la inflamación habitual había desaparecido y podía distinguir ligeramente la línea de las costillas.

Colocó la palma debajo del esternón.

Algo se movió.

No fue el burbujeo irregular de la digestión. Sintió un desplazamiento lento y deliberado que comenzó bajo su mano, descendió hacia el ombligo y se detuvo en el lado derecho.

Verónica retiró la palma.

En la mesa de noche, su teléfono se iluminó con una notificación del grupo.

Alma Salvatierra:
Si la escuchan esta noche, no tengan miedo. Significa que su cuerpo finalmente está dispuesto a obedecer.

Debajo del mensaje aparecieron treinta y siete corazones blancos.

Verónica miró la hora.

3:03.

No había contado a nadie lo que acababa de escuchar.

Seis días antes, Verónica no buscaba una experiencia religiosa. Quería perder doce kilos antes de la boda de su hermana.

Llevaba meses guardando vestidos que le gustaban en una carpeta del teléfono. Cuando por fin se atrevió a probarse uno, la dependienta cerró el cierre hasta la mitad y después sugirió, con una amabilidad ensayada, que eligiera un modelo “más favorecedor”.

—Este corte suele funcionar mejor cuando queremos disimular el abdomen.

Verónica compró el vestido.

Al llegar a casa lo dejó dentro de la bolsa, se sentó en la cocina y abrió una aplicación de videos. El algoritmo necesitó menos de diez minutos para comprender que una mujer de treinta y siete años acababa de ser herida por un espejo.

Primero aparecieron rutinas de ejercicio.

Después recetas con menos de trescientas calorías.

Luego cirugías, medicamentos para la diabetes utilizados para adelgazar y fotografías de mujeres que sostenían pantalones varias tallas más grandes que sus nuevos cuerpos.

El video de Alma Salvatierra apareció poco antes de la medianoche.

La mujer vestía de blanco y hablaba desde una habitación sencilla, iluminada por velas. No tenía el aspecto artificial de otras creadoras de contenido. Su rostro era delgado, pero no rígido; llevaba el cabello recogido, no usaba maquillaje visible y sostenía entre las manos una figura de barro que representaba a una mujer sin boca.

—No tienes hambre —decía—. Tienes miedo de descubrir quién eres cuando dejas de satisfacer todo lo que tu cuerpo te exige.

Verónica estuvo a punto de deslizar la pantalla.

Entonces Alma mostró una fotografía de sí misma tomada tres años atrás. Pesaba casi cuarenta kilos más, tenía el cabello opaco y el rostro inflamado.

—Probé todas las dietas porque pensaba que mi cuerpo era el enemigo. Después comprendí que el cuerpo no es nuestro enemigo. Es nuestra primera tentación.

El video no prometía bajar de peso. Hablaba de disciplina, silencio y limpieza. Alma afirmaba haber encontrado en un antiguo convento el régimen utilizado por una mujer llamada sor Jacinta de la Purificación, quien sobrevivió durante meses consumiendo únicamente agua, hierbas y una pequeña porción de pan cada domingo.

Según Alma, sor Jacinta no había sido reconocida oficialmente por la Iglesia, pero las mujeres de la región la llamaban “la santa del hambre”. Acudían a ella cuando deseaban liberarse de una adicción, un amante, una enfermedad o un cuerpo que ya no podían soportar.

Verónica abrió el enlace de la descripción.

EL MÉTODO DE LA SANTA
Cuarenta días para vaciarte de aquello que no eres.

El programa costaba menos que el vestido.

Lo compró.

El paquete llegó a la mañana siguiente.

Contenía un cuaderno de tapas blancas, un frasco de gotas oscuras, cuarenta sobres numerados, una pulsera de hilo rojo y una pequeña figura de barro idéntica a la que Alma sostenía en el video.

La figura carecía de boca.

Dentro del primer sobre había una oblea gris y una tarjeta:

DÍA 1: DALE UN LUGAR DENTRO DE TI.

Las instrucciones indicaban que debía colocar la figura frente a un vaso de agua, apagar las luces y consumir la oblea sin masticar. Después tenía que permanecer en silencio durante una hora.

Verónica leyó la lista de ingredientes impresa en la caja: salvado, linaza, carbón activado, extractos vegetales y una mezcla registrada bajo el nombre de Compuesto SJ-40.

Parecía un suplemento costoso y ridículamente ceremonial.

Aun así, apagó las luces.

La oblea tenía una textura blanda y un sabor terroso. Al tragarla sintió que se adhería a su garganta. Bebió más agua, pero la sensación descendió lentamente hasta el pecho y permaneció ahí durante varios minutos.

Alma envió un mensaje de bienvenida al grupo privado.

Recuerden: lo que entre hoy no volverá a salir igual.

Verónica supuso que se refería a la persona, no a la oblea.

El primer día pudo consumir caldo de verduras, té sin azúcar y media manzana. El segundo eliminó la fruta. El tercero sustituyó el caldo por una bebida transparente preparada con siete gotas del frasco.

La lengua comenzó a adquirir un tono blanquecino y la orina se volvió oscura. Cuando preguntó en el grupo si era normal, varias mujeres respondieron antes que Alma.

Es la limpieza.

Tu cuerpo está soltando toxinas.

No interrumpas el proceso justo cuando comienza a funcionar.

Una participante llamada Mónica compartió una fotografía de sus clavículas.

Día 24. Ya puedo ver a la mujer que estaba escondida.

Todas la felicitaron.

Verónica también.

Al cuarto día había perdido tres kilos.

Sabía que la mayor parte era agua, pero la báscula no explicaba por qué sus pantalones se sentían más holgados ni por qué su rostro parecía haberse desinflamado. Se tomó una fotografía frente al espejo y la comparó con otra de la semana anterior.

La diferencia era evidente.

Su hermana Lucía la notó durante una videollamada.

—¿Te hiciste algo en la cara?

—Estoy desinflamada.

—Te ves pálida.

—Es la luz.

—¿Qué estás comiendo?

Verónica acomodó el teléfono para que no se viera la figura de barro sobre la mesa.

—Estoy haciendo una depuración.

Lucía dejó de sonreír.

—¿Qué significa eso?

—Nada raro. Quité azúcar, harinas, lácteos y alimentos procesados.

—Eso suena a todo lo que comes.

—Precisamente.

—Vero, no empieces otra vez.

La frase le molestó porque convirtió la preocupación de su hermana en un recuerdo que Verónica prefería no tocar. A los veintidós años había pasado varios meses contando almendras, escondiendo comida y corriendo hasta que le sangraban los pies. Su familia lo llamaba “aquella época”, como si evitar un nombre pudiera impedir que regresara.

—No estoy haciendo lo mismo.

—¿Cuántas calorías consumes?

—No cuento calorías.

Era verdad. El programa prohibía contarlas porque, según Alma, los números alimentaban el control del ego.

—Entonces dime qué desayunaste.

Verónica terminó la llamada.

Minutos después recibió un mensaje de Alma.

Las personas que aman tu versión anterior serán las primeras en temer a la nueva.

Verónica se preguntó si la aplicación podía escuchar sus conversaciones. Revisó los permisos, apagó el micrófono y dejó el teléfono dentro de un cajón.

Aun así, durante la tarde llegaron mensajes sobre la resistencia familiar, el sabotaje emocional y la necesidad de alejarse de quienes intentaran “alimentar el cuerpo viejo”.

Alma parecía responder preguntas que nadie formulaba.

La santa habló dos noches después.

A la mañana siguiente, Verónica preguntó en el grupo si alguna otra participante había escuchado algo.

Las respuestas aparecieron de inmediato.

Mónica:
Me dijo que no necesitaba el pan.

Paola:
A mí me pidió que no tuviera miedo.

Rebeca:
Escuché a mi madre, pero mi madre murió hace cinco años.

Administradora:
No compartan mensajes completos. La voz utiliza palabras distintas para cada proceso.

Alma publicó un audio una hora después.

—No intenten comprenderla —dijo con voz tranquila—. Cuando la mente deja de distraerse con comida, el cuerpo recuerda cosas que conocía antes de nacer. Algunas las llamarán alucinaciones. Otras reconocerán una presencia. No importa el nombre. Importa la obediencia.

Verónica escuchó el audio tres veces.

Al final, casi oculto debajo de la respiración de Alma, se oía un sonido húmedo y repetitivo.

Algo masticaba.

La dieta escaló rápidamente después del séptimo día.

Los sobres ya no contenían instrucciones alimenticias, sino pruebas.

Verónica debía cocinar su platillo favorito y permanecer frente a él durante una hora sin probarlo. Enviar una fotografía de la comida a una persona hambrienta. Entrar a un supermercado, llenar un carrito y abandonar todo antes de pagar. Dormir con una pieza de pan junto a la almohada.

Cada prueba debía transmitirse al grupo.

Si alguna participante se negaba, las demás recibían la instrucción de no responderle durante veinticuatro horas.

—El aislamiento revela cuánto dependemos de la aprobación —explicaba Alma—. También nos enseña que la comunidad se reserva para quienes verdaderamente desean cambiar.

Verónica cocinó las enchiladas que su madre preparaba cuando eran niñas. El olor llenó el departamento y le produjo un dolor agudo en la parte posterior de la mandíbula. Colocó el plato frente a la figura sin boca, encendió la cámara y se sentó.

Durante los primeros veinte minutos, el hambre fue soportable.

Después comenzó el movimiento.

Algo se desplazó dentro de su abdomen y golpeó la pared del estómago desde adentro. Verónica se inclinó, manteniendo el rostro fuera del encuadre.

La pantalla se llenó de mensajes.

No cedas.

Está probando tu voluntad.

Si duele, está funcionando.

El movimiento ascendió hacia las costillas.

Verónica llevó una mano a la boca.

La voz surgió de nuevo.

—Dámelo.

Miró el plato.

—No —susurró.

—No para ti.

La figura de barro parecía observar las enchiladas, aunque no tenía ojos definidos.

—¿Para quién?

El dolor se concentró debajo del esternón.

—Mastica.

Verónica tomó un trozo con los dedos. Lo introdujo en la boca y comenzó a masticarlo, pero antes de tragar sintió una contracción violenta.

La voz repitió:

—No para ti.

Comprendió.

Se inclinó sobre la figura y dejó caer la comida masticada en el lugar donde debería haber estado la boca.

Durante varios segundos no ocurrió nada.

Después, la pasta de maíz y salsa comenzó a hundirse en el barro.

No resbaló por la superficie. Desapareció lentamente dentro de la figura, absorbida por una grieta tan fina que Verónica no la había visto.

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La transmisión se interrumpió.

Cuando volvió a conectarse, el plato estaba vacío y Verónica no recordaba haber retirado la comida.

Alma le envió un mensaje privado.

Ya te aceptó.

Lucía llegó sin avisar el día doce.

Encontró a Verónica sentada frente a la mesa, anotando su peso y las medidas de su cuerpo. Había perdido ocho kilos.

—Voy a llevarte a un hospital.

—No seas dramática.

—Tienes los labios morados.

—Hace frío.

—Estamos a treinta grados.

Lucía abrió el refrigerador. Solo había agua, frascos de hierbas y un recipiente con caldo transparente.

—¿Cuándo fue la última vez que comiste algo sólido?

—Ayer.

—¿Qué?

Verónica señaló los sobres.

Lucía tomó uno y leyó la lista de ingredientes.

—Esto no es comida.

—Tiene nutrientes.

—Tiene polvo.

—No entiendes el programa.

—Entiendo que alguien te está cobrando por no comer.

Lucía recogió los sobres y los metió dentro de su bolsa.

Verónica se levantó tan rápido que la habitación se oscureció.

—Devuélvemelos.

—No.

—No puedes llevártelos.

—Mírate.

Verónica intentó arrebatarle la bolsa, pero sus piernas cedieron. Cayó de rodillas y sintió que algo se revolvía violentamente dentro de ella.

La voz gritó.

No habló con palabras. Emitió un chillido agudo que pareció recorrerle los huesos.

Verónica se dobló sobre el piso.

—¿Qué te pasa? —preguntó Lucía.

—Dame el sobre.

—Voy a llamar a una ambulancia.

—¡Dámelo!

Lucía retrocedió.

La figura de barro cayó de la mesa y se rompió.

El sonido dentro del abdomen se detuvo.

Entre los fragmentos había una masa oscura, húmeda y fibrosa. Al principio parecía un puñado de raíces. Después una de ellas se contrajo.

Lucía la vio.

—¿Qué es eso?

Verónica recogió los pedazos con ambas manos.

—Sal de mi casa.

—Se estaba moviendo.

—No viste nada.

—Vero…

—¡Sal de mi casa!

Lucía no se movió. Miraba la masa negra adherida al interior de la figura.

Verónica tomó uno de los fragmentos y se lo llevó a la boca.

Solo quería impedir que su hermana lo tocara. Eso se dijo después.

Sin embargo, cuando la fibra rozó su lengua, sintió alivio. La tragó antes de que Lucía pudiera detenerla.

El dolor desapareció.

El hambre también.

Lucía comenzó a llorar.

—¿Qué acabas de hacer?

Verónica sonrió.

—Comulgar.

No sabía por qué había utilizado esa palabra.

Lucía consiguió llevarla a urgencias esa misma tarde.

Los análisis mostraron deshidratación severa, alteraciones electrolíticas, anemia y enzimas hepáticas elevadas. La doctora quiso hospitalizarla, pero Verónica se negó.

—Si sigue restringiendo alimentos, puede sufrir una arritmia —explicó—. No es una posibilidad lejana. Puede ocurrir esta noche.

—Estoy siguiendo un programa supervisado.

—¿Por quién?

Verónica mostró el perfil de Alma Salvatierra.

La doctora apenas miró la pantalla.

—Esa mujer no es médica.

—Trabaja con especialistas.

—¿Ha tenido consultas con alguno?

—Tenemos sesiones grupales.

—Eso no es supervisión.

Lucía entregó los sobres.

—Queremos que analicen esto.

La doctora revisó uno.

—Lo enviaremos al laboratorio, pero, aunque no contenga nada peligroso, la manera en que lo está consumiendo sí lo es.

Verónica firmó el alta voluntaria.

Antes de salir, la doctora pidió hablar con Lucía a solas. Verónica fingió alejarse, pero permaneció detrás de una cortina.

—No basta con decirle que coma —explicó la médica—. Probablemente estamos ante una recaída de un trastorno alimenticio acompañada de sugestión intensa. Si comienza a escuchar voces, muestra confusión o pierde la conciencia, llame a emergencias.

—Dice que algo vive dentro de ella.

—La inanición puede provocar síntomas neurológicos.

—Yo vi algo dentro de una figura.

La doctora guardó silencio.

—¿Había consumido alguna sustancia?

—No.

—¿Podría haber sido una raíz, un hongo o parte del suplemento?

—Se movió.

La médica bajó la voz.

—No refuerce esa interpretación frente a ella.

Alma envió un mensaje mientras Verónica escuchaba.

Los hospitales necesitan convertir la transformación en enfermedad para recuperar el control sobre tu cuerpo.

Verónica ya no dudó que podía oírla.

El día quince comenzó el retiro.

El programa incluía tres noches en una antigua casa religiosa adaptada como centro de bienestar. Estaba situada fuera de la ciudad, al final de una carretera rodeada de cultivos secos.

Lucía escondió las llaves del automóvil para impedirle ir.

Verónica tomó un taxi mientras su hermana dormía.

Al llegar, encontró a diecinueve mujeres vestidas de blanco. Algunas llevaban meses siguiendo el método y tenían cuerpos extremadamente delgados, pero ninguna parecía enferma. Sus rostros estaban tersos, los ojos brillaban y se movían con una serenidad que Verónica envidió de inmediato.

Mónica la reconoció por las transmisiones.

—Eres la que alimentó la figura.

—Se rompió.

—Todas se rompen cuando ya no son necesarias.

Mónica pesaba tan poco que las mangas de su vestido parecían colgar de un perchero. Cuando abrazó a Verónica, su cuerpo no desprendió calor.

—¿Cuánto llevas sin comer? —preguntó.

—No lo sé.

—Eso significa que ya dejaste de contar.

Le sonrió.

Los dientes estaban cubiertos por una película gris.

Alma apareció al atardecer.

En persona parecía más joven que en los videos. Llevaba un vestido blanco, los pies descalzos y una pulsera roja alrededor de cada muñeca.

—Bienvenidas —dijo—. Algunas llegaron buscando un cuerpo distinto. Otras querían silencio, obediencia o una segunda oportunidad. Ninguna entendía todavía que para recibir algo nuevo primero tenemos que quedar vacías.

Las condujo a una pequeña capilla.

En lugar de crucifijo había una escultura de barro de tamaño natural. Representaba a una mujer delgada, con las manos sobre el abdomen y el rostro completamente liso.

Sin ojos.

Sin nariz.

Sin boca.

Alrededor se acumulaban platos con comida masticada.

El olor era dulce y podrido.

Varias participantes se arrodillaron.

Verónica escuchó la voz dentro de su cuerpo.

—Casa.

Alma la miró desde el otro extremo de la capilla.

—Sí —respondió, aunque Verónica no había hablado—. Ya llegaste.

Durante la primera noche les permitieron comer.

Sobre una mesa larga colocaron pan, frutas, guisos, pasteles y carne. Algunas mujeres comenzaron a llorar al verlos.

—La santa no quiere que pasen hambre —explicó Alma—. Quiere liberarlas de la necesidad de conservar lo que comen.

Cada participante debía masticar un bocado y depositarlo en la boca ausente de la escultura.

El alimento desaparecía dentro del barro.

Verónica observó a las demás buscando alguna señal de engaño: una abertura, un conducto, una persona recogiendo la comida desde atrás. No encontró nada.

Cuando llegó su turno, tomó un pedazo de carne.

Lo masticó.

La voz dentro de ella gimió de placer.

Al acercarse a la estatua, notó que la superficie del rostro no era completamente lisa. Debajo del barro había docenas de marcas verticales, como labios cosidos unos encima de otros.

Depositó la carne.

La estatua estaba caliente.

—¿Qué hay dentro? —preguntó.

Alma sonrió.

—Lo mismo que hay dentro de ti.

A la mañana siguiente, Mónica desapareció.

Alma explicó que había completado el proceso y debía permanecer aislada. Nadie pareció sorprenderse.

Verónica encontró su pulsera roja junto a una puerta cerrada en el sótano.

Esperó hasta que las demás entraron a una sesión de meditación y bajó sola. La puerta no tenía llave.

El sótano olía a desinfectante, humedad y carne cruda.

Mónica estaba acostada sobre una mesa metálica.

Seguía viva.

Tenía los ojos abiertos y una sonrisa débil. Su abdomen estaba cubierto con una sábana manchada de líquido amarillento.

—¿Qué te hicieron?

—Me vaciaron.

Verónica retiró la sábana.

No había una herida abierta. La piel permanecía intacta, pero el abdomen se hundía de una forma imposible. No parecía delgado, sino desocupado. La piel descansaba casi directamente sobre la columna.

—Necesitas un hospital.

—Ya no necesito nada.

—¿Dónde están tus órganos?

Mónica volvió lentamente el rostro hacia ella.

—Se los comió en el orden correcto.

Verónica retrocedió.

—Eso no es posible.

—Primero la grasa. Después el músculo. Luego toma lo que considera innecesario.

—No puedes estar viva sin órganos.

—Ella nos mantiene vivas.

Mónica abrió la boca.

Desde su garganta surgió la voz de la santa.

—Mientras sirvamos.

Verónica corrió hacia la puerta.

Alma la esperaba en las escaleras.

—Mónica aceptó convertirse en guía —dijo.

—Está muriendo.

—La muerte es una palabra que utilizan quienes creen que el cuerpo les pertenece.

—¿Qué pusieron en los sobres?

—Una invitación.

—Voy a llamar a la policía.

—Puedes hacerlo.

Alma le mostró un teléfono.

En la pantalla aparecía la página del programa. Cientos de mujeres compartían fotografías de sus cambios, defendían el método y afirmaban que les había salvado la vida.

—¿A quién crees que escucharán? —preguntó—. ¿A una mujer con antecedentes de trastornos alimenticios que abandonó un hospital o a miles de testimonios documentados?

Verónica intentó arrebatarle el teléfono.

El dolor la detuvo.

Algo subió por su abdomen, se enrolló alrededor de las costillas y apretó.

Cayó de rodillas.

Alma le acarició el cabello.

—No te está castigando. Tiene hambre.

—Sácala.

—Tú la invitaste.

—No sabía qué era.

—Nadie inicia una dieta porque quiera conocer la verdad. La inicia porque está dispuesta a creer cualquier mentira que prometa convertirla en alguien digno de ser amado.

Verónica vomitó un líquido oscuro.

Dentro se movían fibras negras.

Alma recogió una con los dedos y la colocó de nuevo sobre su lengua.

—Todavía no estás lista para perderla.

Lucía llegó al centro esa misma tarde.

Había rastreado el teléfono de Verónica y conducido durante tres horas. Entró acompañada por dos policías, pero Alma los recibió con permisos, expedientes de salud firmados y testimonios de las participantes.

Todas afirmaron encontrarse ahí voluntariamente.

Todas negaron haber visto a Mónica.

Cuando buscaron en el sótano, la mesa estaba limpia.

—Mi hermana necesita atención médica —insistió Lucía.

Verónica permanecía sentada junto a Alma.

—Estoy bien.

—No estás bien.

—Quiero quedarme.

—Te encontraron casi inconsciente hace dos días.

—Firmé mi alta.

—Esa mujer te está matando.

Las participantes observaron a Lucía con expresiones tranquilas.

—No hagas esto —suplicó—. Por favor, vámonos a casa.

La santa habló dentro de Verónica.

—Ella alimenta lo que odias.

Verónica miró el cuerpo de su hermana: saludable, cálido, fuerte. Recordó las veces que Lucía había comido sin culpa, los vestidos que podía utilizar y la facilidad con que todos parecían preocuparse por ella.

La voz continuó:

—Dámela.

Verónica se puso de pie.

Durante un instante consideró acercarse a Lucía y masticar un pedazo de su mejilla. La imagen apareció en su mente con una claridad aterradora: los dientes rompiendo la piel, la sangre caliente llenándole la boca, la carne depositada frente a la santa.

Lucía vio algo en su expresión.

Retrocedió.

Ese movimiento salvó a Verónica.

Comprendió que su hermana le tenía miedo.

Tomó la lámpara de aceite colocada frente a la escultura y la arrojó contra el suelo.

El fuego alcanzó los platos, las telas y las flores secas.

Las mujeres comenzaron a gritar.

No intentaron escapar.

Corrieron hacia la estatua.

Alma se abrazó a sus piernas mientras las llamas cubrían el vestido. Mónica apareció en la puerta de la capilla, caminando con el abdomen hundido y los brazos extendidos.

Todas trataban de protegerla.

La escultura se agrietó por el calor.

De su interior surgió un sonido formado por docenas de voces.

Verónica reconoció la suya.

También la de Mónica, la de Alma y la de mujeres que nunca había escuchado.

La estatua abrió la boca.

No se formó una abertura en el barro. Todo el rostro se separó verticalmente, revelando una cavidad llena de estructuras húmedas que parecían lenguas o raíces.

Las mujeres se arrojaron dentro.

Lucía tomó a Verónica del brazo y la arrastró hacia la salida.

Mientras corrían, la santa gritó desde el incendio:

—Todavía estoy dentro de ti.

Verónica pasó tres semanas hospitalizada.

Los médicos atribuyeron las voces, los movimientos abdominales y los recuerdos de la capilla a una combinación de inanición, intoxicación por suplementos y estrés severo.

El análisis de los sobres detectó laxantes, diuréticos, estimulantes no declarados y huevos de un parásito intestinal común. Según los especialistas, eso explicaba parte de los síntomas, aunque no la velocidad con que había perdido tejido muscular ni ciertas alteraciones en las imágenes médicas.

Una resonancia mostró una masa fibrosa alrededor del estómago.

Cuando intentaron realizar una biopsia, la masa cambió de posición.

Los médicos repitieron el estudio.

Apareció alrededor del hígado.

En la tercera imagen rodeaba el corazón.

Verónica dejó de contarles lo que sentía.

Si permanecía en silencio, la santa también callaba.

Recuperó cinco kilos, comenzó terapia y aceptó mudarse temporalmente con Lucía. Las autoridades clausuraron el centro, pero no encontraron restos humanos. Alma Salvatierra fue reportada como desaparecida.

La cuenta del programa dejó de publicar.

Durante algunas semanas, Verónica creyó que había terminado.

El día de la boda, Lucía la ayudó a cerrar el vestido.

Era el mismo que la dependienta había considerado poco favorecedor. Ahora le quedaba grande.

—Podemos ajustarlo —dijo Lucía.

—Está bien así.

—¿Segura?

Verónica observó su reflejo. Había recuperado color en el rostro, aunque la delgadez todavía le daba una apariencia frágil. Varias invitadas le habían preguntado qué dieta había seguido.

No respondió a ninguna.

Lucía cerró el último broche.

—Te ves hermosa.

Algo se movió debajo de las costillas de Verónica.

Llevaba semanas sin sentirlo.

—No digas eso.

—¿Qué?

—Nada.

Durante la cena logró comer medio plato. Cada bocado le producía náuseas, pero recordó lo que su terapeuta repetía: alimentar el cuerpo también era una forma de reclamarlo.

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Masticó despacio.

Tragó.

El movimiento regresó.

—No me alimentes —susurró la santa.

Verónica apretó los cubiertos.

—Ya no te pertenezco.

La mujer sentada a su lado la miró.

—¿Dijiste algo?

—No.

Continuó comiendo.

Entonces escuchó una segunda voz.

No surgió de su abdomen.

Provenía de la mesa vecina.

Una invitada se había llevado ambas manos al estómago. Era una mujer joven que Verónica no conocía. Tenía el teléfono abierto sobre el mantel.

En la pantalla aparecía el perfil de Alma Salvatierra transmitiendo en vivo.

La imagen mostraba la capilla quemada.

Alma estaba de pie frente a la cámara. Su piel permanecía intacta, pero detrás de ella la estatua ennegrecida parecía respirar.

—Hoy recibiremos a las que encontraron el método gracias al testimonio de Verónica —anunció.

La transmisión mostraba una fotografía de Verónica antes de la dieta y otra tomada durante la boda.

La segunda acababa de ser publicada.

Ella no había autorizado a nadie.

Debajo aparecía un enlace:

LA DIETA DE VERÓNICA
Pierde aquello que sobra. Conserva únicamente lo que ella elija.

El contador señalaba más de treinta mil personas conectadas.

Verónica tomó el teléfono de la invitada y cerró la transmisión.

—No abras ese enlace.

La mujer la miró con desconcierto.

—Pero eres tú.

—Es una estafa.

—¿Cuánto bajaste?

—No importa.

—Te ves increíble.

Alrededor del salón comenzaron a encenderse más pantallas. Varias invitadas habían recibido la misma publicación. Algunas ampliaban las fotografías. Otras buscaban el precio.

La santa se movió dentro de Verónica.

Esta vez no pidió comida.

Rio.

Esa noche Verónica sufrió un colapso.

Los médicos intentaron estabilizarla, pero la presión arterial continuó descendiendo. La masa fibrosa había cubierto casi por completo el corazón y se extendía hacia los pulmones.

La llevaron a cirugía.

Lucía esperó cinco horas.

Finalmente, un médico salió del quirófano con el uniforme manchado y una expresión que ella jamás olvidaría.

—No pudimos salvarla.

Lucía se cubrió la boca.

—¿Qué encontraron?

El médico miró hacia el pasillo antes de responder.

—No lo sabemos.

—Dígame.

—La masa estaba integrada a todos los órganos. No podía retirarse sin provocar una hemorragia.

—¿Era un tumor?

—No.

—¿Un parásito?

El médico tardó demasiado.

—Cuando abrimos la cavidad abdominal, se contrajo.

Lucía sintió que las piernas dejaban de sostenerla.

—¿Qué significa eso?

—Se apartó del instrumental.

—Eso no es posible.

—Lo sé.

El médico se sentó frente a ella.

—Había consumido gran parte del tejido interno, pero lo había sustituido. Su hermana llevaba semanas funcionando con órganos parcialmente formados por esa estructura.

—¿Dónde está ahora?

El médico levantó la mirada.

—Cuando el corazón de su hermana se detuvo, desapareció.

El cuerpo de Verónica fue entregado dos días después.

La funeraria recomendó mantener el ataúd cerrado debido al estado de los tejidos, pero Lucía exigió verla.

Verónica parecía tranquila.

Habían cubierto las marcas de la cirugía y maquillado su rostro. Estaba más delgada que nunca, pero su piel tenía una luminosidad imposible.

Lucía se inclinó y le besó la frente.

—Perdóname.

Desde el interior del ataúd llegó un pequeño crujido.

Lucía se apartó.

La boca de Verónica permanecía cerrada.

El sonido se repitió debajo del vestido.

Algo masticaba.

Lucía llamó al personal de la funeraria. Cuando retiraron parte de la tela, encontraron el abdomen completamente hundido. No había movimiento.

Le aseguraron que los sonidos podían deberse al proceso de embalsamamiento.

Lucía aceptó la explicación porque necesitaba hacerlo.

Antes de cerrar el ataúd, observó una pequeña mancha gris en la comisura de los labios de su hermana. La limpió con un pañuelo.

Era barro.

La cuenta de Verónica publicó su primer video tres horas después del funeral.

Lucía estaba en casa cuando recibió la notificación.

La grabación mostraba a su hermana sentada frente a una pared blanca. Llevaba el vestido de la boda y la pulsera roja alrededor de la muñeca.

La imagen no parecía generada ni editada. Verónica respiraba, parpadeaba y miraba directamente hacia la cámara.

—Si estás viendo esto —decía—, es porque llevas demasiado tiempo alimentando una versión de ti que no amas.

Lucía dejó caer el teléfono.

La voz continuó.

—Yo también tuve miedo. Pensé que iba a desaparecer, pero la santa me enseñó que no desaparecemos cuando dejamos de comer. Desaparece todo lo que impedía que fuéramos perfectas.

El video terminaba con Verónica colocando una figura de barro sobre la mesa.

Ahora la figura tenía su rostro.

El enlace al programa se activó de nuevo.

En menos de una hora se registraron doce mil mujeres.

Lucía denunció la cuenta, publicó fotografías del hospital y explicó que su hermana había muerto. La respuesta fue inmediata.

La acusaron de estar celosa.

Dijeron que quería desprestigiar el método.

Aseguraron que las imágenes médicas eran falsas y que la muerte formaba parte de una campaña publicitaria.

Algunas mujeres comenzaron a subir videos probando la dieta.

Al tercer día, una usuaria escribió:

Anoche escuché su voz dentro de mí. Sonaba igual que Verónica.

Otra respondió:

A mí también me habló. Me dijo que no la alimentara.

Los testimonios se multiplicaron.

Lucía intentó cerrar el perfil de su hermana, pero la contraseña había cambiado. Recuperó el acceso mediante el correo y encontró miles de mensajes privados.

Mujeres solicitaban orientación, enviaban fotografías de sus cuerpos y confesaban aquello que más odiaban de sí mismas.

Todos los mensajes habían recibido respuesta.

La cuenta de Verónica contestaba a cualquier hora.

Lucía abrió la conversación más reciente.

Una adolescente de quince años había enviado una fotografía frente al espejo.

¿Crees que la santa pueda ayudarme?

La respuesta apareció mientras Lucía observaba.

La santa ya te vio.

Lucía desconectó la computadora.

La pantalla permaneció encendida.

El rostro de Verónica surgió sobre el fondo negro.

—No puedes apagar el hambre —dijo.

Después sonrió con una boca demasiado grande para su cara.

En el departamento de arriba, una mujer dejó de cenar.

En el edificio de enfrente, otra tragó la primera oblea.

En miles de habitaciones, figuras de barro comenzaron a calentarse.

La santa ya no necesitaba un convento, una capilla ni un cuerpo que la conservara.

Tenía seguidores.

Tenía fotografías.

Tenía el rostro de una mujer muerta y una promesa que millones estaban dispuestas a creer.

Antes de que la pantalla se apagara, Lucía escuchó la voz de su hermana por última vez:

—No me alimentes.

Hubo una pausa.

Desde la cocina llegó el sonido del refrigerador abriéndose solo.

—Aliméntame con alguien más.

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